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jueves, 2 de agosto de 2012

Capítulo 7

Muchos meses atrás


Salí de mi casa y lo vi, apoyado en la moto, con el casco en la mano y la guitarra colgada a la espalda. Me sonrió de una manera que, lo supe entonces, nunca olvidaría, y así fue. Era de noche y bajo la luz de la luna sus ojos oscuros brillaban de una forma especial. Tenía el pelo, negro y sedoso, revuelto por el casco y se había puesto los mismos piratas vaqueros que llevaba el día en que lo conocí. Caminé hacia él y me dio la guitarra.

–Toma, llévala tú.

Yo obedecí y la colgué a mi espalda. Después sacó un casco más pequeño que guardaba en el asiento de la moto y me lo tendió.

–¿A dónde vamos?

–Sube.

Recuerdo el trayecto como una de las veces que más me he reído en toda mi vida. Salimos de la ciudad y condujo por un camino de tierra lleno de baches y grietas.

–¡Ve más despacio!

–Alma, vamos a treinta.

Yo, abrazada a él, me partía de risa. En realidad no sé qué era lo que me hacía tanta gracia, porque no exageraba al suplicarle que disminuyera la velocidad (era un camino peligroso). Creo que era la euforia que me invadía cuando estaba junto a él, sobre todo durante los primeros meses de nuestra relación. Gritaba como una loca, subida en una moto a treinta kilómetros por hora, abrazada al chico del que estaba enamorada. Él se reía también mientras se movía en zigzag por el camino para asustarme más. Cuando detuvo la moto me bajé deprisa, con lágrimas en los ojos y sin dejar de sonreír.

–Ha sido divertido – dije mientras me quitaba el casco. El viento agitó mi pelo.

Él me miró durante unos segundos en silencio, sonriendo ligeramente, con un pie en la tierra y una mano en el manillar.

–Eres preciosa. – Me sonrojé –. Me encanta cuando te ríes así.

Di unos pasos hacia él, le quité el casco y lo abracé por el cuello. Él me rodeó la cintura con el brazo, por debajo de la guitarra, acercándome todavía más, y me besó. Me encantaban sus besos. Me encantaba todo de él. Cuando nuestros labios se separaron metió un mechón de pelo tras mi oreja.

–No quiero que esto acabe, Alma. Eres perfecta.

–Dicen que prometer un “para siempre” trae mala suerte. – Siempre se me ha dado bien fastidiar los momentos románticos, pero él sabía cómo arreglar mis meteduras de pata.

–A nosotros no. Te lo prometo.

Volvió a besarme. Era tan feliz a su lado...

–Me encantas, Pablo.

–Y tú a mí, pequeña.

Miré a mi alrededor mientras él se bajaba de la moto y guardaba los cascos. Estábamos en el campo, por el viento deduje que seguramente sería una zona elevada.

–¿Por qué hemos venido aquí?

–Ven.

Se guardó las llaves en el bolsillo y me cogió de la mano para llevarme hasta un mirador de madera. Sujetándome a la barandilla me asomé y sonreí. El cielo estaba precioso, con la luna llena entre tantas estrellas. Era una noche mágica. El Universo es tan inmenso y, aunque somos una parte de él, tan inalcanzable... Sentí algo en mi interior que ya había experimentado otras veces. Yo me decía que esa sensación era lo más cerca que podía llegar a estar de esa verdad que tanto deseaba saber.

–Me dijiste que te gustaba ver las estrellas. Desde aquí se ven muchas.

–Es increíble... Gracias por traerme, Pablo.

Me quitó la guitarra de la espalda.

–Ven, voy a enseñarte a tocarla.

–Ay, no. Que soy muy torpe para esas cosas...

–Ya verás como no.

Nos sentamos en un banco de madera que había un poco más atrás, abrió la funda y me dio la guitarra para empezar a explicarme lo básico sobre las cuerdas, los trastes y alguna cosa más de lo que no entendí ni la mitad. Pero no me importaba demasiado el hecho de no estar aprendiendo, porque mientras se esforzaba por enseñarme, me di cuenta de que era afortunada por tener a mi lado a un chico como aquel. Era tan expresivo, siempre acompañaba sus palabras de miles de gestos, y había mucho entusiasmo en su voz. Me encantaba cuando agarraba mi mano y la colocaba cuidadosamente sobre las cuerdas, de una manera determinada.

–Bueno, ¿lo has entendido bien?

–La verdad es que no mucho. – No iba a mentirle.

Se echó a reír y luego me besó.

–No importa. Vamos con los acordes más sencillos: La, Mi, Do y Re.

–¿No son muchos para empezar? Se me van a olvidar.

–Ya estaré yo ahí para recordártelos.

–Bueno...

–Traste dos, cuerdas dos, tres y cuatro.

Yo intenté hacer lo que me decía, y me di cuenta de que estaba poniendo mal los dedos cuando él los cogió uno a uno, colocándolos en el lugar indicado.

–Así. Esto es La. Venga, toca a ver cómo suena.

Le hice caso y acaricié las cuerdas con la mano de arriba a abajo. Sonó mejor de lo que esperaba, así que sonreí con emoción.

–Bien – aprobó cogiéndome de la cintura.

Yo me deshice de su mano y dije, de broma, “por favor que necesito concentración”. Rió y continuamos con la lección. No tuve tanta suerte con el resto de acordes, así que, después de muchos intentos que siempre me llevaban a un sonido espantoso, me rendí frustrada.

–No lo has hecho mal. No pretenderás ser como Jimi Hendrix la primera vez. Hay que ir poco a poco.

–¡Pero si ha sido un desastre!

–No lo ha sido. Yo creo que se te da bastante bien. Solo necesitas un poco de práctica.

–Qué pelota eres.

Se inclinó hacia mí y se unieron nuestros labios. Luego me dio una palmadita cariñosa en la cadera.

–¿Sabes de qué me estoy acordando?

–¿De qué? – murmuré recostándome en su pecho.

–Del día en que nos conocimos.

–¡Oh, no! Ese día fue espantoso.

–No digas eso, para mí fue un día muy especial.

–Vamos, Pablo... Es imposible que te gustase aquella vez. Por lo que pasó... ¡Qué vergüenza! Cada vez que lo recuerdo...

–A mí me pareciste muy linda.

–Me sorprende, porque te tiré encima dos cervezas. Llegarías a tu casa con un olor horrible.

–Bueno, pero eso me sirvió para conocerte. Me encantó el vestido que llevabas, el azul. Y las braguitas rosa.

Le di un manotazo, muerta de vergüenza. La razón por la que Pablo había visto mi ropa interior ese día fue porque, al tropezar por culpa de los tacones y derramarle dos tubos de cerveza encima, la falda de mi vestido me jugó una mala pasada y dejó al descubierto mi cuerpo hasta media cintura. Pablo fue muy amable: me ayudó a ponerme en pie y me preguntó si me había hecho daño. Y yo, sin responder, salí corriendo de allí con ganas de llorar, y con las manos sujetando el vestido con fuerza por si acaso.

–Fui muy maleducada. Ni siquiera te di las gracias.

–No te preocupes, no te lo tuve en cuenta. Además, todavía estás a tiempo de enmendar tu error.

Levanté un poco la cabeza para mirarle a los ojos.

–Gracias.

–De nada.

Y volvió a besarme.

–Cuando nos pregunten cómo nos conocimos nos saltaremos esa parte, ¿verdad?

–¿Qué? ¡Ni hablar! Si es mi parte favorita.

–No seas malo.

–¿Y cuál es tu plan?

–Con decir que nos conocimos en un bar es suficiente.

–Es poco romántico.

–Que me vieras las bragas la primera noche sí que es poco romántico.

Soltó una carcajada por mi ocurrencia.

–Está bien. Nos conocimos en un bar.

jueves, 19 de julio de 2012

Capítulo 6

Apoyé la cabeza en la ventanilla del coche de modo que me llegara el aire fresco de la mañana. Los chicos estaban eufóricos, y lo cierto es que yo también, aunque aún algo cortada. Me divertía escuchar sus conversaciones, a pesar de apenas participar en ellas. Observé a Blas, que ocupaba el asiento junto al conductor, Cristian, y se giraba hacia atrás constantemente para discutir con Álvaro, esta vez sobre política. Era realmente guapo. Tenía el pelo corto, castaño oscuro y muy brillante, y unos ojos verdes que dejaban sin respiración a cualquiera, por no hablar de su sonrisa. Era el más alto de los cuatro y, a pesar de su delgadez, se le notaba fuerte. Su expresión era aniñada, pero sus manos, agarradas al cabezal del asiento, grandes y masculinas. Cristian, sin embargo, aunque también era bastante alto, tenía algunos kilos de más bajo su camiseta negra de Metallica, y parecía un poco tímido. Álvaro me recordaba mucho a Kurt Cobain, con el pelo largo y rubio y un poco revuelto. Llevaba cientos de pulseras en las muñecas y tenía las orejas llenas de pendientes. Estaba demasiado delgado y se le veía la mirada un tanto perdida, pero se notaba que era buen tipo. Eso sí, en menos de una hora que llevábamos de viaje, se había fumado por lo menos cinco cigarrillos.

