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martes, 13 de agosto de 2013

Capítulo 15

–¡Leo! Se me está pegando en los dedos todo el tiempo – dije desesperada, intentando liberar mis dedos de aquella masa pegajosa.
                Leo se acercó a mí, dejando a un lado por un momento la salsa de tomate que estaba preparando para la pizza, y que burbujeaba en la sartén al fuego, impregnando la cocina y el salón de un aroma delicioso. Suspiró profundamente después de echar un vistazo a mi labor y se dio la vuelta para bajar la potencia del fuego que calentaba la salsa.
                –Ya se despegará sola, tú sigue amasando.
                –¿Por qué no puedo hacer yo la salsa? Ni siquiera sé amasar – protesté, volviendo a mi tarea.
                –Te he dejado la parte divertida. Encima no te quejes.
                Mientras luchaba por despegar la masa de mis manos, y la masa luchaba por adherirse a ellas, escuché a Brenda y a David reír desde el porche, y me pregunté de qué estarían hablando. Poco a poco, aquella pasta pegajosa fue adquiriendo consistencia, y mis dedos fueron quedando limpios.
                –¿Cómo vais? – preguntó Brenda, entrando por la puerta con dos vasos vacíos.
                –Bien. He conseguido que deje de pegarse – dije, satisfecha.
Se colocó a mi lado frente a la encimera, echó una ojeada a la enorme bola de masa y luego rellenó los vasos con hielo, tinto y gaseosa para luego regresar al porche. Se detuvo en la puerta y miró hacia nosotros.
–Si necesitáis ayuda, estamos ahí fuera, sintiéndonos unos completos inútiles – dijo con voz melodramática.
–Hazme el relevo, si quieres – sugerí.
–No tendría que hacerte el relevo. Tendríamos que hacer la pizza entre todos, como hacen las personas normales cuando van a pasar el fin de semana al campo con sus amigos. Pero Leo ha creado esta especie de dictadura formada por un chef autoritario y sus subordinados.
Leo puso los ojos en blanco.
–Muy bien – cedió –. Dile a David que venga y nos echáis una mano.
Brenda sonrió y se asomó para avisar a David, que no tardó en cruzar la puerta. Terminamos la pizza entre todos y nos la comimos en el porche, contemplando las últimas pinceladas del atardecer que quedaban sobre el cielo. Estuvimos allí hasta cerca de las tres de la mañana, charlando. Toqué alguna canción con la guitarra y nos bañamos en la piscina bajo la luz de la luna. Después nos duchamos. Yo fui la última, así que cuando entré en la habitación, con el pelo todavía húmedo, David ya estaba acostado, pero había dejado la lámpara de la mesita de noche encendida. Sonreí, escuchando su respiración suave y observando su pecho subir y bajar lentamente. Aunque la ventana estaba completamente abierta hacía calor, y se había puesto para dormir tan solo un pantalón de chándal. La sábana apenas le tapaba el cuerpo, y no pude evitar dedicar unos minutos a examinar su torso desnudo. Me mordí el labio y me fijé en su rostro, lleno de paz. Finalmente me metí en la cama y apagué la luz, pero no fui capaz de dormirme, y al cabo de una hora decidí salir a tomar el aire.
Me senté en el borde de la piscina, me quité las chanclas y dejé que mis pies se hundieran en el agua. Respiré el aroma del campo, que por la noche me recordaba al olor de la lluvia. Pensé en Pablo, en David, en todo lo que me había sucedido en las últimas semanas. Me sobresalté cuando, de pronto, la luz de la piscina se encendió, coloreando mi piel con el reflejo azulado y ondulante del agua. Me di la vuelta y descubrí a David saliendo al porche, con un vaso de tinto en cada mano. No nos dijimos nada. Me tendió uno de los vasos y se sentó a mi lado, metiendo él también los pies en la piscina.
–No podía dormir. ¿Te he despertado?
–No – dijo –. Ya estaba despierto cuando has salido de la habitación. Llevabas un buen rato dando vueltas en la cama, ¿eh?
–Sí.
–¿Me cuentas tu historia?
Me sorprendió la pregunta, pero sonreí con tranquilidad a la arboleda que se perdía en la oscuridad frente a nosotros. Se escuchaban los grillos y el susurro de las hojas dejándose mecer por el viento.
–¿Me cuentas tú la tuya?
Permaneció en silencio casi medio minuto antes de contestar.
–De acuerdo. Pero es un trato. Yo te cuento mi historia y tú me cuentas la tuya.
–Hecho – accedí, estrechándole la mano.
Esperé con impaciencia a que empezara a contar su relato mientras movía despacio los pies, el agua acariciando mi piel. Un suspiro suave dejó paso a las palabras.
–Hace tres años (yo tenía tu edad), conocí a una chica un año mayor que yo. Se llama Ana. Durante un par de meses nos hicimos buenos amigos, aunque siempre la vi como algo más que eso. Yo estaba terminando bachiller y ella su primer año en la Universidad. Estudiaba Bellas Artes. Era una chica muy vital y divertida, quizás demasiado optimista, muy independiente, más de lo que yo hubiera querido. Odiaba la rutina, y la verdad es que pasar tiempo con ella resultaba agotador. Me contaba que no quería atarse a ningún lugar ni a ninguna persona hasta cumplir los treinta y cinco – rio, meneando la cabeza –. Tenía planes de viajar a muchos países, de aprender varios idiomas, de conocer culturas y gente, y decía que una relación sentimental sería un obstáculo para llevar a cabo todos esos proyectos. Pero después de algunos meses me confesó que se había enamorado de mí, y empezamos a salir. Estuvimos juntos más de un año, pero entonces ocurrió lo que yo sabía que tarde o temprano iba a ocurrir. Me dejó. Me dijo que me quería, pero que se sentía atrapada por la relación, y eso la agobiaba. En tercero se fue de Erasmus y ya no he vuelto a verla. Me costó mucho tiempo olvidarla, hasta hace pocos meses todavía pensaba en ella. Pero bueno, supongo que el tiempo todo lo cura.
Me quedé en silencio mirando el agua de la piscina, balanceándose ligeramente por el movimiento de nuestros pies, y tras dar un sorbo al tinto observé a David. Por su expresión supuse que todavía permanecía sumergido entre recuerdos, reviviendo detalles que no me había contado. Por alguna razón sentí que aparecía en mi interior una especie de celos hacia esa chica. Después de unos largos segundos, suspiré y le dediqué una sonrisa triste, dispuesta a cumplir mi parte del trato.
–Pablo y yo… Nos conocimos en un bar – empecé.
Le hice un resumen de mi historia, y conforme las palabras salían de mis labios fui dejándome llevar, hasta que me di cuenta de que estaba hablando más para mí misma que para él.

