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jueves, 19 de julio de 2012

Capítulo 6

Apoyé la cabeza en la ventanilla del coche de modo que me llegara el aire fresco de la mañana. Los chicos estaban eufóricos, y lo cierto es que yo también, aunque aún algo cortada. Me divertía escuchar sus conversaciones, a pesar de apenas participar en ellas. Observé a Blas, que ocupaba el asiento junto al conductor, Cristian, y se giraba hacia atrás constantemente para discutir con Álvaro, esta vez sobre política. Era realmente guapo. Tenía el pelo corto, castaño oscuro y muy brillante, y unos ojos verdes que dejaban sin respiración a cualquiera, por no hablar de su sonrisa. Era el más alto de los cuatro y, a pesar de su delgadez, se le notaba fuerte. Su expresión era aniñada, pero sus manos, agarradas al cabezal del asiento, grandes y masculinas. Cristian, sin embargo, aunque también era bastante alto, tenía algunos kilos de más bajo su camiseta negra de Metallica, y parecía un poco tímido. Álvaro me recordaba mucho a Kurt Cobain, con el pelo largo y rubio y un poco revuelto. Llevaba cientos de pulseras en las muñecas y tenía las orejas llenas de pendientes. Estaba demasiado delgado y se le veía la mirada un tanto perdida, pero se notaba que era buen tipo. Eso sí, en menos de una hora que llevábamos de viaje, se había fumado por lo menos cinco cigarrillos.

Yo estaba sentada junto a David, en la parte izquierda del asiento de atrás. Lo miré con disimulo y decidí que era el que más me gustaba de los cuatro. Su pelo castaño claro se agitaba por el viento que entraba en el coche a través de las ventanillas y sus ojos se entrecerraban ligeramente por la luz del sol. Llevaba una camiseta sin mangas negra y unos vaqueros azules, que rozaban con mi pierna desnuda. Yo me había decidido por unos shorts vaqueros y una camiseta sencilla de tirantes, bastante ajustada y de color morado.

–¿Has ido antes a un festival heavy, Alma? – me preguntó de pronto Blas, sacándome de mis pensamientos. La expresión de sus ojos era tan intensa que me sentí intimidada.

–La verdad es que no – reconocí. Supuse que no tenía pinta de ir a menudo a ese tipo de eventos –. Pero he ido a varios conciertos.

–¿De qué grupos? – Agarró el cigarrillo que Álvaro se acababa de encender (el sexto) y le dio una calada. Su amigo se quejó pero, resignándose, no hizo nada por evitarlo.

–Billy Talent, Sum41 y Rise Against. – Me pregunté si conocerían esos grupos –. Bueno, y también fui a un festival en el que actuaba Offspring.

–Me encanta Billy Talent – dijo él contento, asintiendo con la cabeza. A continuación miró a David con una sonrisa. – Me gusta esta chica.

Yo me sonrojé y volví a mirar por la ventanilla. El paisaje quedaba atrás conforme avanzábamos.

–Lo pasarás bien – añadió Kurt Cobain, y luego se llevó a los labios el cigarro que le acababa de devolver Blas.

–Estoy segura.

Cuando llegamos había una cola enorme. Me desilusionó comprobar que apenas alcanzaba a ver el comienzo de la fila, y que, además, tendríamos que esperar bajo el sol. La gente había ido preparada, con paraguas para protegerse del calor y botellas de agua de dos litros.

–Puf... – resopló Blas –. ¿Qué hacemos?

–Pues hacer cola, como todos los demás. ¿Qué vamos a hacer si no? – respondió Álvaro, y luego miró el reloj que envolvía su muñeca huesuda –. Son las doce y cuarto. Nos quedan unas ocho horas de espera. Prepárate para el día más caluroso de tu vida –. Esta vez se dirigió solo a mí, con una sonrisilla. Me dio una palmada en el hombro y yo suspiré al imaginarme que tendría que estar ocho horas sentada al sol. ¡Por qué tenía que hacer tanto calor!

–La cola es demasiado larga. A lo mejor no merece la pena – sugirió David.

–Sí, tienes razón. Yo prefiero estar a la sombra y llegar vivo al concierto en vez de esto. Si de todas formas vamos a estar lejos del escenario, ¿qué más da? ¿Has visto toda esta gente? Seguro que llevan aquí desde anoche. Lo siento, pero todavía conservo algo de cordura – apuntó Blas.