Yo estaba sentada junto a David, en la parte izquierda del asiento de atrás. Lo miré con disimulo y decidí que era el que más me gustaba de los cuatro. Su pelo castaño claro se agitaba por el viento que entraba en el coche a través de las ventanillas y sus ojos se entrecerraban ligeramente por la luz del sol. Llevaba una camiseta sin mangas negra y unos vaqueros azules, que rozaban con mi pierna desnuda. Yo me había decidido por unos shorts vaqueros y una camiseta sencilla de tirantes, bastante ajustada y de color morado.

–¿Has ido antes a un festival heavy, Alma? – me preguntó de pronto Blas, sacándome de mis pensamientos. La expresión de sus ojos era tan intensa que me sentí intimidada.

–La verdad es que no – reconocí. Supuse que no tenía pinta de ir a menudo a ese tipo de eventos –. Pero he ido a varios conciertos.

–¿De qué grupos? – Agarró el cigarrillo que Álvaro se acababa de encender (el sexto) y le dio una calada. Su amigo se quejó pero, resignándose, no hizo nada por evitarlo.

–Billy Talent, Sum41 y Rise Against. – Me pregunté si conocerían esos grupos –. Bueno, y también fui a un festival en el que actuaba Offspring.

–Me encanta Billy Talent – dijo él contento, asintiendo con la cabeza. A continuación miró a David con una sonrisa. – Me gusta esta chica.

Yo me sonrojé y volví a mirar por la ventanilla. El paisaje quedaba atrás conforme avanzábamos.

–Lo pasarás bien – añadió Kurt Cobain, y luego se llevó a los labios el cigarro que le acababa de devolver Blas.

–Estoy segura.

Cuando llegamos había una cola enorme. Me desilusionó comprobar que apenas alcanzaba a ver el comienzo de la fila, y que, además, tendríamos que esperar bajo el sol. La gente había ido preparada, con paraguas para protegerse del calor y botellas de agua de dos litros.

–Puf... – resopló Blas –. ¿Qué hacemos?

–Pues hacer cola, como todos los demás. ¿Qué vamos a hacer si no? – respondió Álvaro, y luego miró el reloj que envolvía su muñeca huesuda –. Son las doce y cuarto. Nos quedan unas ocho horas de espera. Prepárate para el día más caluroso de tu vida –. Esta vez se dirigió solo a mí, con una sonrisilla. Me dio una palmada en el hombro y yo suspiré al imaginarme que tendría que estar ocho horas sentada al sol. ¡Por qué tenía que hacer tanto calor!

–La cola es demasiado larga. A lo mejor no merece la pena – sugirió David.

–Sí, tienes razón. Yo prefiero estar a la sombra y llegar vivo al concierto en vez de esto. Si de todas formas vamos a estar lejos del escenario, ¿qué más da? ¿Has visto toda esta gente? Seguro que llevan aquí desde anoche. Lo siento, pero todavía conservo algo de cordura – apuntó Blas.

Cristian, al que apenas había oído hablar en todo el viaje, asintió conforme y Kurt Cobain se encogió de hombros. Y así, decidimos que lo mejor sería esperar a que llegara la hora del concierto en otra parte. Exploramos un poco la zona y encontramos un parquecito en el que podríamos cobijarnos del sol bajo la sombra de los árboles. Aunque había varios bancos libres, optamos por dejarnos caer en el césped.

Me gustaba ver a la gente pasear a nuestro alrededor, rodeados de una infinita gama de verdes y del olor a tierra mojada. Se escuchaba, junto al sonido de la fuente que había en el centro del estanque, el canto de algunos pájaros que volaban de un árbol a otro o iban dando saltitos por el suelo en busca de algo que comer. Me quité las sandalias y disfruté del tacto de la hierba húmeda en mis pies. Siempre me ha encantado hacer eso. Allí mismo nos comimos los bocadillos y, más tarde, seguimos caminando por los alrededores.

Cada vez estaba más convencida de que aquellos chicos eran fantásticos. Me trataban como si lleváramos conociéndonos toda la vida y me llevaba especialmente bien con Blas. En ese momento agradecí a Brenda y Leo que me hubiesen presentado a David. Sonreí al acordarme de mi amiga y de su insistencia porque le diera una oportunidad a ese chico.


Volvimos a la cola poco antes de las ocho, y a las nueve y media empezó el concierto. No habíamos conseguido una buena posición, ya que estábamos muy lejos del escenario, pero David nos había insistido mucho en que lo escucharíamos mejor desde allí, y tenía razón. Fue un concierto increíble... Terminaron tocando Nothing else matters, una de las mejores baladas que he escuchado nunca, y en directo fue espectacular. Sin embargo, aquella canción trajo recuerdos ahora dolorosos a mi mente, recuerdos de los que formaba parte Pablo. Intenté impedir que la memoria me jugara una mala pasada, y sobre todo en ese momento, cuando lo único que debía hacer era disfrutar del festival, hacer que fuera un día sin preocupaciones ni lágrimas. Pero no podía huir de mi propio pensamiento, y noté que mis ojos empezaban a humedecerse.

–¿Estás bien? – me preguntó David acercándose mucho a mí. Estaba tan cerca que sentí su aliento cálido en mi mejilla.

Asentí y lo miré intentando sonreír. La oscuridad de la noche estaba rota por cientos de luces procedentes del escenario, y a pesar de que soplaba algo de viento tenía calor. David no dijo nada más, pero me rodeó la cintura con el brazo, acercándome a él con delicadeza, como si pensara que podría partirme en dos. Me estremecí cuando empezó a acariciarme y dejé caer mi cabeza sobre su hombro. Tenerlo tan cerca era reconfortante.

–Gracias – le dije en voz baja, sin estar segura de si podría oírme o no.

Él se quedó en silencio unos segundos, como pensando bien lo que iba a decir.

–¿Sabes? Hace tiempo que quiero hacer una cosa.

–¿El qué?

Nuestras miradas se cruzaron y entonces, envueltos por las profundas notas de Nothing else matters, acercó su rostro al mío, cerró los ojos y me besó. Me abracé a él rodeando su cuello y me dejé llevar, olvidando que existía algo más aparte de sus labios y sus manos cálidas sobre mi espalda. Después de todo, Brenda tenía razón, me dije. Cuando nos separamos me acarició la mejilla y sonrió. Tenía una sonrisa preciosa. Mi corazón latía deprisa y mis manos temblaban entre sus dedos. ¡Nos habíamos besado! ¿Y ahora qué? No sabía lo que sentía él por mí, ni tampoco tenía nada claro respecto a mis sentimientos. Sentí un cosquilleo al mirar sus ojos verdes, brillantes y llenos de misterio, y algo me dijo que a partir de entonces las cosas me irían mejor.

Se inclinó hacia mí de nuevo y posó sus labios en mi frente.

–Tranquila. – Me acarició el pelo –. No pienses tanto.

–Creo que ahora mismo no soy capaz de pensar.

Rió y, tras una última mirada, clavó sus ojos en el escenario. “No pienses tanto”, repetí en mi mente. “No pienses”.


Después del concierto decidimos quedarnos un rato más en el festival, y nos sentamos a descansar un poco en la parte del césped más alejada del escenario y de los puestos de comida. Necesitábamos un poco de tranquilidad. Todavía me sentía extraña por lo del beso, y la verdad es que algo cortada. Apenas había vuelto a hablar con él. ¡No sabía qué decirle!

–Tengo sed – dije echando una mirada al puesto más cercano –. Voy a ir a por una cerveza. ¿Queréis algo?

–Voy contigo – se apuntó David –. Podemos pedir un vaso de litro para los dos. Sale más barato.

–De acuerdo, pero puedo ir sola. ¿Qué pasa? ¿Te da miedo que me pase algo en un trayecto de menos de cincuenta metros? – Reí observando la distancia que nos separaba del puestecillo. No quería que David me acompañara porque hacía un rato, justo después de terminar el concierto, se había torcido el tobillo, y aunque ya parecía estar mejor lo había visto acariciarse esa zona varias veces. Además, me ponía muy nerviosa el pensar en estar a solas con él.

–Bueno, me parece que son más de cincuenta, bastantes más, pero... De acuerdo, ve solita, valiente.

Le saqué la lengua y luego miré a los demás.

–Y vosotros, ¿qué queréis?

–Trae otro vaso de litro para nosotros dos – me indicó Álvaro, señalando a Blas con el pulgar y llevándose luego un mechón de pelo rubio tras la oreja. Asentí y desvié los ojos hacia Cristian.

–Yo no puedo beber. Tengo que conducir. – Y se encogió de hombros, como diciendo “qué le vamos a hacer”.

–Si quieres te traigo una Coca-Cola.

–No, déjalo. Pero gracias. – Me sonrió tímidamente.

Después de un rato haciendo cola para conseguir las cervezas, alegre (no sabía lo que me esperaba a continuación), me di la vuelta con cuidado para no derramar nada y me dispuse a tomar el camino de vuelta. Pero algo me frenó. Alguien...

–¿Pablo? – La voz se me entrecortó. Era como si de golpe el corazón se me hubiera puesto en la garganta y no me dejara casi respirar. Sentí nauseas –. ¿Qué haces aquí?

–Bueno... Estoy esperando para comprar cerveza – rió nervioso, y luego me dedicó una mirada de arrepentimiento.