Casi un año antes

Estaba leyendo, tumbada en el sofá del salón, cuando escuché el timbre. Mis padres y mi hermano se habían marchado hacía un rato y, mientras me acercaba a la puerta, me pregunté si se habrían olvidado algo. Cuando abrí me sorprendió encontrar a Pablo, el chico al que había conocido la noche anterior en el bar, y del que había intentado huir tras tropezar, derramarle dos cervezas encima y quedar tirada en el suelo con mi vestido levantado hasta la cintura. Me sonrió abiertamente.
–Hola.
–¿Qué haces aquí? – pregunté, alarmada. Noté cómo mi rostro iba enrojeciendo al recordar todo lo sucedido hacía unas horas, y estuve a punto de ceder ante la tentación de cerrarle la puerta.
–He venido a verte – dijo sin más, como si nos conociéramos de toda la vida.
–¿Cómo sabes dónde vivo?
–Le caí bien a tu amiga, así que accedió a darme esa información. Un encanto de chica.
Le dediqué una mirada fría.
–Brenda no te habría dado mi dirección ni aunque le hubieras puesto un revólver en la sien.
Suspiró y me di cuenta de que se había puesto nervioso.
–No quiero que pienses que estoy loco, ni que soy un acosador ni nada parecido.
–Es justo lo que estoy pensando ahora mismo – repliqué, pero no pude evitar soltar una risilla. Él también rio –. ¿Me seguiste hasta aquí anoche?
–¡No! Claro que no – exclamó. Parecía ofendido –. Le pedí tu número a Brenda, pero ella se negó a dármelo.
–Por supuesto – interrumpí, firmemente. Él arqueó las cejas unos segundos, y después sus labios trazaron una sonrisa pícara.
–Pero me dio el número de tu casa, explicándome que tú jamás contestas las llamadas a ese teléfono, a no ser que sea el número de alguien que tú conozcas. Sé que lo hizo para que dejara de preguntar, pensando que no me atrevería a llamar si sabía que iban a contestar tus padres. Pero soy más listo de lo que ella imaginaba – sonrió satisfecho –. Encontré tu dirección en Internet, escribiendo en Google el número que me dio. Es tan fácil que da miedo.
Empecé a sentirme muy incómoda.
–Dímelo a mí, sí que da miedo. Estás loco.
Por mi expresión supo que lo decía en serio, y noté cómo se desdibujaba su sonrisa y tragaba saliva mientras pensaba algo que decir en su defensa. Decidí no darle tiempo, así que le dediqué una última mirada y empujé la puerta para cerrarla, pero él colocó el pie rápidamente junto al marco, impidiéndolo.
–Espera – pidió con impaciencia, asomándose por el hueco que había quedado –. Espera un momento. Entiendo que todo esto te parezca excesivo, y que te asuste un poco, pero lo he hecho porque sabía que de lo contrario no tendría la oportunidad de conocerte mejor. No cierres, por favor.
–Pablo, de verdad… Siento que te hayas tomado tantas molestias, pero es mejor que te vayas.
Me di cuenta de que su expresión inquieta cambiaba ligeramente, adoptando un aire más alegre, seguramente al comprobar que recordaba su nombre. Y quizás fue eso lo que lo animó a lanzarse.
–Ven a dar una vuelta conmigo. Quince minutos. No pido más.
–En quince minutos te da tiempo a secuestrarme.
Se echó a reír, pero yo me esforcé por mantenerme seria.
–¿Por qué iba a querer secuestrarte?
–Qué sé yo. Quizás para llevarme a un sótano oscuro, atarme y torturarme hasta que te canses y decidas matarme. Puede que una antigua novia te hiciera daño y ahora andes por ahí asesinando a todas las que te recuerdan a ella.
Me miró incrédulo.
–¿Y el loco soy yo? Creo que has visto demasiadas series de investigación.
Reí, sonrojándome. Sujetando todavía la puerta, me estiré para agarrar las llaves que había encima de la mesita del recibidor y salí de mi casa.
–No estaba hablando en serio – aclaré –. Está bien. Demos esa vuelta.
Miré la hora en el móvil mientras comenzábamos a caminar por la acera, con la intención de cronometrar los quince minutos que había decidido concederle.
–Bueno, cuéntame. ¿También me has buscado en Facebook? ¿En Tuenti, a lo mejor? – bromeé, sonriéndole. El sol me molestaba en los ojos.
No respondió, y volvió a ponerse nervioso, así que me detuve en seco. Él me imitó.
–Verás… – murmuró.
–¡No puede ser! – exclamé, llevándome las manos a la cabeza y exagerando mi tono horrorizado ante la idea de que en apenas unas horas, y sin conocerme, aquel chico se hubiese dedicado a espiar mis redes sociales –. ¿Qué más has averiguado sobre mí? ¿Mi grupo sanguíneo? ¿Mi primera regla?
Se echó a reír con ganas.
–Esas cosas no me interesan. Más bien tus gustos de música, cine, literatura… – Comprobó mi cara de desaprobación e incomodidad y se esforzó por defenderse –. ¡Las tías sois incomprensibles, de verdad te lo digo! Edward Cullen, el vampiro ese de pacotilla de Crepúsculo, acosa a Bella, yendo a su habitación por las noches para observarla mientras duerme. ¡Se cuela en su habitación por las noches, allanamiento de morada! – Me esforcé por mantener mi expresión inmutable, así que insistió, con tono desesperado –: ¡La observa mientras duerme! Y resulta que Bella ve en todo esto un gesto romántico, y vosotras lo adoráis. Y yo vengo a tu casa, ¡por medios legales!, e intento averiguar un poco sobre ti porque me pareciste una chica interesante, y parece ser que soy un psicópata. ¡Maldita lógica femenina!
Conforme hablaba su tono se fue elevando, poniendo de manifiesto su gran indignación.
–Nunca me gustó Edward Cullen – sentencié secamente, aunque, por alguna razón que no lograba comprender, y tras su discurso, Pablo empezaba a parecerme adorable –. Es aburrido, posesivo y empalagoso. Y se pasa amargado los cuatro libros de la saga.
–Espero que no estés haciendo conjeturas precipitadas.
Giré la cabeza hacia él y, haciéndome sombra en los ojos con la mano, le dediqué una sonrisa.
–Creo que tú no eres nada aburrido. ¿Es eso una conjetura precipitada?