Cristian, al que apenas había oído hablar en todo el viaje, asintió conforme y Kurt Cobain se encogió de hombros. Y así, decidimos que lo mejor sería esperar a que llegara la hora del concierto en otra parte. Exploramos un poco la zona y encontramos un parquecito en el que podríamos cobijarnos del sol bajo la sombra de los árboles. Aunque había varios bancos libres, optamos por dejarnos caer en el césped.

Me gustaba ver a la gente pasear a nuestro alrededor, rodeados de una infinita gama de verdes y del olor a tierra mojada. Se escuchaba, junto al sonido de la fuente que había en el centro del estanque, el canto de algunos pájaros que volaban de un árbol a otro o iban dando saltitos por el suelo en busca de algo que comer. Me quité las sandalias y disfruté del tacto de la hierba húmeda en mis pies. Siempre me ha encantado hacer eso. Allí mismo nos comimos los bocadillos y, más tarde, seguimos caminando por los alrededores.

Cada vez estaba más convencida de que aquellos chicos eran fantásticos. Me trataban como si lleváramos conociéndonos toda la vida y me llevaba especialmente bien con Blas. En ese momento agradecí a Brenda y Leo que me hubiesen presentado a David. Sonreí al acordarme de mi amiga y de su insistencia porque le diera una oportunidad a ese chico.


Volvimos a la cola poco antes de las ocho, y a las nueve y media empezó el concierto. No habíamos conseguido una buena posición, ya que estábamos muy lejos del escenario, pero David nos había insistido mucho en que lo escucharíamos mejor desde allí, y tenía razón. Fue un concierto increíble... Terminaron tocando Nothing else matters, una de las mejores baladas que he escuchado nunca, y en directo fue espectacular. Sin embargo, aquella canción trajo recuerdos ahora dolorosos a mi mente, recuerdos de los que formaba parte Pablo. Intenté impedir que la memoria me jugara una mala pasada, y sobre todo en ese momento, cuando lo único que debía hacer era disfrutar del festival, hacer que fuera un día sin preocupaciones ni lágrimas. Pero no podía huir de mi propio pensamiento, y noté que mis ojos empezaban a humedecerse.

–¿Estás bien? – me preguntó David acercándose mucho a mí. Estaba tan cerca que sentí su aliento cálido en mi mejilla.

Asentí y lo miré intentando sonreír. La oscuridad de la noche estaba rota por cientos de luces procedentes del escenario, y a pesar de que soplaba algo de viento tenía calor. David no dijo nada más, pero me rodeó la cintura con el brazo, acercándome a él con delicadeza, como si pensara que podría partirme en dos. Me estremecí cuando empezó a acariciarme y dejé caer mi cabeza sobre su hombro. Tenerlo tan cerca era reconfortante.

–Gracias – le dije en voz baja, sin estar segura de si podría oírme o no.

Él se quedó en silencio unos segundos, como pensando bien lo que iba a decir.

–¿Sabes? Hace tiempo que quiero hacer una cosa.

–¿El qué?

Nuestras miradas se cruzaron y entonces, envueltos por las profundas notas de Nothing else matters, acercó su rostro al mío, cerró los ojos y me besó. Me abracé a él rodeando su cuello y me dejé llevar, olvidando que existía algo más aparte de sus labios y sus manos cálidas sobre mi espalda. Después de todo, Brenda tenía razón, me dije. Cuando nos separamos me acarició la mejilla y sonrió. Tenía una sonrisa preciosa. Mi corazón latía deprisa y mis manos temblaban entre sus dedos. ¡Nos habíamos besado! ¿Y ahora qué? No sabía lo que sentía él por mí, ni tampoco tenía nada claro respecto a mis sentimientos. Sentí un cosquilleo al mirar sus ojos verdes, brillantes y llenos de misterio, y algo me dijo que a partir de entonces las cosas me irían mejor.

Se inclinó hacia mí de nuevo y posó sus labios en mi frente.

–Tranquila. – Me acarició el pelo –. No pienses tanto.

–Creo que ahora mismo no soy capaz de pensar.

Rió y, tras una última mirada, clavó sus ojos en el escenario. “No pienses tanto”, repetí en mi mente. “No pienses”.