Cuando salí de mi asombro, y sin querer saber en realidad qué diablos estaba haciendo allí, comencé a caminar lo más rápido que pude para reunirme de nuevo con mis amigos, pero los enormes vasos de cerveza que ocupaban mis manos me impedían ir deprisa, así que Pablo logró alcanzarme pronto. Me cogió del brazo, y sentí que le temblaba la mano. No podía huir de él.

–Alma...

Sin darme la vuelta me deshice de su mano, derramando una buena cantidad de cerveza en el césped, e intenté continuar. Él me siguió.

–Alma, por favor. ¡Por favor!

Yo no me detuve. Tenía que escapar de él porque las lágrimas empezaban a inundar mis ojos y no quería que me viera llorar. No podía pararme, no podía verlo. Era incapaz de enfrentarme a él.

–Alma, espera, por favor – continuó, y de pronto, como una bomba, lo soltó –: ¡Te quiero!

No me lo esperaba. No me lo esperaba en absoluto y me detuve sin poder evitarlo, porque mis pies se habían quedado paralizados. Me temblaba el cuerpo. Intenté mantener la calma, pero el llanto fue más fuerte que yo, aquella situación, aquellas palabras, todo era demasiado para mí. Me di la vuelta furiosa, dejando que las lágrimas resbalaran por mi rostro, y le grité incapaz de contener todo el dolor que de pronto se apoderaba de cada parte de mi ser. No era yo quien hablaba, era un corazón herido al que acababan de fastidiar su oportunidad para curarse. Exploté.

–¡¿Y por qué me dejaste entonces?! ¿Eh? – me incliné hacia él con gesto amenazante. La voz me rasgó la garganta.

Su rostro delataba que estaba sorprendido por verme así. En aquel momento no tenía muy claro lo que sentía por él, pero creo que el odio tenía más poder que cualquier otro sentimiento.

–Alma, yo... No... – Suspiró –. No lo sé.

–¿Que no lo sabes? ¡Que no lo sabes! ¿Por qué no me dejas en paz?

–Porque no quiero perderte.

No me lo podía creer. No me podía creer que cada vez que conseguía apartarlo de mi mente volviera a mí de una forma u otra. Me habría gustado desvanecerme, desaparecer y no tener que pasar por eso. Y, por otro lado, deseé que nunca me hubiera dejado, que nada hubiera estropeado lo que teníamos. En un segundo cientos de posibles respuestas, de posibles decisiones pasaron por mi mente. A pesar de que una parte de mí me animaba a perdonarlo, sabía perfectamente que después de aquella ruptura nada volvería a ser como antes.

–Pues lo siento, pero ya me has perdido. ¡Me has perdido, Pablo! Tú lo decidiste así. Tú quisiste salir de mi vida... No pretendas volver ahora. Vete con tu novia y a mí déjame en paz.

–¿Novia? ¿De qué estás hablando, Alma? No estoy con nadie. Te quiero a ti.

–¡Y por qué me dejaste si tanto me quieres! – repetí.

–No lo sé... Tenía dudas. No sé qué me pasó. Pero fue un error. ¡Joder, Alma, fue un maldito error! ¿Por qué no puedes perdonarme?

–¡Porque yo necesito a alguien que no ponga en duda ni por un momento que quiere estar conmigo! Así que... – Lo miré a los ojos e, ignorando todos los momentos del pasado que ahora me invadían la mente, repetí su despedida el día en que decidió romper conmigo –: Adiós, Pablo.

Me di la vuelta para marcharme, convencida de que no insistiría más, pero no fue así. Me agarró otra vez del brazo y yo, en un impulso, enfurecida aún, le arrojé la cerveza de uno de los vasos a la cara. Me observó con los ojos como platos, incapaz de creer lo que acababa de hacerle.

–¿No querías cerveza? ¡Pues toma cerveza!

Me dio la impresión de que iba a enfadarse, pero respiró hondo y volvió a la carga. Aunque esta vez más bien hablaba consigo mismo.

–De acuerdo... Está bien. Me merecía esto. Me lo merezco...

Realmente no tengo ni idea de dónde saqué el valor para no intentarlo de nuevo con él, porque de verdad me sentí tentada de olvidar todo lo que había pasado en las últimas semanas, perdonar a aquel chico empapado de cerveza y darle una nueva oportunidad. Quizás por orgullo o quizás porque, simplemente, me había dado cuenta de que después del daño que me había hecho ya no quería estar con él, de que ya nunca más podría confiar en sus sentimientos, me di la vuelta y vi que David se acercaba a nosotros a toda prisa.

–¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? – preguntó cuando estuvo a mi lado, y luego miró a Pablo con gesto de desaprobación –. ¿Te está molestando? He visto que le tirabas la cerveza encima. ¿Estás llorando?

–¿Quién es este tío, Alma? – dijo Pablo molesto, como si David no estuviera allí –. ¿Es tu novio?

–David, ¿puedes dejarnos a solas un momento?

–Pero...

–Estoy bien, de verdad. – Le sonreí y, dedicando una mirada de desconfianza a Pablo, se marchó.

Por alguna razón el que David nos hubiera interrumpido había conseguido tranquilizarme, me había ayudado a darme cuenta de que mi reacción no era la más adulta y que... después de tanto tiempo como habíamos estado juntos, no quería terminar así las cosas, con gritos y lágrimas de por medio. Así que, relajando mi expresión, miré a Pablo intentando dejar a un lado cualquier resquicio de odio, y me enfrenté a él como debía.

–No es mi novio, es solo un amigo.

–Alma...

–Escucha, Pablo... Me has hecho mucho daño, ¿sabes? Mucho daño...

–Lo sé, y lo siento, pero...

–No... No voy a volver contigo. Ya no puedo confiar en lo que sientes por mí. Así que... por favor, no lo intentes más, no insistas. Solo consigues hacerme más daño aún. ¿Es que no entiendes eso?

Me miró en silencio y luego, suspirando, asintió.

–Espero que podamos ser amigos, al menos.

–Quizás dentro de un tiempo. Ahora mismo prefiero que no.

–Vale... Lo comprendo.

Sonreí con tristeza y al mismo tiempo sentí una enorme liberación. Necesitaría algún tiempo para asimilar lo sucedido, para olvidar a Pablo, lo sabía...

Las batallas, los obstáculos que nos presenta la vida son parte del camino, y aunque quedarán atrás, el hecho de aprender a superarlos, con mayor o menor esfuerzo, será parte de nosotros para siempre.


De vuelta a casa, Cristian se detuvo en una gasolinera y, mientras él llenaba el depósito del coche, David y Blas fueron a la tienda a comprar algo para comer. Álvaro se quedó conmigo dentro del vehículo, cada uno con la cabeza apoyada en su respectiva ventanilla. Yo pensaba en todo lo que había pasado con Pablo. Cientos de dudas machacaban la decisión que había tomado, a pesar de ser consciente de que era la decisión correcta. ¿Cómo podían las cosas cambiar tan rápidamente? Me pregunté si alguna vez conseguiría sacar a Pablo por completo de mi corazón. Sabía que sí, pero en aquel momento me resultaba difícil de imaginar. Había vivido tantas cosas con él que formaba parte de casi todos mis recuerdos más recientes. Había pasado tanto tiempo convencida de que nada podría con nosotros... ¿Es posible dudar de lo que sientes cuando amas a alguien de verdad? Me dije que no y que, por lo tanto, Pablo no merecía otra oportunidad.

–Te han roto el corazón, ¿eh? – me dijo Álvaro de pronto, rompiendo el silencio. Lo miré sorprendida –. Sé que parezco un poco colgado, pero me doy cuenta de las cosas.

Tardé en responder, sin saber muy bien qué decir. No esperaba esas palabras de aquel chico. La noche era limpia y la luna brillaba con fuerza... Como la vez que Pablo decidió enseñarme a tocar la guitarra, rodeados de estrellas y de promesas que ahora no valían de nada.

–Es complicado... – Los coches pasaban por la carretera, luces que burlaban a la oscuridad por un momento para luego perderse a lo lejos –. Pero sé que podré olvidarlo. Intentaré... no sé, no pensar demasiado en ello.

–¿Te puedo dar un consejo?

Volví hacia él la mirada y descubrí algo que, por alguna razón, no había visto antes en sus ojos. Me di cuenta de que él sabía por lo que yo estaba pasando.

–Claro.

–No huyas de lo que sientes, al menos no ignorándolo. A veces el camino más rápido es afrontar el dolor, y no darle la espalda con distracciones que solo te hagan... reservarlo para más tarde.

En ese momento no estaba segura, pero al cabo del tiempo descubrí que tenía razón. Le sonreí, agradecida por sus palabras.

–Gracias, Álvaro. De verdad. – Estiró el brazo para revolverme el pelo –. ¿Sabes? Me recuerdas mucho a Kurt Cobain. ¿No te lo dicen nunca?

–Constantemente.

Regresaron los demás, y una vez lejos de la gasolinera, Álvaro me miró desde su lado del coche, se encendió un cigarrillo, y me dedicó una sonrisa que consiguió hacer que me sintiera mucho mejor. Luego busqué la mano de David en el asiento y, mirando a la luna, entrelacé mis dedos con los suyos.

miércoles, 11 de julio de 2012

Capítulo 5

¿Así que te encontraste con David anoche? ¡Qué casualidad! Yo creo que es el destino, Al – dijo Brenda, y después le dio un sorbo a su granizada de limón. La removió con la pajita.