La voz de David me llevó de nuevo al presente, y de pronto me vi otra vez rodeada del canto de los grillos, el leve sonido del agua de la piscina formando remolinos alrededor de nuestros pies y de la brisa fresca de la noche.
–Parece un buen chaval – me dijo David, refiriéndose a Pablo –. Supongo que lo echas de menos.
Me encogí de hombros y respondí con la mirada fija en el agua.
–Ahora mismo no lo echo de menos ni siquiera un poco.

No dijo nada, y aprovechando el silencio deslicé mi mano en la suya, y nuestros dedos quedaron entrelazados, haciendo que ni las palabras ni cualquier otra cosa en el mundo hicieran falta en ese momento.

jueves, 25 de julio de 2013

Capítulo 14

Una brisa fresca entraba por la ventana de la cocina mientras desayunaba con mi familia, la luz clara de la mañana extendiéndose por toda la estancia. Mi madre me preguntaba si ya había guardado esto y aquello en la maleta, y yo asentía a todo mientras devoraba mis cereales, mirando el reloj constantemente. Cuando las agujas marcaron las diez y diez y el tazón estuvo vacío, lo fregué a toda prisa y corrí a mi cuarto. Estarían al llegar. Tres minutos más tarde escuché el sonido del timbre y a mi madre abrir la puerta.
                –¡Alma! – me llamó.
                Me colgué la mochila y la guitarra, agarré la maleta y me dirigí hacia la entrada. Brenda me esperaba al otro lado de la puerta, charlando con mi madre. Llevaba un vestido sencillo de color coral suave y las gafas de sol sobre la cabeza. Me dedicó una sonrisa impecable al verme, el rostro lleno de satisfacción.
                –¿Preparada?
                Asentí. Me despedí de mi madre con un beso en la mejilla y caminé hasta el coche junto a Brenda. Me di cuenta de que David ya estaba con ellos, en el asiento de atrás. Me saludó con la mano. Leo se bajó del vehículo para abrir el maletero y ayudarme a guardar en él mi equipaje. Me revolvió el pelo antes de volver a entrar en el coche.
                –¡Ya estamos todos! – exclamó Brenda, acomodándose en su asiento –. ¡En marcha!
                Miré a David. Su pelo brillaba bajo la luz del sol que caía sobre la ventanilla abierta, y sus ojos eran más verdes que nunca. Cuando me sonrió, sentí que mi corazón enloquecía.
                –Hola – saludé, temiendo haberme ruborizado, sonriéndole también.
                –Hola.
                Leo arrancó el coche y a los pocos segundos empezó a sonar Toxicity de System of a down, más o menos por la mitad de la canción. Ya habíamos salido de mi barrio cuando la canción terminó. Brenda se inclinó y fue pulsando el botón del reproductor hasta que encontró lo que buscaba. Subió el volumen y se deslizó en su asiento, apoyando los pies descalzos sobre la guantera y cubriendo sus ojos con las gafas de sol. Sonrió mirando por la ventanilla mientras los primeros acordes de Save tonight, de Eagle Eye Cherry, invadían el interior del coche. Leo dirigió una mirada de desaprobación a los pies de Brenda, pero no le dijo nada.
                Tres cuartos de hora más tarde, y con ayuda del GPS, entrábamos por un sendero de arena rodeado de árboles y de hierba densa y alta. Al frente se divisaba una casa de paredes blancas y tejas rojizas, con una amplia terraza en el tejado, conectada con la buhardilla. Había árboles alrededor, y se entreveía la zona de la piscina. Un hombre no muy alto de pelo oscuro nos esperaba en la puerta. Supuse que sería el arrendador. Leo lo saludó con la mano mientras aparcaba frente a la casa, junto a otro coche. Cuando bajamos del vehículo sentí el sol abrasador sobre la piel. El hombre nos acompañó hasta el interior de la casa y nos la estuvo enseñando, explicándonos dónde podíamos encontrar sábanas y almohadas, utensilios de cocina y cómo funcionaba la depuradora de la piscina. Después de unos quince minutos regresamos a la entrada y le tendió la llave a Leo. Nos despedimos del hombre y llevamos nuestro equipaje a las habitaciones.
                Brenda corrió por el pasillo entusiasmada, agarrando la maleta de mano y con la mochilita en forma de saco colgada a la espalda. Entró veloz en la habitación que compartiría con Leo y la perdí de vista.
                –¡Qué bien lo vamos a pasar! – la escuché gritar desde allí, eufórica.
                Me asomé a la habitación de enfrente. Había dos camas individuales, una mesita de noche compartida, un pequeño escritorio bajo la ventana y un armario empotrado, donde el hombre nos había dicho que estaban las sábanas. David me siguió, apoyándose sobre el marco de la puerta, e hizo la pregunta que llevaba en mi cabeza desde que habíamos llegado.
                –¿Prefieres que compartamos habitación? Si no, me instalaré en la otra.
                –Mejor quédate en esta – respondí, sonriendo –. No me gusta dormir sola en lugares que no conozco.
                Asintió, y me pareció percibir un atisbo de alivio en su expresión. Entramos para dejar allí nuestras cosas. Yo elegí la cama más lejana a la puerta.