Después del concierto decidimos quedarnos un rato más en el festival, y nos sentamos a descansar un poco en la parte del césped más alejada del escenario y de los puestos de comida. Necesitábamos un poco de tranquilidad. Todavía me sentía extraña por lo del beso, y la verdad es que algo cortada. Apenas había vuelto a hablar con él. ¡No sabía qué decirle!

–Tengo sed – dije echando una mirada al puesto más cercano –. Voy a ir a por una cerveza. ¿Queréis algo?

–Voy contigo – se apuntó David –. Podemos pedir un vaso de litro para los dos. Sale más barato.

–De acuerdo, pero puedo ir sola. ¿Qué pasa? ¿Te da miedo que me pase algo en un trayecto de menos de cincuenta metros? – Reí observando la distancia que nos separaba del puestecillo. No quería que David me acompañara porque hacía un rato, justo después de terminar el concierto, se había torcido el tobillo, y aunque ya parecía estar mejor lo había visto acariciarse esa zona varias veces. Además, me ponía muy nerviosa el pensar en estar a solas con él.

–Bueno, me parece que son más de cincuenta, bastantes más, pero... De acuerdo, ve solita, valiente.

Le saqué la lengua y luego miré a los demás.

–Y vosotros, ¿qué queréis?

–Trae otro vaso de litro para nosotros dos – me indicó Álvaro, señalando a Blas con el pulgar y llevándose luego un mechón de pelo rubio tras la oreja. Asentí y desvié los ojos hacia Cristian.

–Yo no puedo beber. Tengo que conducir. – Y se encogió de hombros, como diciendo “qué le vamos a hacer”.

–Si quieres te traigo una Coca-Cola.

–No, déjalo. Pero gracias. – Me sonrió tímidamente.

Después de un rato haciendo cola para conseguir las cervezas, alegre (no sabía lo que me esperaba a continuación), me di la vuelta con cuidado para no derramar nada y me dispuse a tomar el camino de vuelta. Pero algo me frenó. Alguien...

–¿Pablo? – La voz se me entrecortó. Era como si de golpe el corazón se me hubiera puesto en la garganta y no me dejara casi respirar. Sentí nauseas –. ¿Qué haces aquí?

–Bueno... Estoy esperando para comprar cerveza – rió nervioso, y luego me dedicó una mirada de arrepentimiento.

Cuando salí de mi asombro, y sin querer saber en realidad qué diablos estaba haciendo allí, comencé a caminar lo más rápido que pude para reunirme de nuevo con mis amigos, pero los enormes vasos de cerveza que ocupaban mis manos me impedían ir deprisa, así que Pablo logró alcanzarme pronto. Me cogió del brazo, y sentí que le temblaba la mano. No podía huir de él.

–Alma...

Sin darme la vuelta me deshice de su mano, derramando una buena cantidad de cerveza en el césped, e intenté continuar. Él me siguió.

–Alma, por favor. ¡Por favor!

Yo no me detuve. Tenía que escapar de él porque las lágrimas empezaban a inundar mis ojos y no quería que me viera llorar. No podía pararme, no podía verlo. Era incapaz de enfrentarme a él.

–Alma, espera, por favor – continuó, y de pronto, como una bomba, lo soltó –: ¡Te quiero!

No me lo esperaba. No me lo esperaba en absoluto y me detuve sin poder evitarlo, porque mis pies se habían quedado paralizados. Me temblaba el cuerpo. Intenté mantener la calma, pero el llanto fue más fuerte que yo, aquella situación, aquellas palabras, todo era demasiado para mí. Me di la vuelta furiosa, dejando que las lágrimas resbalaran por mi rostro, y le grité incapaz de contener todo el dolor que de pronto se apoderaba de cada parte de mi ser. No era yo quien hablaba, era un corazón herido al que acababan de fastidiar su oportunidad para curarse. Exploté.

–¡¿Y por qué me dejaste entonces?! ¿Eh? – me incliné hacia él con gesto amenazante. La voz me rasgó la garganta.

Su rostro delataba que estaba sorprendido por verme así. En aquel momento no tenía muy claro lo que sentía por él, pero creo que el odio tenía más poder que cualquier otro sentimiento.

–Alma, yo... No... – Suspiró –. No lo sé.

–¿Que no lo sabes? ¡Que no lo sabes! ¿Por qué no me dejas en paz?

–Porque no quiero perderte.

