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domingo, 8 de julio de 2012

Capítulo 4

El cielo estaba precioso a la hora del atardecer, como si alguien hubiera pintado con acuarela un segundo horizonte de infinitos tonos, todos ellos cálidos, embriagadores, sobre la línea oscura donde terminaba el paisaje. Alrededor del sol la luz era rojiza, y las nubes sobre él se teñían de una sombra anaranjada que dibujaba su contorno. Más arriba los colores se perdían en el despertar de la noche, devorados por la oscuridad.

Me abracé las rodillas, allí en la terraza, y miré hacia abajo, a la piscina. Sobre el agua mil destellos reflejaban los últimos momentos del día, y la sombra del árbol se alargaba tanto que no veía el final, escondido bajo el porche. Aquella hora, cuando la noche y el día hacen relevo, siempre es todo un espectáculo. Algunos grillos se animaban a poner melodía al momento, con ese canto peculiar.

David observaba el cielo ensimismado, y vi en sus ojos un brillo especial que, sin necesidad de palabras, supe comprender. Estaba dejado caer sobre las palmas de sus manos, con las piernas estiradas hasta el final de la terraza, los pies rozando la baranda y el pelo moviéndose levemente por la brisa. Siempre me había parecido guapo, pero entonces, quizás por la luz del atardecer, quizás por su expresión dulce, sentí que estando allí sentado conseguía aportar belleza a aquel despliegue de colores y sensaciones que nos regala cada día la naturaleza.

Jugué con mi sandalia, quitándola y poniéndola en mi pie, mientras intentaba entender lo que me sucedía. Era sencillo, una respuesta fácil, casi obvia, pero yo no quería verlo. No quería ver lo que significaba ese cosquilleo que aparecía en mi vientre al estar sentada junto a él, porque me empeñaba, no sé por qué, en que era demasiado pronto para enamorarme de nuevo. De hecho, por aquel entonces estaba convencida de que era imposible que naciera ese tipo de sentimientos por alguien tan rápido. Más tarde me daría cuenta de mi error, al descubrir que, a veces, es suficiente con solo ver a una persona para darte cuenta de que tiene algo especial.

Brenda y Leo contemplaban la puesta de sol junto a nosotros, ella tumbada en su regazo y él abrazándola con una ternura infinita, y mi hermano permanecía en la salita, agotado. Rompí el silencio por un momento, dejándome caer sobre uno de mis codos de forma que quedé inclinada hacia David.

–Iré al concierto – anuncié casi susurrando.

El chico desvió su atención del cielo para mirarme, y su sonrisa me hizo estremecer. Su pelo parecía tan suave que me sentí tentada de perder en él mis dedos.

–Me alegra oír eso.

Juraría que escuché entonces, cuando de nuevo volvió a mirar al atardecer, un “no sabes cuánto”.


Poco después, cuando aún había restos de pinceladas rojizas en el cielo ya prácticamente consumido por la noche, regresamos cada uno a nuestra casa. Era sábado, pero había decidido no salir para hacer algunas cosas que tenía pendientes: leer, tocar la guitarra y conectarme a Tuenti.

Llegamos cerca de las diez y media, y después de que mis padres me regañaran un poco por haber llevado a Gabriel tan tarde a casa, fui directa al cuarto de baño para ducharme. Mientras el agua caía, formando nubes de vapor a mis pies que se elevaban para empañar el espejo, sentí el cansancio en mi cuerpo, pero, curiosamente, dentro de mi corazón despertaba una sensación que me llenaba de vitalidad.

Pensé en Pablo, no mucho, lo justo para darme cuenta de pequeños detalles que tendrían que haber sido suficientes para abrirme los ojos antes. Me dolía que hubiera encontrado a otra tan pronto, y por mi cabeza pasó la idea de que posiblemente la hubiera encontrado antes de dejarme. Fue ahí cuando decidí no darle más vueltas.

Salí de la ducha y envuelta todavía en la toalla me senté en la silla giratoria frente a mi escritorio y abrí el portátil. Aproveché para ponerme el pijama mientras terminaba de encenderse y luego me conecté a Tuenti. Sabía lo que tenía que hacer, y no iba a echarme atrás. Ni ahora ni nunca. Era una decisión definitiva. Tecleé en la barra de búsqueda un nombre: Pablo Romero, y entré en su perfil. Me permití observar la foto un momento, con la excusa de que sería la última vez. Todavía tenía puesta la que le hice cuando fuimos juntos a la playa, y lo cierto es que salía muy guapo. Me maldecí por haber dejado a los recuerdos enturbiar mi decisión, porque empecé a dudar. Pero pronto me deshice de cualquier resquicio de nostalgia y deslicé la barra de desplazamiento hacia abajo del todo. Y allí estaba, mi puerta hacia una nueva vida. Tenía de elegir entre pulsar “borrar amigo” o “bloquear”, y después de meditarlo unos segundos opté por la segunda opción. Sentí una enorme liberación, como si de repente me hubiera deshecho de una carga muy pesada.