                –¡Las sábanas! – exclamó Brenda mientras entraba en nuestra habitación. Me dirigió una mirada pícara, seguramente al descubrir que iba a dormir en el mismo cuarto que David. Abrió la puerta del armario y se puso de puntillas, intentando alcanzar un juego de sábanas –. ¡Leo, ven a ayudarme! Estos armarios son para gigantes…
                David y yo nos echamos a reír mientras Leo entraba en la habitación y cogía las sábanas sin ningún esfuerzo.
                –Es que eres una pequeñaja – bromeó.
                Su novia lo fulminó con la mirada.
                –Ahora las vas a poner tú solo, por graciosillo.
                –Sí, señora.
                Después de hacer las camas y terminar de instalarnos en las habitaciones, y tras haber guardado nuestra comida para el fin de semana en la nevera, Brenda decidió, provocando una breve discusión, que nosotras compartiríamos el cuarto de baño más amplio y los chicos el otro. Luego nos fuimos a la piscina. El sol caía sobre el agua, reflejos dorados meciéndose sobre la superficie. Había una pequeña parcela de césped a un lado de la piscina, y un pequeño jardín de flores que quedaba separado por una valla de madera. Me senté a la mesa del porche con Brenda, esperando a que la piel absorbiera la crema solar, mientras Leo y David se zambullían en la piscina. Después de un rato charlando, nos lanzamos nosotras también. La temperatura del agua era perfecta.
                Nadé hasta David y, procurando pillarlo desprevenido, me lancé sobre él para hacerle una ahogadilla. Me eché a reír mientras salía de nuevo a la superficie, sorprendido. Sonrió y se abalanzó sobre mí. Intenté escapar, pero no tardó en atraparme. Sus brazos envolvieron mi vientre y mis piernas, dejándome completamente inmovilizada. Aun así, hice lo que pude por liberarme. Él soltó una risa maliciosa. Sabía que podía vengarse cuando quisiera, pero esperó un poco más. Sentía su piel deslizarse contra la mía, sus manos sujetándome con firmeza.
                –¿Quieres que te suelte? – preguntó, burlón.
                –¡Sí!
                Volvió a reír y supe que iba a hundirme en el agua, así que me abracé a su cuello, poniéndoselo más difícil. Mi mirada se clavó en sus ojos, desafiante.
                –¿Crees que te vas a librar? – rio de nuevo. Nuestras cabezas estaban casi a la misma altura.
                Empezó a hacerme cosquillas en la cintura con una mano, la otra todavía sujetando las piernas.
                –Mal pensado. Ese truco no funciona conmigo. No tengo cosquillas – anuncié con tono victorioso –. ¿Y tú? ¿Tienes?
                Sin pensármelo dos veces le solté el cuello y utilicé el mismo truco, solo que en él sí tuvo efecto. No tardó en soltarme las piernas, que entrelacé alrededor de su abdomen para inmovilizarlo. Sentí sus músculos tensarse con el contacto de mi piel. Sabía que no era suficiente, así que le sujeté los brazos, procurando mantenerlos alejados de mí.
                –¿Tus últimas palabras? – le dije, mostrándole una sonrisa de satisfacción, aunque sabía que no le costaría mucho liberarse. Me sorprendió que no se resistiera.
                –Pienso vengarme.
                Solté una carcajada y lo impulsé hacia el fondo, dejando sus brazos libres. Cuando su cabeza estaba a punto de sumergirse, intenté deshacer el lazo de mis piernas para no hundirme con él, pero sus manos las apretaron con fuerza contra su cuerpo, impidiéndomelo. Así que terminamos los dos debajo del agua. Finalmente me soltó y los dos nadamos hacia la superficie. Salí con el cabello pegado al rostro, y lo eché hacia atrás. Cuando vi aparecer la cabeza de David, le salpiqué dando un manotazo en el agua, sin parar de reír.
                –Has peleado bien – reconoció. Él también me salpicó.
                –Tú también.
                Miré hacia atrás y me di cuenta de que Brenda y Leo ya no estaban dentro de la piscina. Mi amiga se había sentado en el borde, con los pies sumergidos y las gafas de sol cubriendo sus ojos. Nos observaba, y cuando se percató de que la había descubierto me sonrió. Leo estaba detrás, colocando su toalla sobre el césped. Me volví hacia David e hice amagos de nadar hacia atrás, pero tiró suavemente de mis piernas, desplazándome de nuevo hacia él. Sus labios formaron una sonrisa traviesa.
                –¿Ya vas a salir?
                –¿No has tenido suficiente? – respondí, sin intentar impedir que me arrastrara. Abrí los brazos para flotar mejor.
                –No.
                Reí.
                –Solo voy a nadar un poco.
                Me soltó despacio y nadó hacia la pared del fondo. Sacó los brazos para apoyarlos en el borde mientras yo hacía algunos largos, recordando sus brazos rodeando mi cuerpo y mis piernas abrazando el suyo hacía un momento, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba.