No me lo podía creer. No me podía creer que cada vez que conseguía apartarlo de mi mente volviera a mí de una forma u otra. Me habría gustado desvanecerme, desaparecer y no tener que pasar por eso. Y, por otro lado, deseé que nunca me hubiera dejado, que nada hubiera estropeado lo que teníamos. En un segundo cientos de posibles respuestas, de posibles decisiones pasaron por mi mente. A pesar de que una parte de mí me animaba a perdonarlo, sabía perfectamente que después de aquella ruptura nada volvería a ser como antes.

–Pues lo siento, pero ya me has perdido. ¡Me has perdido, Pablo! Tú lo decidiste así. Tú quisiste salir de mi vida... No pretendas volver ahora. Vete con tu novia y a mí déjame en paz.

–¿Novia? ¿De qué estás hablando, Alma? No estoy con nadie. Te quiero a ti.

–¡Y por qué me dejaste si tanto me quieres! – repetí.

–No lo sé... Tenía dudas. No sé qué me pasó. Pero fue un error. ¡Joder, Alma, fue un maldito error! ¿Por qué no puedes perdonarme?

–¡Porque yo necesito a alguien que no ponga en duda ni por un momento que quiere estar conmigo! Así que... – Lo miré a los ojos e, ignorando todos los momentos del pasado que ahora me invadían la mente, repetí su despedida el día en que decidió romper conmigo –: Adiós, Pablo.

Me di la vuelta para marcharme, convencida de que no insistiría más, pero no fue así. Me agarró otra vez del brazo y yo, en un impulso, enfurecida aún, le arrojé la cerveza de uno de los vasos a la cara. Me observó con los ojos como platos, incapaz de creer lo que acababa de hacerle.

–¿No querías cerveza? ¡Pues toma cerveza!

Me dio la impresión de que iba a enfadarse, pero respiró hondo y volvió a la carga. Aunque esta vez más bien hablaba consigo mismo.

–De acuerdo... Está bien. Me merecía esto. Me lo merezco...

Realmente no tengo ni idea de dónde saqué el valor para no intentarlo de nuevo con él, porque de verdad me sentí tentada de olvidar todo lo que había pasado en las últimas semanas, perdonar a aquel chico empapado de cerveza y darle una nueva oportunidad. Quizás por orgullo o quizás porque, simplemente, me había dado cuenta de que después del daño que me había hecho ya no quería estar con él, de que ya nunca más podría confiar en sus sentimientos, me di la vuelta y vi que David se acercaba a nosotros a toda prisa.

–¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? – preguntó cuando estuvo a mi lado, y luego miró a Pablo con gesto de desaprobación –. ¿Te está molestando? He visto que le tirabas la cerveza encima. ¿Estás llorando?

–¿Quién es este tío, Alma? – dijo Pablo molesto, como si David no estuviera allí –. ¿Es tu novio?

–David, ¿puedes dejarnos a solas un momento?

–Pero...

–Estoy bien, de verdad. – Le sonreí y, dedicando una mirada de desconfianza a Pablo, se marchó.

Por alguna razón el que David nos hubiera interrumpido había conseguido tranquilizarme, me había ayudado a darme cuenta de que mi reacción no era la más adulta y que... después de tanto tiempo como habíamos estado juntos, no quería terminar así las cosas, con gritos y lágrimas de por medio. Así que, relajando mi expresión, miré a Pablo intentando dejar a un lado cualquier resquicio de odio, y me enfrenté a él como debía.

–No es mi novio, es solo un amigo.

–Alma...

–Escucha, Pablo... Me has hecho mucho daño, ¿sabes? Mucho daño...

–Lo sé, y lo siento, pero...

–No... No voy a volver contigo. Ya no puedo confiar en lo que sientes por mí. Así que... por favor, no lo intentes más, no insistas. Solo consigues hacerme más daño aún. ¿Es que no entiendes eso?

Me miró en silencio y luego, suspirando, asintió.

–Espero que podamos ser amigos, al menos.

–Quizás dentro de un tiempo. Ahora mismo prefiero que no.

–Vale... Lo comprendo.

Sonreí con tristeza y al mismo tiempo sentí una enorme liberación. Necesitaría algún tiempo para asimilar lo sucedido, para olvidar a Pablo, lo sabía...

Las batallas, los obstáculos que nos presenta la vida son parte del camino, y aunque quedarán atrás, el hecho de aprender a superarlos, con mayor o menor esfuerzo, será parte de nosotros para siempre.