Estábamos en la cafetería Kilkai. Era un local moderno que ofrecía una gran variedad de bebidas exóticas y pastelitos de todo tipo, aunque nosotras, después de haber probado casi todo el repertorio, nos decidíamos casi siempre por lo más normal que había en la carta. Recuerdo que una vez le pregunté a Marta, la chica que siempre nos atendía, de dónde procedía el nombre del bar, y me explicó que kilkai es una joya mapuche, un collar de plata que cae sobre el pecho.

–Bueno – respondí, encogiéndome de hombros –, la verdad es que fue una coincidencia.

Le hablé de Álvaro, Cristian y Blas, los amigos de David.

–Parecen majos.

–Lo son. Gracias a ellos ahora estoy más animada... – Fui bajando el tono de voz al darme cuenta de mi error, porque no le había dicho a Brenda nada sobre el mensaje de Pablo. Intenté arreglarlo –: Con el concierto. Estoy más animada con el concierto. Creo que lo pasaré bien con esos chicos. – Y sonreí antes de cortar un trozo de mi napolitana.

Brenda me miró detenidamente, con los ojos entrecerrados en un gesto de sospecha. Se había dado cuenta de que algo raro me ocurría. ¡Me conocía demasiado bien!

–¿Alma?

–¿Sí? – respondí al instante, fingiendo ingenuidad, como si no tuviera ni idea de lo que me iba a preguntar a continuación.

–¿Qué hora era cuando te encontraste a David?

–Las once – mentí. De haberle dicho la verdad, que el encuentro había sido pasada la una, habría empezado a sospechar. Después pensé que las once tampoco era una hora muy normal para bajar yo sola a la plaza, pero esperé que funcionara.

–Qué curioso... – Se frotó la barbilla con los dedos de un modo teatral –. Yo iba con Leo cuando dejó a David en su casa. A las once. Vi cómo se bajaba del coche, se despedía con la mano, y entraba por la puerta. Y no me cabe duda de que eran las once de la noche.

Miré a la mesa pensando qué hacer. No quería contarle a Brenda lo del mensaje de Pablo porque prefería olvidar que aquello había sucedido, y hablarlo con ella lo convertiría en algo más real y, por lo tanto, más doloroso. Además, temía cuál pudiera ser su reacción. Esa chica era tan impredecible que lo mismo podría ponerse hecha una furia que animarme a quedar con él.

–Ah, no sé – dije quitándole importancia –. No estaba muy pendiente de la hora. Sería más tarde.

–¿Qué hora era, Alma?

Suspiré, rendida.

–De acuerdo, era la una y cuarto, y veinte... No sé.

–¿Y qué hacías a esa hora tú sola en la plaza?

–Tomar el aire. No tenía sueño, así que bajé un rato. ¿Qué hay de malo en eso?

–Que me has mentido. Y si me has mentido es por alguna razón. ¿Qué está pasando?

Miré sus ojos preocupados y supe que tenía que decírselo. Era mi mejor amiga, y siempre nos lo contábamos todo... Así que me removí en mi silla y me dispuse a hablar.

–Está bien... Ayer Pablo me envió un mensaje por Tuenti.

–¡¿Qué?!

–Déjame terminar. En cuanto llegué a mi casa lo bloqueé. Quería borrarlo de mi vida, seguir adelante. Y me pareció que sería una buena idea empezar por ahí. Cuando volví a conectarme al cabo de un rato tenía un mensaje suyo, enviado desde la cuenta de Quique.

–¿Y qué decía? – preguntó inquieta, incapaz de dejarme hablar hasta el final. Suspiré de nuevo, recordando las palabras exactas.

–Que quería hablar conmigo. Que necesitaba hablar conmigo, verme... Decía... – Noté que me temblaba la voz –. Decía que quería arreglar las cosas, pero no sé muy bien en qué sentido. ¿No estaba con otra? – Sentí una punzada en el pecho –. No entiendo a qué ha venido esto.

–¡¿Que qué?! – chilló Brenda con los ojos abiertos como platos. La miré confundida, y luego caí en la cuenta de que ella no sabía lo de la nueva novia de Pablo –. ¿Por qué no me cuentas las cosas, Alma?

–Porque no me apetecía hablar de ello, la verdad. Y tampoco me apetecía hablar de lo del mensaje de ayer... Me afectó mucho, y por eso bajé a la plaza. Necesitaba despejarme.

–Ese tío es un... es un...

–¡Ah! – exclamé antes de que encontrara una palabra lo suficientemente dura como para definir a mi exnovio –. Y terminó el mensaje con un “suerte”.

Sentí una extraña sensación en mi interior al recordarlo.

–Deberías quedar con él. – Se me encogió el estómago cuando escuché decir eso a Brenda –. ¡Y matarlo! ¡No! ¡Torturarlo hasta que te suplique que lo mates!

–Brenda...

–¡Ni Brenda ni Brendos! ¿Quién se cree que es?

–Brenda, por favor. – Sabía que había sido un error contárselo. Algunos clientes, los que ocupaban las mesas más cercanas, nos observaban con disimulo.

–Leo se va a poner furioso cuando se entere.

Dudé un instante.

–Leo ya lo sabe.

–¿Qué?

–Me lo dijo él.

La cara de pena que puso me encogió el corazón. Permaneció en silencio unos segundos y luego volvió a hablar, esta vez más relajada.

–¿Tampoco Leo confía en mí?

–No es eso, y no te pongas melodramática. Él sabía que reaccionarías así. Sabe que eres muy protectora conmigo, que querrías matar a Pablo si te enterabas.

–Tú eres quien debería querer matarlo.

–Exacto. – Sonreí, cogiéndole las manos con dulzura, tragándome mi propio dolor –. A ver, Brenda, te agradezco que te preocupes tanto por mí. Eres la mejor amiga que se puede tener. Pero no quiero que exageres con esto.

Me resultó raro quitarle importancia con tanta naturalidad después de cómo me había sentido la noche anterior al descubrir el mensaje.

–¿Te parece que esté exagerando? – se quejó con una voz cargada de ironía.

–Sí... Todo esto es difícil. Entiendo que también lo sea para ti: yo querría acabar con Leo si te hiciera algo parecido.

–Oh, cariño – soltó una risilla –, no tendrías tiempo de acabar con él. Eso te lo digo yo.

Reí por su comentario.

–Lo que quiero decir es que me gustaría terminar con esto de una vez. Olvidarme de Pablo. Pasar página. Así que... ¿por qué no hablamos de otra cosa?

–¿De David, por ejemplo?

Solté una carcajada.

–Por ejemplo...

Era curioso cómo, al final, casi había tenido que ser yo quien consolara a mi amiga, cuando lo normal habría sido todo lo contrario.

–Solo una cosa más respecto a lo otro, y después hablamos de David todo lo que quieras. – Movió las cejas arriba y abajo. Puse los ojos en blanco –. ¿Quién es ella?

–No lo sé... Y creo que prefiero no saberlo.


No volví a ver a David hasta el día del concierto de Metallica, dos semanas más tarde. Sin embargo, aunque no había tenido ocasión de hablar con él en persona, nuestras conversaciones a través de Tuenti, que se alargaban durante horas y horas por las noches, dieron lugar a extensas charlas por MSN, algunas de ellas acompañadas de una breve videollamada. Aunque no fui capaz de olvidar el mensaje de Pablo, hablar con David hacía que me sintiera feliz, o todo lo feliz que podía sentirme, al menos. Durante ese tiempo no tuve noticias de Pablo, y me alegraba de que así fuera, porque de ese modo todo me resultó más sencillo. Cuando salía temía coincidir con él, pero nunca llegó a ocurrir. Conocía los sitios que él frecuentaba y hacía lo posible por evitarlos. A pesar de todo, no podía remediar preguntarme constantemente qué lo había llevado a enviarme el mensaje. Quizás, pensé, lo hizo porque se sintió ofendido al comprobar que lo había bloqueado en Tuenti. Por vanidad y nada más que eso. Por impedir que me olvidara de él.

La noche antes del concierto David y yo lo estuvimos planeando todo. Vendrían a recogerme en coche a casa temprano y luego haríamos un viaje de casi tres horas. Estaba muy nerviosa y me moría de ganas de que llegara la mañana siguiente. Ya lo tenía todo preparado: la mochila con algunas prendas limpias solo por si acaso, ya que regresaríamos después del concierto y, por lo tanto, no tendríamos que pasar allí la noche; había cargado el móvil y mi MP4 y actualizado la lista de canciones (seguramente no lo necesitaría, pero me gustaba llevarlo siempre conmigo); ya estaba dentro de la mochila mi documentación y algo de dinero, y solo me faltaba preparar algunos bocadillos, pero eso lo haría por la mañana, antes de marcharnos.