Pero había algo más que tenía que hacer. De nuevo llevé el cursor a la barra de búsqueda y tecleé un nombre que tenía escrito en un trozo de papel junto al ordenador, pero que no necesité mirar porque ya me lo sabía de memoria: David Cortés Blanco, y pulsé intro.


Después de agregar a David apagué el ordenador y bajé a cenar. Más tarde me tumbé en la cama a leer un rato. Me apetecía algo alegre y fácil, algo que sirviera para evadirme del mundo pero de un modo refrescante, así que opté por Blue Jeans. Desde que leí la primera novela de la trilogía Canciones para Paula me enamoré de la forma que tiene este autor de escribir, capaz de atraparte en las páginas hasta el punto en que olvidas todo lo demás. Necesitaba recordar esa sensación durante un rato, así que me puse de puntillas para alcanzar la estantería sobre el escritorio y agarré Buenos días, princesa. Todavía no había empezado a leerlo porque tenía demasiados libros a medias, pero esta vez no me importó.

Me tumbé sobre las sábanas y coloqué varios cojines bajo mi cabeza hasta que encontré la postura adecuada. No tardé en introducirme en la historia, y no supe cuánto rato estuve leyendo sin descanso hasta que el sonido del móvil me sobresaltó. Me incorporé y metí entre las hojas un marca-páginas que yo misma me había fabricado con cartón y cartulinas de colores. Dejé el libro sobre la cama y me dirigí a la mesa para coger el teléfono. Era un mensaje de Brenda:

¡Qué interesante que hayas decidido ir al concierto y que se lo hayas hecho saber mirando la puesta de sol! ¿No sería una indirecta declaración de amor? Todavía tengo que contarte lo que le dijo a Leo de ti. Hablamos mañana. Un besito.

Y añadió un corazón al final, algo que hacía en todos sus mensajes, ya fueran sms, mensajes privados por Tuenti o despedidas por MSN. Sonreí pensando que seguramente había sido un gran reto para ella no decir nada en el momento en que accedí a ir con David al concierto. Le respondí proponiéndole quedar la tarde siguiente para tomar café (aunque siempre terminábamos pidiendo batido o granizada).

Después saqué mi guitarra de su funda y me senté con ella en la silla frente al ordenador mientras este se encendía. Toqué So long goodbye de Sum41 y luego me conecté a Tuenti. Tenía un mensaje privado. Lo abrí nerviosa, sospechando que sería de David. Pero mi intuición me falló. Sentí que el corazón se me detenía al leer aquellas palabras que no podría sacarme de la cabeza durante semanas. El mensaje era de Pablo, pero me lo había enviado desde la cuenta de su amigo Quique.

Hola Al, soy Pablo... Quería preguntarte algo, pero cuando he ido a hacerlo me he dado cuenta de que me has bloqueado. Sinceramente, me ha dolido... Pero te entiendo. Sé que no me he portado del todo bien contigo estos últimos días, y me gustaría arreglarlo. Necesito verte y decirte algo, ¿podríamos quedar mañana por la tarde? O el lunes, o cuando a ti te venga bien. Eso era lo que quería preguntarte. Si tu respuesta es que sí, dame un toque al móvil y te llamaré para quedar, y si también has borrado mi número responde a este mensaje. Espero que no estés enfadada conmigo, aunque dadas las circunstancias, me temo que así es, y también espero que estés bien. Un beso. Suerte.

Lo volví a leer varias veces, con el corazón latiéndome en la garganta, hasta que empecé a sentirme un poco mareada. Sus palabras se repetían en mi cabeza a pesar de haber apartado los ojos de la pantalla. Dentro de mí se había formado un remolino de sentimientos que creía escondidos, de recuerdos, de incertidumbre, de desconcierto. Aquel mensaje me había dejado fuera de lugar. Me sentía furiosa, pensé que más furiosa de lo que jamás había estado, pero al mismo tiempo, y eso me hizo llevarme una gran decepción de mí misma, aliviada. Y no supe por qué. Me di cuenta de cómo podían cambiar las cosas dentro de uno mismo en un breve instante; cómo, aunque el mundo siguiera siendo el mismo, tu forma de ver las cosas podía transformarse en cuestión de un segundo en algo totalmente opuesto a lo que era hacía un momento. Me dije, a mi pesar, que seguía enamorada de Pablo y que había sido una ingenua por pensar que podría liberarme de aquello tan rápido. Ingenua, me reproché con dolor. Ingenua...

El silencio se había apoderado de la habitación y parecía que también del resto de mundo. El tictac del despertador que había en mi mesilla había enmudecido para mí, e ignoré el sonido de mi móvil anunciando que tenía otro mensaje, seguramente la respuesta de Brenda a mi propuesta de ir a tomar café.