De vuelta a casa, Cristian se detuvo en una gasolinera y, mientras él llenaba el depósito del coche, David y Blas fueron a la tienda a comprar algo para comer. Álvaro se quedó conmigo dentro del vehículo, cada uno con la cabeza apoyada en su respectiva ventanilla. Yo pensaba en todo lo que había pasado con Pablo. Cientos de dudas machacaban la decisión que había tomado, a pesar de ser consciente de que era la decisión correcta. ¿Cómo podían las cosas cambiar tan rápidamente? Me pregunté si alguna vez conseguiría sacar a Pablo por completo de mi corazón. Sabía que sí, pero en aquel momento me resultaba difícil de imaginar. Había vivido tantas cosas con él que formaba parte de casi todos mis recuerdos más recientes. Había pasado tanto tiempo convencida de que nada podría con nosotros... ¿Es posible dudar de lo que sientes cuando amas a alguien de verdad? Me dije que no y que, por lo tanto, Pablo no merecía otra oportunidad.

–Te han roto el corazón, ¿eh? – me dijo Álvaro de pronto, rompiendo el silencio. Lo miré sorprendida –. Sé que parezco un poco colgado, pero me doy cuenta de las cosas.

Tardé en responder, sin saber muy bien qué decir. No esperaba esas palabras de aquel chico. La noche era limpia y la luna brillaba con fuerza... Como la vez que Pablo decidió enseñarme a tocar la guitarra, rodeados de estrellas y de promesas que ahora no valían de nada.

–Es complicado... – Los coches pasaban por la carretera, luces que burlaban a la oscuridad por un momento para luego perderse a lo lejos –. Pero sé que podré olvidarlo. Intentaré... no sé, no pensar demasiado en ello.

–¿Te puedo dar un consejo?

Volví hacia él la mirada y descubrí algo que, por alguna razón, no había visto antes en sus ojos. Me di cuenta de que él sabía por lo que yo estaba pasando.

–Claro.

–No huyas de lo que sientes, al menos no ignorándolo. A veces el camino más rápido es afrontar el dolor, y no darle la espalda con distracciones que solo te hagan... reservarlo para más tarde.

En ese momento no estaba segura, pero al cabo del tiempo descubrí que tenía razón. Le sonreí, agradecida por sus palabras.

–Gracias, Álvaro. De verdad. – Estiró el brazo para revolverme el pelo –. ¿Sabes? Me recuerdas mucho a Kurt Cobain. ¿No te lo dicen nunca?

–Constantemente.

Regresaron los demás, y una vez lejos de la gasolinera, Álvaro me miró desde su lado del coche, se encendió un cigarrillo, y me dedicó una sonrisa que consiguió hacer que me sintiera mucho mejor. Luego busqué la mano de David en el asiento y, mirando a la luna, entrelacé mis dedos con los suyos.

5 comentarios:

  1. No era yo quien hablaba, era un corazón herido al que acababan de fastidiar su oportunidad para curarse. AME AME esta frase :D Muy padre el capitulo haha jamas me hubiera imaginado lo de la cerveza y mucho menos que Pablo estuviera ahí :D

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  2. No me creo que David besara a Al, pero lo mas fuerte fur encontrarae a Pablo. Tu quieres que odiemos mas a Pablo de lo que lo odiamos, yo lo tengo en mi lista de odios de historias de blogs. Me ha gustado el capitulo. Otro ya

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  3. Hola cielo! Me lei los 6 capitulos y me han encantado. Escribes muy bien pq tienes mucho talento. Me cae muy bieen Al la verdad y le estoy cogiendo asco a Pablo grrrr ehwjbfg ¬¬
    Espero que subas pronto y me avises si?
    Un beso cielo, te espero en mi blog http://amormasalladelaunicidad.blogspot.com.es/

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  4. Hola! ^^
    Soy nueva en tu blog y acabo de leerme los 6 capis que tienes de momento.
    He de decirte que me he enganchado y me los he leído en un suspiro >.<
    Estoy ansiosa por que subas un nuevo capíulo! (;
    Seguiré tu historia muy de cerca.
    Un besoo de parte de Chilly :3

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  5. DIOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOS. ME BESAN A MÍ EN PLENO NOTHING ELSE MATTERS Y ME CAIGO MUERTA *___________________* Me encanta, me encanta, me encanta ^^ Por favor, sube pronto otro capítulo :)
    Y Pablo es un imbécil con todas las letras D:

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