                Dos horas más tarde comimos a la sombra del porche, escuchando el arrullo del río, el cantar de las chicharras y, de vez en cuando, el sonido de las hojas de los árboles moviéndose con la brisa. Como Leo y yo habíamos cocinado, Brenda y David se encargaron de fregar los platos. Mientras tanto, yo me acomodé en uno de los sofás, agotada por la sesión de piscina de esa mañana. Cerré los ojos y al rato, cuando ya estaba adormilada, sentí que mi amiga se me echaba encima para acurrucarse allí conmigo.
                –Brenda, eres una estufa – me quejé entre balbuceos. Ella se apretó más contra mí y soltó un suspiro de satisfacción.
                –Te aguantas. Para eso están las amigas.
                Sonreí. Lo último que escuché antes de quedarme dormida fue el murmullo de la televisión y a Leo y David hablando en voz baja desde el otro sofá. Cuando desperté estaba sudando, y Brenda seguía abrazada a mí, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Escuchaba su respiración suave. El sofá en el que habían estado viendo la televisión Leo y David estaba vacío. Intenté levantarme sin despertarla, pero fue imposible.
                –¿Qué hora es? – murmuró mientras se incorporaba despacio. Se frotó los ojos y me miró.
                –Las siete y veinte – comprobé en mi móvil.
                –Pues sí que hemos dormido. ¿Dónde están estos dos?
                –Ni idea. No se les oye por ninguna parte.
                Me asomé a la puerta del porche para ver si estaban en la piscina, pero no había rastro de ellos. Cuando escuché a Brenda reír, desvié mi atención del agua en calma y regresé dentro.
                –Han dejado una nota. Estaba en el suelo – me dijo, enseñándome un trozo de papel mal cortado, donde reconocí la letra desordenada de Leo. Leyó en voz alta lo que su chico había escrito –: Nos vamos al río. Cuando dormís parecéis buenas y todo. Os hemos hecho una foto.
                Sonreí.
                –¿Qué hacemos?
                –Vamos a buscarlos. Así vemos el río – sugirió, poniéndose en pie y caminando hacia la entrada con decisión. Yo la seguí, cerrando la puerta con llave al salir.
                Rodeamos la casa para llegar hasta el río, y caminamos por la ribera, con la hierba verde y húmeda acariciando nuestros tobillos. El agua se deslizaba entre las piedras, alegre y cristalina, y de vez en cuando se veía algún pez nadando en las zonas más tranquilas. Avanzábamos bajo la sombra de árboles y arbustos que se alzaban sobre nosotras rodeando el río. Después de un rato caminando, descubrimos a Leo y David sentados sobre unas piedras mirando el agua correr entre las rocas. Brenda me indicó, colocando un dedo sobre sus labios, que me quedara callada, me cogió de la mano y me condujo despacio al arbusto que había tras los chicos, supuse que para escondernos ahí.
                –¿Pretendes espiarlos? – pregunté en un susurro, dedicándole una mirada de desaprobación.
                –Solo un poco. ¿No dices siempre que te gustaría saber de qué hablan los chicos cuando no estamos nosotras?
                –Esto no está bien – sentencié, pero me agaché y los observé a escondidas.
                Brenda sonrió. A los pocos segundos escuché la voz de Leo.
                –No me puedo creer que no te guste Resident Evil.
                –Sí me gusta – replicó David –. Solo he dicho que soy más de Zelda.
                –¿Están hablando de videojuegos? – murmuró Brenda con cara de exasperación –. Serán frikis.
                –Me encanta Zelda – afirmé.
                –Friki tú también.
                Me reí en voz baja y seguimos escuchando, agazapadas tras el arbusto. Empezaba a notar el cansancio en las piernas.
                –Brenda odia los videojuegos – dijo Leo. Pude intuir una sonrisa en su rostro –. Cuando está ella en casa no puedo jugar porque dice que se aburre. Siempre me dice que soy un friki. Pero es ella la que ha visto mil veces Bokura Ga Ita.
                Rieron y yo los acompañé, procurando que no me oyeran.
                –Y él ha visto un millón de veces Full Metal Alchemist – contraatacó Brenda en voz baja.
                –Es una chica estupenda – señaló David. Después soltó una risa –. Tiene mucho carácter, pero es estupenda.
                –Sí. Soy un tío con suerte. – Vi a mi amiga sonreír y morderse el labio, los ojos brillantes –. Bueno, ¿y qué pasa con Alma y contigo?
                Me puse nerviosa, y tuve que esforzarme por ignorar el cosquilleo de las piernas y no dejarme caer sobre la hierba. Brenda no puso mucho de su parte cuando me dio un empujoncito con el codo, moviendo las cejas arriba y abajo.
                –Ya sabes lo que pienso de Alma, pero me parece que ella no me ve de la misma forma.
                Me pareció que Leo apretaba los labios, como para no hablar más de la cuenta. Supuse que se estaba acordando de nuestra conversación en la puerta de mi casa la noche que me enseñó los cachorritos. Esa vez le había dado a entender que sentía algo por David.
                –¿Qué dices? – respondió al fin –. ¿Y lo de esta mañana en la piscina? Creo que es evidente que le gustas.
                –La he visto ya dos veces jugar contigo a las ahogadillas. ¿No irás a decirme que le gustas tú también?
                –Hazme caso. La conozco bien, y sé que siente algo por ti. Solo necesita un poco de tiempo.
                –Sé lo que es querer olvidar a alguien a quien has querido. Se necesita algo más que un poco de tiempo. Creo que lo único que he hecho es confundirla.
                –Ten paciencia.
                –No me importa esperar. Es solo que… no quiero que se sienta presionada.
                Quedaron callados y permanecimos unos segundos sin movernos. Sentía un remolino de sentimientos formándose dentro de mí, y el hormigueo de las piernas se había convertido en punzadas.
                –No tendríamos que haber escuchado esto. Es privado – le dije a Brenda poniéndome en pie. Durante un instante sentí un dolor intenso en los músculos, pero luego me invadió una sensación de alivio.
                Ella me imitó, me miró un momento y luego se acercó a los chicos como si nada. La seguí. Leo y David se sobresaltaron al vernos.
                –¡Por fin os hemos encontrado! – exclamó mi amiga, fingiendo que no había escuchado los últimos diez minutos de su conversación. Se sentó junto a Leo –. ¿De qué hablabais?
                Lo dijo con una inocencia tan falsa pero tan creíble que me enfadé un poco con ella.
                –De videojuegos – respondieron al unísono, y se miraron mutuamente con un gesto de complicidad.
                Me quedé de pie junto a David, que alzó la cabeza para mirarme. El sol le dio en los ojos, así que se hizo sombra con la mano.
                –Menuda siesta habéis echado, ¿no? – rio.
                –El esfuerzo que he hecho esta mañana para poder ganarte en la batalla de ahogadillas me ha dejado agotada – respondí.
                Soltó una carcajada y de un movimiento se puso en pie. Me miró desafiante.