Aquella noche, a pesar de haberme dormido tras dar muchas vueltas en la cama por los nervios que me provocaba el pensar en el concierto, soñé con Pablo. Soñé que estábamos en mi habitación, juntos, felices, incapaces de imaginar la posibilidad de un final para nosotros. Me acariciaba el pelo con dulzura, como tantas veces, mientras nos abrazábamos tumbados en la cama. Cuando desperté me eché a llorar desconsolada y recordé aquella vez, no mucho antes de que decidiera terminar la relación, en que aprovechamos un fin de semana que mi casa estaba sola para pasar el día juntos. Aunque había muchas cosas que recordar de aquel día, yo solo pensaba en una... Sin importarme el dolor dejé que mi memoria me transportara algunos meses atrás:


Escuchaba su corazón apoyada en su pecho, que se movía lentamente al ritmo de su respiración. Él me cogía de la mano, acariciándome los dedos con una ternura que me hacía estremecer. Era invierno y, acostados en mi cama, nos habíamos abrigado con un edredón. Cerré los ojos saboreando el momento, deseando que no terminara nunca. Su perfume, el tacto de su piel, todo entonces me decía que nada podría separarme de él. Qué equivocada estaba.

–¿Sabes? – susurró.

–¿Qué? – respondí yo casi en un suspiro.

–No podría estar mejor que ahora, aquí contigo. – Agarró mi barbilla suavemente y la alzó para besarme –. Me encanta esto... Me encantas tú. Te quiero, Alma.

Me apreté contra él con el corazón lleno de alegría.

–Yo también te quiero, Pablo.


Las lágrimas se deslizaban por mi rostro, acalorado por el llanto, e iban a parar a la almohada. Sabía que, en momentos como aquel, era inevitable sentirme así, abatida. Lo sabía, pero quería deshacerme de ese sentimiento. Quería ser feliz. Recordé entonces el título de un libro que había leído hacía algún tiempo: La alegría, también de noche, de José María Rodríguez Olaizola, con el que aprendí que los malos momentos, el dolor, podían ser parte de la felicidad del mismo modo que los tiempos de alegría; que también las penas debían ser aceptadas como un párrafo más del guion de la vida. Apreté mi cara contra la almohada, empapada por las lágrimas, y lloré hasta quedarme dormida.


Cuando volví a despertarme por el sonido del despertador la luz del día que se colaba a través de la persiana pareció animarme, y de pronto regresaron los nervios por el concierto. Eran las ocho y media, y dentro de una hora vendrían a recogerme David y sus amigos. Me di una ducha a toda prisa y, con el pelo todavía mojado, preparé los bocadillos para el viaje y me hice el desayuno. A las nueve y veinticinco David me dio un toque al móvil, tal y como estaba previsto, me despedí de mis padres y mi hermano y salí por la puerta. Cuando lo vi asomado por la ventanilla del asiento trasero, sonreí y respiré hondo, preparada para un día que, estaba segura, sería inolvidable.

domingo, 8 de julio de 2012

Capítulo 4

El cielo estaba precioso a la hora del atardecer, como si alguien hubiera pintado con acuarela un segundo horizonte de infinitos tonos, todos ellos cálidos, embriagadores, sobre la línea oscura donde terminaba el paisaje. Alrededor del sol la luz era rojiza, y las nubes sobre él se teñían de una sombra anaranjada que dibujaba su contorno. Más arriba los colores se perdían en el despertar de la noche, devorados por la oscuridad.

Me abracé las rodillas, allí en la terraza, y miré hacia abajo, a la piscina. Sobre el agua mil destellos reflejaban los últimos momentos del día, y la sombra del árbol se alargaba tanto que no veía el final, escondido bajo el porche. Aquella hora, cuando la noche y el día hacen relevo, siempre es todo un espectáculo. Algunos grillos se animaban a poner melodía al momento, con ese canto peculiar.

David observaba el cielo ensimismado, y vi en sus ojos un brillo especial que, sin necesidad de palabras, supe comprender. Estaba dejado caer sobre las palmas de sus manos, con las piernas estiradas hasta el final de la terraza, los pies rozando la baranda y el pelo moviéndose levemente por la brisa. Siempre me había parecido guapo, pero entonces, quizás por la luz del atardecer, quizás por su expresión dulce, sentí que estando allí sentado conseguía aportar belleza a aquel despliegue de colores y sensaciones que nos regala cada día la naturaleza.

Jugué con mi sandalia, quitándola y poniéndola en mi pie, mientras intentaba entender lo que me sucedía. Era sencillo, una respuesta fácil, casi obvia, pero yo no quería verlo. No quería ver lo que significaba ese cosquilleo que aparecía en mi vientre al estar sentada junto a él, porque me empeñaba, no sé por qué, en que era demasiado pronto para enamorarme de nuevo. De hecho, por aquel entonces estaba convencida de que era imposible que naciera ese tipo de sentimientos por alguien tan rápido. Más tarde me daría cuenta de mi error, al descubrir que, a veces, es suficiente con solo ver a una persona para darte cuenta de que tiene algo especial.

Brenda y Leo contemplaban la puesta de sol junto a nosotros, ella tumbada en su regazo y él abrazándola con una ternura infinita, y mi hermano permanecía en la salita, agotado. Rompí el silencio por un momento, dejándome caer sobre uno de mis codos de forma que quedé inclinada hacia David.

–Iré al concierto – anuncié casi susurrando.

El chico desvió su atención del cielo para mirarme, y su sonrisa me hizo estremecer. Su pelo parecía tan suave que me sentí tentada de perder en él mis dedos.

–Me alegra oír eso.

Juraría que escuché entonces, cuando de nuevo volvió a mirar al atardecer, un “no sabes cuánto”.


Poco después, cuando aún había restos de pinceladas rojizas en el cielo ya prácticamente consumido por la noche, regresamos cada uno a nuestra casa. Era sábado, pero había decidido no salir para hacer algunas cosas que tenía pendientes: leer, tocar la guitarra y conectarme a Tuenti.

Llegamos cerca de las diez y media, y después de que mis padres me regañaran un poco por haber llevado a Gabriel tan tarde a casa, fui directa al cuarto de baño para ducharme. Mientras el agua caía, formando nubes de vapor a mis pies que se elevaban para empañar el espejo, sentí el cansancio en mi cuerpo, pero, curiosamente, dentro de mi corazón despertaba una sensación que me llenaba de vitalidad.

Pensé en Pablo, no mucho, lo justo para darme cuenta de pequeños detalles que tendrían que haber sido suficientes para abrirme los ojos antes. Me dolía que hubiera encontrado a otra tan pronto, y por mi cabeza pasó la idea de que posiblemente la hubiera encontrado antes de dejarme. Fue ahí cuando decidí no darle más vueltas.

Salí de la ducha y envuelta todavía en la toalla me senté en la silla giratoria frente a mi escritorio y abrí el portátil. Aproveché para ponerme el pijama mientras terminaba de encenderse y luego me conecté a Tuenti. Sabía lo que tenía que hacer, y no iba a echarme atrás. Ni ahora ni nunca. Era una decisión definitiva. Tecleé en la barra de búsqueda un nombre: Pablo Romero, y entré en su perfil. Me permití observar la foto un momento, con la excusa de que sería la última vez. Todavía tenía puesta la que le hice cuando fuimos juntos a la playa, y lo cierto es que salía muy guapo. Me maldecí por haber dejado a los recuerdos enturbiar mi decisión, porque empecé a dudar. Pero pronto me deshice de cualquier resquicio de nostalgia y deslicé la barra de desplazamiento hacia abajo del todo. Y allí estaba, mi puerta hacia una nueva vida. Tenía de elegir entre pulsar “borrar amigo” o “bloquear”, y después de meditarlo unos segundos opté por la segunda opción. Sentí una enorme liberación, como si de repente me hubiera deshecho de una carga muy pesada.

Pero había algo más que tenía que hacer. De nuevo llevé el cursor a la barra de búsqueda y tecleé un nombre que tenía escrito en un trozo de papel junto al ordenador, pero que no necesité mirar porque ya me lo sabía de memoria: David Cortés Blanco, y pulsé intro.


Después de agregar a David apagué el ordenador y bajé a cenar. Más tarde me tumbé en la cama a leer un rato. Me apetecía algo alegre y fácil, algo que sirviera para evadirme del mundo pero de un modo refrescante, así que opté por Blue Jeans. Desde que leí la primera novela de la trilogía Canciones para Paula me enamoré de la forma que tiene este autor de escribir, capaz de atraparte en las páginas hasta el punto en que olvidas todo lo demás. Necesitaba recordar esa sensación durante un rato, así que me puse de puntillas para alcanzar la estantería sobre el escritorio y agarré Buenos días, princesa. Todavía no había empezado a leerlo porque tenía demasiados libros a medias, pero esta vez no me importó.

Me tumbé sobre las sábanas y coloqué varios cojines bajo mi cabeza hasta que encontré la postura adecuada. No tardé en introducirme en la historia, y no supe cuánto rato estuve leyendo sin descanso hasta que el sonido del móvil me sobresaltó. Me incorporé y metí entre las hojas un marca-páginas que yo misma me había fabricado con cartón y cartulinas de colores. Dejé el libro sobre la cama y me dirigí a la mesa para coger el teléfono. Era un mensaje de Brenda:

¡Qué interesante que hayas decidido ir al concierto y que se lo hayas hecho saber mirando la puesta de sol! ¿No sería una indirecta declaración de amor? Todavía tengo que contarte lo que le dijo a Leo de ti. Hablamos mañana. Un besito.

Y añadió un corazón al final, algo que hacía en todos sus mensajes, ya fueran sms, mensajes privados por Tuenti o despedidas por MSN. Sonreí pensando que seguramente había sido un gran reto para ella no decir nada en el momento en que accedí a ir con David al concierto. Le respondí proponiéndole quedar la tarde siguiente para tomar café (aunque siempre terminábamos pidiendo batido o granizada).