Suerte, me había dicho. Suerte, repetí en mi mente una vez y otra. Y entonces una lágrima cayó sobre la madera clara de la guitarra, que descansaba tan entristecida como yo sobre mis piernas. El llanto me hizo volver a la realidad, aunque no sabía muy bien por qué estaba llorando. No sabía cómo sentirme ni qué hacer, pero algo me decía que lo mejor sería borrar el mensaje y olvidarme del asunto lo antes posible. Sin embargo, no pude hacerlo.

Pulsé inicio e intenté tocar la guitarra un poco más, pero me temblaban las manos, así que me rendí y volví a guardarla. Miré a ver si encontraba a Brenda entre los contactos recientes en el chat, pero no estaba conectada. Pensé en salir un rato a dar una vuelta, así que fui a buscar a mis padres para pedirles permiso. Era ya muy tarde, por lo que supuse que me darían una negativa. Sin embargo, quizás porque se dieron cuenta de que había estado llorando, accedieron. “Pero no te entretengas mucho, y no te alejes de casa”, me dijo mi madre con tono preocupado. “No, mamá. Iré a la plaza de atrás para despejarme un poco”.

Me puse un vestido desenfadado azul marino y unas sandalias marrones de piel sintética y luego salí de mi casa, sintiendo una brisa fresca que pareció llevarse de golpe un buen puñado de desconsuelo. A pesar de la hora que era, la calle estaba llena de vida. Grupos de jóvenes paseaban por la acera entre risas. Sonreí más animada. La maraña de pensamientos que me había tenido hecha un lío hacía un momento se convirtió en una lista de ideas un poco más claras, aunque algo borrosas todavía.

Llegué a la plaza y me senté en un banco, pero no pude disfrutar durante mucho rato de la tranquilidad y soledad que había ido a buscar allí, porque cuatro chavales algo más mayores que yo ocuparon uno de los bancos de enfrente y empezaron a hablar con demasiado entusiasmo. Justo cuando iba a irme, me di cuenta de que uno de ellos me estaba mirando y, sorprendida por la casualidad, lo reconocí: era David. Le dijo algo a sus amigos y se acercó a mí con cierto nerviosismo, algo que me resultó enternecedor.

–Hola – saludó con ese gesto habitual de acariciarse el pelo.

–Hola.

Le ofrecí la mejor sonrisa que fui capaz de poner.

–¿Qué haces aquí...?

–¿Sola? – terminé por él. Me encogí de hombros, intentando no darle mucha importancia –. Estaba cansada de estar en mi casa... Y he querido tomar un poco el aire.

Me miró extrañado.

–¿Has estado llorando? – Noté que me lo preguntaba con inseguridad, como si no tuviera muy claro si teníamos ya la suficiente confianza como para meterse en mis asuntos.

Reí con torpeza

–Claro que no.

–Tienes... los ojos rojos.

–Será de la piscina.

Supe que mi explicación no había sido suficiente para convencerle, pero no insistió más.

–¿Quieres venir con nosotros? – me propuso. Vi la ilusión en sus ojos.

–No, gracias... Es que tengo que volver ya.

–Son los amigos con los que iré al concierto. Iremos – corrigió –. Así los vas conociendo.

Dudé un instante mientras observaba a aquellos tres chicos de aspecto despreocupado, alegre. Por alguna razón me sentí feliz, como si me hubieran contagiado su buen humor.

–Bueno, ¿por qué no? Solo un rato.

6 comentarios:

  1. Hey! ahora quiero más! Ese david <3 y Al, dios es como una lucha interna y es de las mejores, por que sabes que lo tienes que odiar (bueno tal vez no tanto) pero sin embargo sigues queriéndolo, y eso provoca que te enojes contigo misma y así una cadena de sentimientos....
    De cierto modo me recuerda a Ruth xD mas que digo Al en respecto a la personalidad ERES TU xD

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  2. A todos los que andan por aquí xD los veo en twitter con HT #NosConocimosEnUnBar

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  3. esta genial el capi..lo de la puesta de sol super bonito sobre todo cuando le dice q va al concierto...aunque lo que mas me ha gustado es el final cuando decide ir con él y sus amigos

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  4. Me encanta David, tierno y sincero. Y Alma, pobrecita... la verdad es que desde fuera parece muy facil decir que se acabo y que no vas a pensar más en el pero,... es casi imposible...
    En serio, gran capitulo me ha encantadoo... espero el 5 con muuuchiiisiiimasss ansiass!!!

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  5. ¡Qué triste! :,( Este ha sido un capítulo repleto de sentimientos! Me ha gustado muchísimo, como siempre. Tengo muchas ganas de ver qué es lo que pretende Pablo (no me gusta un pelo). Pobrecita Alma...pobrecita! Menos mal que David está ahí para alegrarla!
    Espero que subas pronto el capítulo cinco!
    Un besito enorme!
    Y muchos ÁNIMOS!

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  6. Es horrible que una vez tratas de pasar página vuelvan a buscarte... Se ve que ir al concierto le va a venir de maravilla ;)

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