                –Pues descansa bien esta noche. Mañana no te lo pondré tan fácil.

domingo, 21 de julio de 2013

Capítulo 13

Los dos días siguientes fueron tranquilos y algo aburridos. Por las mañanas quedábamos Brenda y yo para tomar algo en el Kilkai, y por las noches nos reuníamos nosotras dos, Leo y Sandra en el Iris, nuestro bar favorito. No vi a David hasta tres días más tarde.
                Esa mañana Brenda y Leo se presentaron en mi casa temprano, mientras desayunaba con mi familia. Mi madre quiso invitarlos a una taza de leche y una tostada, pero Brenda negó con una sonrisa, alegando que ya habían desayunado. Esperaron en el salón a que terminásemos. Podía escuchar la voz emocionada de mi amiga diciéndole algo a su chico, y me pregunté qué buena noticia irían a darme. Con el pijama todavía puesto, dejé mi taza vacía en el fregadero y me reuní con ellos en el salón. Antes de que dijera nada, Brenda sacó un folio arrugado del bolso y me lo tendió.
                –¡Mira lo que he encontrado! – exclamó, con la mirada iluminada, mientras yo le echaba un vistazo al papel.
Era una página de Internet que había imprimido en color. La tinta había reblandecido el papel y el viaje dentro del bolso lo había arrugado. Mostraba una oferta de alquiler, realmente muy tentadora, de una casa rural dentro de la provincia para el fin de semana de la semana próxima. La casa permitía el alojamiento de una a seis personas, y al parecer se encontraba junto a un río pequeño. Examiné las fotos a fondo. Tenía tres habitaciones, una de matrimonio y otras dos de camas individuales, y dos baños. La decoración era sencilla, rústica y al mismo tiempo moderna. La cocina y el salón quedaban separados por una barra americana, y detrás de la casa había una pequeña piscina de agua transparente y fondo de azulejos, frente a un porche decorado con platos artesanales colgados en las paredes y una mesa de hierro rodeada de cuatro sillas a juego. Observé de nuevo el precio. Desde luego, la oferta era inmejorable.
                Levanté la vista del papel y miré a Brenda. Ella esperaba mi reacción, con una sonrisa de oreja a oreja, las manos apoyadas sobre la pierna de Leo. Él parecía contento con el descubrimiento de su novia, pero ni de lejos tan ilusionado como ella.
                –¿Quieres que vaya allí con vosotros? – pregunté a Brenda, con tan poco entusiasmo que sus ojos perdieron el brillo y su sonrisa se desvaneció –. Me encanta que estemos los tres juntos, pero esto sería demasiado. Sois pareja. Yo allí estaría de más.
                –¡No, no! Pensábamos invitar a David, claro – se apresuró a explicar –. Y ya hemos reservado y todo. Leo y yo iríamos de todas formas, pero preferimos que vengáis vosotros también. Será más divertido.
                La miré con expresión dudosa.
                –Y todavía queda sitio para dos personas más – añadió Leo –. Podrían venir Sandra y Álvaro. Además, así nos saldría incluso más barato. ¿Qué te parece?
                –Bueno – dudé, aunque me di cuenta de que la idea empezaba a ilusionarme –. No sé si mis padres van a dejarme. Hace un rato mi madre se ha quejado de que últimamente paso muy poco tiempo en casa.
                –Para eso ha venido Leo. Ya sabes que él siempre consigue convencerla – susurró Brenda para asegurarse de que mi madre no podía escucharla.
                –Bueno – concedí, sonriendo –, pues a ver si hay suerte.
                Fuimos los tres a la cocina, donde todavía estaban mis padres y mi hermano. Mi padre acababa de terminar de colocar el último plato limpio en su sitio cuando irrumpimos allí, alborotados. Mi madre estaba sentada junto a Gabi a la mesa, los dos mirando un libro para niños. Ella desvió la vista de las páginas para mirarnos a nosotros, mientras mi padre se acercaba.
                –Miedo me dais – dijo él antes de que pudiéramos siquiera abrir la boca.
                –Leo, yo y unos amigos más vamos a ir a una casa rural, muy cerca de aquí, a pasar el fin de semana de la semana que viene, y contábamos con Alma. Nos iríamos el viernes por la mañana y regresaríamos el domingo por la tarde. Es una oferta muy buena, nos saldría muy barato – empezó Brenda, mostrando su expresión más inocente y angelical.
                Mi madre sonrió a la chica, pero después hizo un gesto de duda.
                –No sé – dijo. Por un momento pensé que solo lo hacía para divertirse un poco más con la insistencia de mis amigos, y tuve que contener una risilla.
                –Yo me encargaré de que se porten bien, Sofía – intervino Leo con tono responsable –. Sabes que siempre he cuidado bien de ellas. Alma volverá intacta.
                Mi madre se echó a reír, y mi padre la acompañó. Brenda le tendió el folio impreso y ella lo examinó despacio, mientras Gabi asomaba la cabeza por encima de su brazo, para curiosear.
                –Bueno, la verdad es que tiene muy buen precio – admitió mi madre, y le dio el papel a mi padre.
                Después de un vistazo rápido, él asintió.
                –¿Y cómo vais a ir? – preguntó.
                Brenda dio un saltito de alegría y me abrazó por la cintura, interpretando las palabras de mi padre como su consentimiento para que pudiera acompañarlos, aunque yo no estaba del todo segura todavía.
                –En mi coche – aclaró Leo.
                Mi madre ya había viajado en una ocasión con Leo al volante, así que asintió, acariciando con dulzura el pelo de mi hermano, que se revolvía en su silla.
                –De acuerdo.
                –¿Puedo ir? – pregunté emocionada.
                –Sí, pero tened mucho cuidado. Y nada de alcohol – advirtió con voz severa.
                Los tres negamos con la cabeza al mismo tiempo, y luego Brenda y yo nos abrazamos, eufóricas. Fuimos a mi habitación y Leo llamó a David para preguntarle si estaría en su casa aquella tarde y explicarle todo el plan. Quedamos con él allí, sobre las seis.