Después saqué mi guitarra de su funda y me senté con ella en la silla frente al ordenador mientras este se encendía. Toqué So long goodbye de Sum41 y luego me conecté a Tuenti. Tenía un mensaje privado. Lo abrí nerviosa, sospechando que sería de David. Pero mi intuición me falló. Sentí que el corazón se me detenía al leer aquellas palabras que no podría sacarme de la cabeza durante semanas. El mensaje era de Pablo, pero me lo había enviado desde la cuenta de su amigo Quique.

Hola Al, soy Pablo... Quería preguntarte algo, pero cuando he ido a hacerlo me he dado cuenta de que me has bloqueado. Sinceramente, me ha dolido... Pero te entiendo. Sé que no me he portado del todo bien contigo estos últimos días, y me gustaría arreglarlo. Necesito verte y decirte algo, ¿podríamos quedar mañana por la tarde? O el lunes, o cuando a ti te venga bien. Eso era lo que quería preguntarte. Si tu respuesta es que sí, dame un toque al móvil y te llamaré para quedar, y si también has borrado mi número responde a este mensaje. Espero que no estés enfadada conmigo, aunque dadas las circunstancias, me temo que así es, y también espero que estés bien. Un beso. Suerte.

Lo volví a leer varias veces, con el corazón latiéndome en la garganta, hasta que empecé a sentirme un poco mareada. Sus palabras se repetían en mi cabeza a pesar de haber apartado los ojos de la pantalla. Dentro de mí se había formado un remolino de sentimientos que creía escondidos, de recuerdos, de incertidumbre, de desconcierto. Aquel mensaje me había dejado fuera de lugar. Me sentía furiosa, pensé que más furiosa de lo que jamás había estado, pero al mismo tiempo, y eso me hizo llevarme una gran decepción de mí misma, aliviada. Y no supe por qué. Me di cuenta de cómo podían cambiar las cosas dentro de uno mismo en un breve instante; cómo, aunque el mundo siguiera siendo el mismo, tu forma de ver las cosas podía transformarse en cuestión de un segundo en algo totalmente opuesto a lo que era hacía un momento. Me dije, a mi pesar, que seguía enamorada de Pablo y que había sido una ingenua por pensar que podría liberarme de aquello tan rápido. Ingenua, me reproché con dolor. Ingenua...

El silencio se había apoderado de la habitación y parecía que también del resto de mundo. El tictac del despertador que había en mi mesilla había enmudecido para mí, e ignoré el sonido de mi móvil anunciando que tenía otro mensaje, seguramente la respuesta de Brenda a mi propuesta de ir a tomar café.

Suerte, me había dicho. Suerte, repetí en mi mente una vez y otra. Y entonces una lágrima cayó sobre la madera clara de la guitarra, que descansaba tan entristecida como yo sobre mis piernas. El llanto me hizo volver a la realidad, aunque no sabía muy bien por qué estaba llorando. No sabía cómo sentirme ni qué hacer, pero algo me decía que lo mejor sería borrar el mensaje y olvidarme del asunto lo antes posible. Sin embargo, no pude hacerlo.

Pulsé inicio e intenté tocar la guitarra un poco más, pero me temblaban las manos, así que me rendí y volví a guardarla. Miré a ver si encontraba a Brenda entre los contactos recientes en el chat, pero no estaba conectada. Pensé en salir un rato a dar una vuelta, así que fui a buscar a mis padres para pedirles permiso. Era ya muy tarde, por lo que supuse que me darían una negativa. Sin embargo, quizás porque se dieron cuenta de que había estado llorando, accedieron. “Pero no te entretengas mucho, y no te alejes de casa”, me dijo mi madre con tono preocupado. “No, mamá. Iré a la plaza de atrás para despejarme un poco”.

Me puse un vestido desenfadado azul marino y unas sandalias marrones de piel sintética y luego salí de mi casa, sintiendo una brisa fresca que pareció llevarse de golpe un buen puñado de desconsuelo. A pesar de la hora que era, la calle estaba llena de vida. Grupos de jóvenes paseaban por la acera entre risas. Sonreí más animada. La maraña de pensamientos que me había tenido hecha un lío hacía un momento se convirtió en una lista de ideas un poco más claras, aunque algo borrosas todavía.

Llegué a la plaza y me senté en un banco, pero no pude disfrutar durante mucho rato de la tranquilidad y soledad que había ido a buscar allí, porque cuatro chavales algo más mayores que yo ocuparon uno de los bancos de enfrente y empezaron a hablar con demasiado entusiasmo. Justo cuando iba a irme, me di cuenta de que uno de ellos me estaba mirando y, sorprendida por la casualidad, lo reconocí: era David. Le dijo algo a sus amigos y se acercó a mí con cierto nerviosismo, algo que me resultó enternecedor.

–Hola – saludó con ese gesto habitual de acariciarse el pelo.

–Hola.

Le ofrecí la mejor sonrisa que fui capaz de poner.

–¿Qué haces aquí...?

–¿Sola? – terminé por él. Me encogí de hombros, intentando no darle mucha importancia –. Estaba cansada de estar en mi casa... Y he querido tomar un poco el aire.

Me miró extrañado.

–¿Has estado llorando? – Noté que me lo preguntaba con inseguridad, como si no tuviera muy claro si teníamos ya la suficiente confianza como para meterse en mis asuntos.

Reí con torpeza

–Claro que no.

–Tienes... los ojos rojos.

–Será de la piscina.

Supe que mi explicación no había sido suficiente para convencerle, pero no insistió más.

–¿Quieres venir con nosotros? – me propuso. Vi la ilusión en sus ojos.

–No, gracias... Es que tengo que volver ya.

–Son los amigos con los que iré al concierto. Iremos – corrigió –. Así los vas conociendo.

Dudé un instante mientras observaba a aquellos tres chicos de aspecto despreocupado, alegre. Por alguna razón me sentí feliz, como si me hubieran contagiado su buen humor.

–Bueno, ¿por qué no? Solo un rato.

jueves, 5 de julio de 2012

Capítulo 3

¿Qué... qué estás diciendo? Eso no puede ser. Él no es...

–Los vi ayer, cuando volvíamos.

Respiré hondo, mil sentimientos deshaciéndome por dentro. Odio, amor, celos, desesperanza... Las lágrimas vencieron deslizándose por mis mejillas.

–¿Lo sabe Brenda? – pregunté después de un minuto sin decir nada, solo llorando. Él, impotente, me miraba consciente de que aquello era inevitable en ese momento. Sabía que preferiría no haber sido él quien me diera la noticia. De estas cosas solía ocuparse Brenda.

–No. Ella se paró un momento a beber agua en una fuente, y justo en ese momento los vi pasar por la otra acera, cogidos de la mano y...

–No quiero saber más – le detuve, incapaz de soportar esa imagen.

–Lo siento. Quería que tú fueras la primera en saberlo, por eso no le dije nada a Brenda. Además, ya sabes cómo es, y posiblemente...

–Lo habría matado – terminé, sonriendo con tristeza –. Habría corrido hacia él y lo habría matado.

Él asintió. Noté que estaba preocupado por mí.

–Gracias, Leo.

Era sincera.

–No se merece que llores por él. Y mucho menos que lo hayas amado tanto tiempo, que lo ames ahora.

–Todo esto... es demasiado para mí. Creo que... que debería quedarme en casa con mi hermano.

–No, Alma. Tienes que seguir adelante.

–Y lo haré. Pero para eso necesito estar a solas con mis pensamientos un tiempo, llorar. Ya sabes.

–Tienes todas tus cosas en casa de Brenda.

–Es cierto – me lamenté.

–Bueno, si quieres te las puedo llevar cuando vuelva a mi casa esta noche. Si necesitas tiempo a solas contigo misma... en fin, no seré yo quien te lo impida. Pero ya sabes que cualquier cosa que necesites... estamos aquí para ti.

–¿Es peligroso abrazar a alguien mientras conduce? – sonreí, conmovida.

Con una mano todavía al volante, se inclinó hacia mí y nos dimos un abrazo corto y bastante torpe. Poco después aparcó delante de mi casa y me bajé del coche. Él decidió entrar un momento a saludar a Gabriel, así que caminamos juntos hacia la puerta. Cuando abrí y apareció mi hermano con ese rostro ilusionado, una sonrisa de oreja a oreja, con el bañador puesto y la toalla de Spiderman en la mano, preparado para ir a darse un buen baño, me di cuenta de que quizás no necesitaba tanto estar sola. Sonreí mirando a Leo.

–Hala, ¡vámonos! – exclamé, secándome los restos de lágrimas.


Mientras me ponía la crema solar por tercera vez aquel día, observaba a Gabriel jugando con Leo y David en la piscina. Se lo estaban pasando en grande. No pude evitar sonreír.

Hacía un rato había recibido una llamada de mis padres explicando lo que había sucedido: tuvieron que marcharse a toda prisa al hospital porque mi padre había topado sin darse cuenta, en el patio, con un pequeño panal de avispas y, como consecuencia, ahora tenía varias picaduras en la cara y los brazos. Pero me habían informado de que ya estaba todo solucionado, que él estaba bien y que iban de camino a casa. Yo les conté que me había llevado a Gabi a casa de Brenda con unos amigos y que pasaríamos allí el día, y no tuvieron ningún inconveniente siempre que tuviéramos cuidado, “y os pongáis protector solar”, había insistido mucho mi madre.