                A las seis menos cuarto llamaron al timbre. Sabía que eran Leo y Brenda, que habían venido a buscarme para ir a casa de David. Eché un último vistazo a mi imagen reflejada en el espejo, me coloqué el pelo y salí de casa después de despedirme de mis padres. Brenda me esperaba en la puerta, radiante, con unos shorts azules y una camiseta vaporosa de tirantes finos, que dejaba entrever un top ceñido que llevaba debajo. Leo no había salido del coche, y aguardaba con el brazo apoyado en el hueco de la ventanilla y la otra mano sobre el volante.
                Entramos en el vehículo. Brenda ocupó el asiento del copiloto y yo me acomodé en el de atrás. Durante el trayecto a casa de David fuimos planeando nuestro fin de semana juntos, con el último disco de The Offspring sonando de fondo. Como aparcar en el centro era casi imposible, Leo tuvo que dejar el coche en un aparcamiento subterráneo, y desde allí recorrimos el resto del camino a pie. El chico llamó al timbre, con nosotras detrás de él, y a los pocos segundos una mujer de pelo castaño y ojos grandes nos abrió la puerta. Supuse que sería la madre de David, y por alguna razón me puse nerviosa.
                –Hola, Marta – saludó Leo alegremente –. Hemos quedado con David.
                –Sí, os está esperando. Pasad – respondió ella con tono amable.
                Se echó a un lado para dejarnos entrar en la casa y cerró la puerta detrás de nosotros. Parecía un lugar diferente al que había visitado la última vez, quizás porque la luz del día bañaba toda la estancia. El interior olía a ropa recién lavada. Sofía señaló la escalera que llevaba a la planta de arriba.
                –Está en su cuarto.
                Antes de que diéramos un paso, David se asomó desde el final de la escalera y nos sonrió.
                –Subid.
                Lo seguimos hasta su habitación, perfectamente ordenada. El portátil descansaba abierto encima del escritorio, pero la pantalla oscura indicaba que estaba apagado. Me topé con su mirada y le sonreí tímidamente. Era una habitación bastante espaciosa, y al fondo había una puerta de cristal con un marco de madera clara que daba a un pequeño balcón. Estaba entreabierta y la cortina que caía por encima se mecía ligeramente por la brisa. En la pared sobre la cama había una tabla abarrotada de libros, los de la esquina derecha de Ingeniería, y entre la puerta del balcón y el armario vi un lienzo sin enmarcar dejado caer sobre la pared, todavía sin colgar. El cuadro mostraba un parque conseguido con trazos limpios, en tonos cálidos, otoñales. La obra la protagonizaba un enorme estanque que ocupaba casi la mitad del lienzo, sobre el que flotaban algunas hojas rojizas caídas de los árboles y una pareja de patos. Era un trabajo que me recordaba a otros cuadros de estilo impresionista, y que despertó en mi interior una sensación de nostalgia agradable y de paz. Siempre me ha maravillado el enorme poder de la pintura sobre las emociones, al igual que ocurre con la música.
                –Me encanta ese cuadro – dije, desviando la atención de la obra para ponerla en David –. ¿De quién es?
                –Es suyo – respondió Leo, señalando a David con la cabeza –. Aquí donde lo ves está hecho un artista.
                Quedé impresionada y devolví la vista al cuadro, para luego posarla de nuevo en el autor. Vi que se había sonrojado.
                –Pues es increíble – admiré.
                –Desde luego – añadió Brenda, también asombrada, acercándose al cuadro para contemplarlo de cerca. Se agachó frente a él y acarició la superficie con cuidado.
                –Tiene más – continuó Leo. Me di cuenta de que David estaba inquieto, como si hubiésemos descubierto un secreto que se esforzaba por mantener oculto, y no entendía por qué –. Lo que no sé es dónde los esconde.
                –Bueno – dijo finalmente el artista, con voz nerviosa –, ¿vais a hablarme ya de ese plan vuestro?
                Brenda se levantó para sentarse en la cama, con toda la confianza del mundo, y echó un vistazo a la habitación. Después sonrió a David.
                –Claro.
                David acercó dos sillas que había junto al escritorio y me indicó con un gesto que me sentase en la cama al lado de mi amiga. Ellos dos ocuparon las sillas. Entre Brenda y Leo le explicaron todos los planes que habíamos hecho en el coche, y cuando terminaron David asintió, alegre.
                –Me apunto – confirmó.
                –Se lo queremos decir también a Sandra y a tu amigo – explicó Brenda.
                –¿Álvaro? El fin de semana que viene tiene ensayo con su grupo, así que no creo que pueda venir.
                –¿Álvaro tiene un grupo? – pregunté.
                Asintió.
                –Toca la batería. Es bastante bueno. De vez en cuando dan conciertos en bares, ya lo escucharéis alguna vez.
                –Bueno, pues voy a llamar a Sandy, a ver si ella se apunta – dijo Brenda, y me miró con expresión temerosa, como si una negativa de Sandra tuviese como consecuencia que yo no quisiera participar en el plan.
                Sacó el móvil del bolso, y después de una larguísima llamada colgó, con un suspiro de decepción.
                –No viene. Ha intentado convencer a sus padres y todo, pero no ha habido manera.
                –A lo mejor podemos convencerlos nosotros – sugirió Leo.
                –Tú desde luego no. Ha tenido que decirles que no van chicos, porque si no, no habría tenido ni la más mínima posibilidad.
                Miré a David de reojo y lo encontré con los brazos apoyados sobre las rodillas y la mirada agachada, como esperando a que los demás decidiéramos si la idea de la casa rural seguía en pie. No entendía por qué, y me pregunté si pensaría que al ir nosotros dos con la parejita me sentiría incómoda, tal y como había sugerido Leo aquella mañana. Entonces supe que esa era la razón, y descubrí que Leo y Brenda me miraban discretamente. El silencio empezaba a parecerme demasiado largo y pesado, así que me decidí a hablar.
                –¿Qué pasa?
                –¿Vamos de todas formas? – preguntó Brenda.
                –Por mí sí – declaré, fingiendo un gesto de confusión, como si no supiera por qué todos me habían concedido de pronto la autoridad para decidir.
                David se incorporó ligeramente y me dedicó una sonrisa discreta.
                –¡Qué ilusión! – gritó Brenda poniéndose en pie para dar saltitos como una loca –. Me muero de ganas de que llegue el fin de semana. Habrá que planearlo todo muy bien.
                Y volvió a sentarse. Abrió su bolso tanto como pudo y sacó una libretita de espiral con un bolígrafo enganchado en la carátula. Quitó el tapón del boli con los dientes y lo colocó en el otro extremo. Luego abrió la libreta por una página en blanco y nos miró a los tres con ojos brillantes. Leo puso cara de martirio.
                –No hace falta que apuntes nada.
                –Déjame – respondió ella con indiferencia, ignorando completamente a su novio mientras comenzaba a escribir muy concentrada.