Brenda estaba a mi lado, abrazándose las rodillas sobre la toalla.

–¿Nos bañamos un rato antes de comer? – me preguntó deslizando sus gafas de sol hacia abajo.

–Sí, pero espera un poco a que se absorba la crema.

–Esos tres están disfrutando, ¿eh?

Asentí sin borrar la sonrisa de mis labios. Me gustaba ver a mi hermano tan contento. Era un niño alegre, pero los veranos solían ser aburridos para él. Las dos presenciamos cómo David se dejó hacer cuando Gabriel quiso hundirlo en el agua apoyándose sobre sus hombros. Pataleó un poco, salió de nuevo a la superficie y gritó un ¡Te vas a enterar! para después nadar tras mi hermano, que se había dado prisa en escapar. Brenda y yo reímos divertidas.

–Bueno, creo que ya podemos ir – anuncié poniéndome en pie.

Ayudé a mi amiga a levantarse y caminamos despacio hasta llegar al borde de la piscina. Una vez allí, Brenda se lanzó al agua sin pensarlo, pero yo necesitaba algo más de tiempo.

–¡Venga, Al, está buenísima! – exclamó ella lanzándome agua con la manos.

Yo me aparté, ¡estaba muy fría!

–Espera, que esto requiere un proceso...

–Yo me ocupo – oí que le decía Leo a su novia. Luego salió hábilmente de la piscina y corrió hacia mí. Intenté huir, pero fue en vano y consiguió atraparme pronto. Me retorcí cuanto pude cuando me cogió en brazos para lanzarme –. A la de una...

–¡No, no! – gritaba yo agarrándome a él. Era escurridizo y estaba helado. ¡No había manera!

–A la de dos... – se reía con malicia –. A la de...

–¡Espera!

Era David. Había salido de la piscina y estaba junto a nosotros. Leo soltó una carcajada, y yo sentí un enorme alivio, mientras mi corazón latía a toda potencia.

–¡Sí, espera! – exclamé, acalorada.

–¿No ves que no quiere? – continuó David.

Leo puso los ojos en blanco, pero cedió ante la petición de su amigo y me dejó en el suelo, temblorosa. ¡Odiaba tirarme de golpe al agua helada! Y cuando ya me creía a salvo, sentí que... ¡me volvían a coger en brazos! Esta vez era David, y él no se lo pensó dos veces.

–¡A la de tres! – gritó mientras se lanzaba conmigo a la piscina.

Escuché las risas de Leo, Brenda y Gabriel (este último gritaba emocionado) distorsionadas al estar todavía bajo la superficie, y cuando asomé la cabeza, con un montón de olas golpeando mi cuerpo, le eché agua en la cara a David, y él rió satisfecho. Avancé hacia él para hacerle una ahogadilla (siempre se me habían dado bien), empujando sobre su hombro y su pecho, pero no lo conseguí: se estiró para agarrarme de los tobillos y tiró hacia arriba y, con un leve toquecito en la cabeza, estuve hundida en el agua. Pataleé para deshacerme de él y me liberó.

–Esto no quedará así – le advertí riendo.

–¿Ah, no? – he de reconocer que su tono burlón era bastante sexy.

–¡No! – Y volví a arrojarle agua a la cara.

Buceé hasta el otro lado de la piscina (sin asomarme ni una vez para coger aire, por cierto) y desde allí, agarrada al borde, le saqué la lengua. No volvió a incordiarme durante un buen rato, porque tanto él como Leo siguieron entretenidos con mi hermano. Sin embargo, noté que me miraba con frecuencia. Brenda y yo nos sentamos con los pies dentro del agua a tomar un poco el sol, y cuando por fin decidimos que teníamos hambre, nos dimos cuenta de que eran casi las cuatro de la tarde.

–¡Leo, queremos comer! – avisó Brenda a su chico.

Leo siempre se encargaba de la comida en ocasiones como aquella, disfrutaba cocinando para los demás. Esta vez me ofrecí a ayudarle, y (con cara de estar haciéndome un favor) me encargó hacer la salsa para la carne. Así que, mientras él montaba la barbacoa a la sombra del porche, yo me llevé el mortero y algunos utensilios más a la mesa, junto a los ingredientes que él me había indicado (sin aceptar sugerencias) y me dispuse a hacer la salsa de almendras.

Vi que Brenda charlaba con David, tumbados en las toallas, mientras acariciaba el pelo de Gabriel, que tenía la cabeza apoyada sobre las piernas de la chica. Me di cuenta entonces, y fue una gran sorpresa, de que no había pensado apenas en el tema de Pablo. De haberme quedado en casa, seguramente en ese momento habría estado llorando desconsolada tirada en la cama y apretando la almohada contra las lágrimas.

–Te veo muy animada – observó Leo, cogiendo el paquete de carbón que había preparado junto a la barbacoa.

–Sí. Supongo que estar aquí con vosotros... la piscina y eso... me ha distraído bastante.

–Creo que eso no es lo único que te ha distraído.

–Bueno, hacer esta salsa es bastante...

–Lo es, ¿verdad? – me interrumpió emocionado, aunque no tardó en regresar al tema –. Pero no me refería a eso. Ya sabes... David.

Sonreí. No se iban a cansar nunca.

–Sí, David es majo.

–Vamos, Alma, llevas todo el rato pendiente de él.

Me ruboricé.

–He estado vigilando a mi hermano, eso es todo – mentí.

Sonrió con picardía.

–Ya, vigilando a tu hermano.


Fue una comida estupenda.

Mi hermano, agotado por tanta actividad, veía la televisión en el sofá de la salita. Posiblemente se habría quedado dormido. Leo y David charlaban dentro de la piscina, de espaldas contra la pared, el primero con los brazos apoyados en el borde. Su amigo, en cambio, estaba sumergido hasta el cuello, moviendo las piernas tranquilamente. No sospechaban nada. Me acerqué sigilosa con Brenda detrás de mí, aguantando la risa, y cuando estuve lo suficientemente cerca de David, hice un movimiento rápido: empujé sus hombros hacia abajo, y pronto estuvo pataleando bajo el agua. Me salpicó un poco pero, sin duda, había merecido la pena.

Empecé a reír con entusiasmo cuando sacó la cabeza y se dio la vuelta para buscar a su agresor.

–Te dije que no quedaría así – le recordé, con una sonrisa triunfante.

domingo, 1 de julio de 2012

Capítulo 2

Cientos de gotitas brillaban bajo el sol de la mañana, alojadas en la hierba fina y verde que cubría la zona. Cerca de la piscina, a la sombra de unos árboles, estábamos nosotras tumbadas sobre las toallas. Brenda llevaba unas gafas de sol que le cubrían buena parte de la cara, y yo me había recogido el pelo en una cola alta que me estorbaba al apoyar la cabeza, así que finalmente decidí deshacerla y dejar mi cabello suelto. Se escuchaban pájaros y olía a crema solar, a melocotón. Siempre me ha encantado ese olor, un aroma fresco, que habla de verano, de playa, de ausencia de obligaciones.

–Bueno, ¿qué te pareció David? – me preguntó Brenda de pronto, sin moverse un milímetro. Había llegado a pensar que estaba dormida.

–Es majo.

–Estás sonriendo.

Era cierto, estaba sonriendo, aunque no me di cuenta de ello hasta que Brenda lo mencionó.

–Me ha invitado a un concierto de Metallica. Pero no sé qué hacer... Van todos sus amigos, y me da un poco de vergüenza.

–Tienes que ir. – Se incorporó de un brinco, inclinándose sobre mí. Su entusiasmo me hizo reír.

–No lo sé. Me dio su Tuenti para que le diera una respuesta cuando me lo hubiera pensado.

–¿Y lo has agregado?

–No.

–¡¿Por qué?!

–No lo sé.

Resopló y volvió a tumbarse, colocándose las gafas de sol. Después dirigió hacia mí la mirada de nuevo.

–No sabes nada.

Asentí y apoyé la cabeza sobre mis brazos.

–¿Sabes lo que creo? – continuó –. Creo que lo que te pasa no es que sea demasiado pronto para conocer a alguien, porque eso es irrelevante. ¿Qué importa cuánto tiempo haya pasado de la ruptura, si encuentras a alguien que puede hacerte feliz?

–¿Cómo sabes que él puede hacerme feliz sin apenas conocerlo?

–Déjame terminar – me espetó –. Lo que te pasa es que tienes miedo de que vuelvan a hacerte daño.

–Eso es absurdo, Brenda.

–Tarde o temprano te enamorarás de él, ya lo verás. Y cuando eso ocurra, recuerda esta conversación.

Suspiré, sin intención de responder.

–¿Tienes hambre? – Agradecí que cambiara de tema.

–Un poco.

Se incorporó y estiró como si acabara de despertar de un profundo sueño, hasta que, finalmente, se puso en pie de un salto.

–Vamos a la cocina y nos preparamos algo.

Eran las once de la mañana y no habíamos desayunado. Había madrugado bastante para ir a casa de Brenda a disfrutar de la piscina antes de que hiciera demasiado calor como para recorrer media ciudad a pie. El plan era pasar allí el día, ya que sus padres no regresarían hasta llegada la noche.

La seguí a la cocina por el sendero de piedra que atravesaba el césped, y pronto estuvimos frente a la encimera preparando unos sándwiches de queso.

–¿Qué quieres para beber: batido o zumo? – me preguntó Brenda desde la despensa.

–Mejor un zumo.

–Marchando.

Cuando dejó las bebidas junto a los sándwiches tocaron al timbre y se dirigió al pasillo para abrir la puerta. ¿Quién sería?

–¿Son tus padres? – quise saber, gritando desde la cocina mientras colocaba nuestro desayuno sobre una bandeja decorada con flores y frutas de colores.

–No, ellos nunca llaman. Y es seguro que no vuelven hasta esta noche.

Escuché la puerta abrirse y luego una voz masculina que reconocí al instante: Leo. ¿Había invitado a su novio? Eso estropeaba bastante mis planes. Suspiré y cogí la bandeja, ya preparada, para llevármela al jardín, pero entonces sentí que alguien me tocaba el hombro, así que la dejé donde estaba y me di la vuelta.

–Hola, Alma – me saludó David, sonriente.

No me lo podía creer. Brenda los había invitado y no me había dicho absolutamente nada. O quizás se habían presentado allí sin avisar.

–¡Hola! – respondí, algo inquieta.

–¿Quieres que te ayude con eso? – señaló la bandeja sobre la encimera.

–No, no. Puedo sola – la cogí –, pero gracias.

Él ignoró por completo mis palabras y me arrancó la bandeja de las manos. Me encogí de hombros.

–¿Quieres que os prepare algo? – ofrecí.

–Ya hemos desayunado. Pero gracias.

Los dos sonreímos en silencio, sin saber muy bien qué hacer, hasta que él volvió a hablar.

–No me has agregado...

Me puse nerviosa, y solo se me ocurrió una respuesta.

–Todavía no he decidido si voy a ir o no.

Por la expresión de su rostro, creo que mis palabras lo decepcionaron bastante, pero no tardó en recuperar su alegría habitual. Mientras nos dirigíamos hacia el jardín, Brenda y Leo se unieron a nosotros. Una vez allí, los chicos decidieron darse un baño hasta que nosotras termináramos de desayunar.

–¿Por qué no me has dicho que los habías invitado? – inquirí antes de morder mi sándwich.

–No los he invitado. Pero le dije a Leo que hoy pasaríamos el día aquí tú y yo y como, por alguna razón, él dio por hecho que te gustaba David, ha pensado que sería una buena oportunidad para vosotros que ellos se apuntaran al plan – se encogió de hombros, como si nada.

–¿Seguro que tú no tienes nada que ver?

–Te lo prometo. Pero, ¿sabes? Me alegro de que hayan venido, porque Leo me ha dicho que han estado hablando de ti. Al parecer David piensa que... – se detuvo para mirarme, y luego, encogiéndose de hombros, añadió –: No importa. No te gusta David, así que no te interesará demasiado. Creo que a este sándwich le hace falta un poco de mayonesa, ¿no te parece?

Suspiré. Era un truco. Un truco para que reconociera que sí quería saber lo que había dicho David sobre mí. Intenté dejar a un lado mi curiosidad para no permitir que Brenda se saliera con la suya, pero no pude.

–Vamos, Brenda, ¿qué piensa David? – pregunté fingiendo cierta indiferencia.

–¡Ajá! – exclamó, señalándome –. ¡Lo sabía! Sí que te gusta David.

–No me gusta David, y baja la voz, por favor.

–Oh, cariño. Sí que te gusta. – No sé por qué, pero cuando dijo eso me recordó a Lily de Cómo conocí a vuestra madre –. Está bien, si insistes tanto, te contaré lo que dijo de ti.

–No, calla – susurré al ver que Leo y David habían salido de la piscina y se acercaban a nosotras.

Terminé mi sándwich y apuré el zumo a toda prisa, antes de que David se situara justo delante de mí, envuelto en una enorme toalla azul marino y con gotitas de agua cayendo de su pelo.

–¿Puedo? – me preguntó señalando con la cabeza el sitio que había junto a mí.

Asentí. Por alguna razón que desconozco, el corazón me latía deprisa. Extendió su toalla muy próxima a la mía y se sentó, colocando los brazos sobre sus rodillas. La luz del sol empezaba a colarse en nuestra zona, e iluminaba la parte derecha del cabello del chico. Miraba a la nada, sus enormes ojos verdes llenos de misterio, y me pregunté en qué estaría pensando. Repitió el gesto de la noche anterior, paseando la mano desde la nuca hasta el flequillo, y un millón de gotas de agua salieron despedidas. Después se volvió hacia mí y me sonrió. Sentí mi rostro enrojecer.

–Espero que no hayamos estropeado vuestros planes viniendo aquí – me dijo, y sonó como una disculpa.

Antes de que pudiera responder, escuché el comienzo de Prince charming de Metallica, que indicaba que alguien me estaba llamando al móvil.

–Perdona – susurré con timidez, y me incliné hacia atrás para buscar el teléfono en mi mochila, apoyada en el pie del árbol detrás de mí.

Era el número de mi casa. ¿Qué habría pasado? Descolgué sin pensarlo mucho y escuché la voz de mi hermano, Gabriel, al otro lado.

–Alma – me dijo, con su voz de niño pequeño. Me lo imaginé con la cabeza a la altura de la mesilla del teléfono, sujetando el auricular con las dos manos –. Me han dicho papá y mamá que tienes que venir a casa a cuidar de mí.

–¿Por qué? – pregunté molesta. No quería volver. Miré fugazmente a David y vi que estaba pendiente de lo que sucedía –. No puedo ir ahora, Gabi. Pásame con mamá.

–No está. Es que se han ido, y no me han dicho por qué. Solo que te llamara y que vinieras rápido, que no me quedara solo.

–¿Se tenían que ir rápido?

–Sí.

–¿A dónde?

–No sé.

–¿Y cuándo van a volver?

–No sé – repitió.

Resoplé sin apartar el móvil de la oreja. Estaba preocupada por lo que hubiera podido pasar para que mis padres dejaran solo a Gabriel tan de repente. Tendría que volver a casa, no me quedaba otro remedio... Mi hermano no se iba a preparar la comida solo.

–¿Qué pasa? – me preguntó Brenda al ver mi expresión.

–Mi hermano está solo en casa y tengo que ir a cuidar de él. Al parecer mis padres se han tenido que ir rápido a alguna parte. Así que... tengo que irme.

Gabriel decía cosas al otro lado, pero no presté atención.

–Espera un momento, Gabi – le pedí al ver que Leo se acercaba a mí.

Me arrancó el móvil de la mano y se lo pegó a la oreja.

–¡Eh, chaval! – saludó sonriente –. Soy Leo. Te acuerdas de mí, ¿no? – soltó una carcajada por algo que diría mi hermano, y luego siguió –: ¿Te apetece que vayamos a buscarte y te vienes con nosotros a la piscina? Pues date prisa en preparar el bañador que estamos allí en un momentito. Venga, te paso con tu... – Miró el teléfono extrañado y después a mí –. Ha colgado.

–¿Por qué le has dicho eso? – le dije.

–Para que no tengas que irte. Vamos tú y yo en mi coche a tu casa, recogemos a tu hermano, y nos venimos de vuelta los tres. ¡A mí me parece una buena idea, y a él le ha encantado!

–Gabi tiene seis años, Leo. No nos va a dejar tranquilos.

–Tonterías, yo me ocupo.

–¿Por qué no vamos todos? – sugirió Brenda, ilusionada. Quería a mi hermano como si fuera el suyo propio.

–No. Iremos Alma y yo – le dio un beso en los labios a la chica, que lo miró decepcionada –, y volveremos enseguida.


De camino a mi casa, en el coche de Leo, apoyé el brazo en la ventanilla confiando en que me llegara algo de aire fresco, pero pronto tuve que rendirme al descubrir que era cálido y molesto, así que la cerré y Leo puso el aire acondicionado.

–Bueno, ¿qué te parece David? – me preguntó sin dejar de mirar a la carretera.

–¿Qué os pasa a los dos con eso?

–Creo que sois perfectos el uno para el otro.

Resoplé, negando con la cabeza. ¿Es que nunca iban a dejarme en paz?

–Escucha – siguió diciendo, y esta vez adoptó una expresión seria –. Quizás pienses que es demasiado pronto para eso, pero no deberías desechar la posibilidad de...

–A ver, Leo, y espero que esto deje zanjado el tema de una vez. Hace pocos días estaba bien con Pablo, y de la noche a la mañana me ha dejado. No ha sido algo gradual. Nuestra relación no se ha ido enfriando poco a poco. Ha sido algo impredecible – sentí que las lágrimas se agolpaban en mis ojos, y luché para que no se derramaran –, y no puedo evitar quererlo todavía. Necesito una explicación, y una parte de mí me dice que cuando la tenga encontraré la forma de solucionar las cosas y conseguir así que todo vuelva a la normalidad. Yo lo quiero, Leo. Y tengo esa estúpida esperanza.

Me miró y vi el dolor en sus ojos. Suspiró y supe que las palabras que dijo a continuación le quemaron la garganta.

–Pablo está con otra.