                Finalmente tuvimos que reconocer que la costumbre de Brenda de apuntarlo siempre todo había resultado ser de gran utilidad. En un rato habíamos decidido dónde y cuándo comprar lo que necesitaríamos para el fin de semana, habíamos hecho una lista de la compra y otra de cosas básicas que cada uno tendría que llevar individualmente. Dentro de un apartado que mi amiga había titulado “Imprescindibles” constaba mi guitarra. Brenda y yo compartiríamos el champú y el gel, y Leo y David harían lo mismo. Planeamos los horarios y confirmamos la reserva de la casa por teléfono.
                –Lo demás lo decidiremos allí – terminó Brenda, tras hacer un último repaso de la lista.

                Esa misma noche, después de ducharme, haciendo hora hasta la cena, decidí empezar a pensar qué ropa iba a llevarme a nuestra excursión a la casa rural, aunque era jueves y quedaba más de una semana para el viaje. La luz del atardecer se colaba por la ventana, cubriendo de tonos anaranjados las paredes y muebles de mi habitación. Abrí el armario para examinar mi colección de ropa, que aunque era bastante abundante, en aquel momento me pareció muy pobre. Sabía que para pasar un fin de semana con los amigos en el campo no hacían falta más que algunas camisetas y pantalones básicos, el bikini, el pijama y algún calzado cómodo, pero aun así me tomé mi tiempo para decidir.
                Después de un rato, cuando ya me había formado una idea de cuáles serían las prendas que vendrían conmigo, abrí la ventana para dejar que el aire fresco del anochecer entrara en la habitación. Mientras observaba los pocos trazos rojizos que aún quedaban sobre el horizonte, recordé el cuadro de David, e intenté imaginar qué otras cosas habría pintado. Esperaba poder averiguarlo algún día.
               
                El viernes y el sábado fui con Brenda, Leo y Sandra al bar Iris, el domingo me quedé en casa, y la semana siguiente pasó despacio. Quedé varios días con Brenda, solíamos reunirnos en la casa de alguna de las dos para hablar casi exclusivamente de nuestro viaje. Estábamos impacientes por que llegase el fin de semana.
                El miércoles Leo me llamó para contarme una idea que tenía en mente. Se le había ocurrido que hiciéramos una pizza casera, entre los dos, la primera noche en la casa rural. Me pidió que no dijera nada a Brenda ni a David, para que fuera una sorpresa, y que me encargara de llevar harina y levadura. El resto lo llevaría él. Sonreí mientras me lo explicaba todo. A Leo siempre le había encantado cocinar, y cuando lo hacía, se lo tomaba muy en serio. Después de haberle echado una mano tantas veces, ya me había nombrado su compinche. Esa misma tarde di un paseo hasta el supermercado y compré un paquete de harina y una cajita de levadura y los guardé en la maleta, dentro de una bolsa de plástico.
                No vi a David hasta el jueves siguiente, en un supermercado del barrio de Brenda, donde habíamos quedado los cuatro para comprar los alimentos y productos apuntados en la lista. Mi amiga, por supuesto, había llevado su libreta, que ya sujetaba abierta en la mano antes de entrar en el establecimiento. Durante todo el tiempo que pasamos dentro del supermercado, Leo y David sugerían constantemente comprar cosas que no estaban apuntadas en la lista de Brenda, y ella se negaba siempre, y resoplaba con cara de irritación. Me recordaban a cuando yo era pequeña y mi madre me negaba todos los caprichos cada vez que me llevaba a comprar con ella.
                Metimos toda la compra en el coche de Leo. La llevaría a su casa y la guardaría allí hasta la mañana siguiente. Nos recogería uno a uno sobre las diez de la mañana, para por fin poner rumbo a la casa rural.

                Esa noche, después de cenar, dejé todo mi equipaje preparado: una maleta pequeña donde guardaba la ropa, el calzado y los ingredientes que Leo me había encargado para la pizza, y una mochila con la toalla y el neceser. Lo coloqué todo a los pies de la cama, me acurruqué entre las sábanas y apagué la lámpara, dejando la habitación sumida en una oscuridad que poco a poco se fue aclarando. Cerré los ojos y, a pesar de los nervios, no tardé mucho en quedarme dormida.