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jueves, 2 de agosto de 2012

Capítulo 7

Muchos meses atrás


Salí de mi casa y lo vi, apoyado en la moto, con el casco en la mano y la guitarra colgada a la espalda. Me sonrió de una manera que, lo supe entonces, nunca olvidaría, y así fue. Era de noche y bajo la luz de la luna sus ojos oscuros brillaban de una forma especial. Tenía el pelo, negro y sedoso, revuelto por el casco y se había puesto los mismos piratas vaqueros que llevaba el día en que lo conocí. Caminé hacia él y me dio la guitarra.

–Toma, llévala tú.

Yo obedecí y la colgué a mi espalda. Después sacó un casco más pequeño que guardaba en el asiento de la moto y me lo tendió.

–¿A dónde vamos?

–Sube.

Recuerdo el trayecto como una de las veces que más me he reído en toda mi vida. Salimos de la ciudad y condujo por un camino de tierra lleno de baches y grietas.

–¡Ve más despacio!

–Alma, vamos a treinta.

Yo, abrazada a él, me partía de risa. En realidad no sé qué era lo que me hacía tanta gracia, porque no exageraba al suplicarle que disminuyera la velocidad (era un camino peligroso). Creo que era la euforia que me invadía cuando estaba junto a él, sobre todo durante los primeros meses de nuestra relación. Gritaba como una loca, subida en una moto a treinta kilómetros por hora, abrazada al chico del que estaba enamorada. Él se reía también mientras se movía en zigzag por el camino para asustarme más. Cuando detuvo la moto me bajé deprisa, con lágrimas en los ojos y sin dejar de sonreír.

–Ha sido divertido – dije mientras me quitaba el casco. El viento agitó mi pelo.

Él me miró durante unos segundos en silencio, sonriendo ligeramente, con un pie en la tierra y una mano en el manillar.

–Eres preciosa. – Me sonrojé –. Me encanta cuando te ríes así.

Di unos pasos hacia él, le quité el casco y lo abracé por el cuello. Él me rodeó la cintura con el brazo, por debajo de la guitarra, acercándome todavía más, y me besó. Me encantaban sus besos. Me encantaba todo de él. Cuando nuestros labios se separaron metió un mechón de pelo tras mi oreja.

–No quiero que esto acabe, Alma. Eres perfecta.

–Dicen que prometer un “para siempre” trae mala suerte. – Siempre se me ha dado bien fastidiar los momentos románticos, pero él sabía cómo arreglar mis meteduras de pata.

–A nosotros no. Te lo prometo.

Volvió a besarme. Era tan feliz a su lado...

–Me encantas, Pablo.

–Y tú a mí, pequeña.

Miré a mi alrededor mientras él se bajaba de la moto y guardaba los cascos. Estábamos en el campo, por el viento deduje que seguramente sería una zona elevada.

–¿Por qué hemos venido aquí?

–Ven.

Se guardó las llaves en el bolsillo y me cogió de la mano para llevarme hasta un mirador de madera. Sujetándome a la barandilla me asomé y sonreí. El cielo estaba precioso, con la luna llena entre tantas estrellas. Era una noche mágica. El Universo es tan inmenso y, aunque somos una parte de él, tan inalcanzable... Sentí algo en mi interior que ya había experimentado otras veces. Yo me decía que esa sensación era lo más cerca que podía llegar a estar de esa verdad que tanto deseaba saber.

–Me dijiste que te gustaba ver las estrellas. Desde aquí se ven muchas.

–Es increíble... Gracias por traerme, Pablo.

Me quitó la guitarra de la espalda.

–Ven, voy a enseñarte a tocarla.

–Ay, no. Que soy muy torpe para esas cosas...

–Ya verás como no.

Nos sentamos en un banco de madera que había un poco más atrás, abrió la funda y me dio la guitarra para empezar a explicarme lo básico sobre las cuerdas, los trastes y alguna cosa más de lo que no entendí ni la mitad. Pero no me importaba demasiado el hecho de no estar aprendiendo, porque mientras se esforzaba por enseñarme, me di cuenta de que era afortunada por tener a mi lado a un chico como aquel. Era tan expresivo, siempre acompañaba sus palabras de miles de gestos, y había mucho entusiasmo en su voz. Me encantaba cuando agarraba mi mano y la colocaba cuidadosamente sobre las cuerdas, de una manera determinada.

–Bueno, ¿lo has entendido bien?

–La verdad es que no mucho. – No iba a mentirle.

Se echó a reír y luego me besó.

–No importa. Vamos con los acordes más sencillos: La, Mi, Do y Re.

–¿No son muchos para empezar? Se me van a olvidar.

–Ya estaré yo ahí para recordártelos.

–Bueno...

–Traste dos, cuerdas dos, tres y cuatro.

Yo intenté hacer lo que me decía, y me di cuenta de que estaba poniendo mal los dedos cuando él los cogió uno a uno, colocándolos en el lugar indicado.

–Así. Esto es La. Venga, toca a ver cómo suena.

Le hice caso y acaricié las cuerdas con la mano de arriba a abajo. Sonó mejor de lo que esperaba, así que sonreí con emoción.

–Bien – aprobó cogiéndome de la cintura.

Yo me deshice de su mano y dije, de broma, “por favor que necesito concentración”. Rió y continuamos con la lección. No tuve tanta suerte con el resto de acordes, así que, después de muchos intentos que siempre me llevaban a un sonido espantoso, me rendí frustrada.

–No lo has hecho mal. No pretenderás ser como Jimi Hendrix la primera vez. Hay que ir poco a poco.

–¡Pero si ha sido un desastre!

–No lo ha sido. Yo creo que se te da bastante bien. Solo necesitas un poco de práctica.

–Qué pelota eres.

Se inclinó hacia mí y se unieron nuestros labios. Luego me dio una palmadita cariñosa en la cadera.

–¿Sabes de qué me estoy acordando?

–¿De qué? – murmuré recostándome en su pecho.

–Del día en que nos conocimos.

–¡Oh, no! Ese día fue espantoso.

–No digas eso, para mí fue un día muy especial.

–Vamos, Pablo... Es imposible que te gustase aquella vez. Por lo que pasó... ¡Qué vergüenza! Cada vez que lo recuerdo...

–A mí me pareciste muy linda.

–Me sorprende, porque te tiré encima dos cervezas. Llegarías a tu casa con un olor horrible.

–Bueno, pero eso me sirvió para conocerte. Me encantó el vestido que llevabas, el azul. Y las braguitas rosa.

Le di un manotazo, muerta de vergüenza. La razón por la que Pablo había visto mi ropa interior ese día fue porque, al tropezar por culpa de los tacones y derramarle dos tubos de cerveza encima, la falda de mi vestido me jugó una mala pasada y dejó al descubierto mi cuerpo hasta media cintura. Pablo fue muy amable: me ayudó a ponerme en pie y me preguntó si me había hecho daño. Y yo, sin responder, salí corriendo de allí con ganas de llorar, y con las manos sujetando el vestido con fuerza por si acaso.

–Fui muy maleducada. Ni siquiera te di las gracias.

–No te preocupes, no te lo tuve en cuenta. Además, todavía estás a tiempo de enmendar tu error.

Levanté un poco la cabeza para mirarle a los ojos.

–Gracias.

–De nada.

Y volvió a besarme.

–Cuando nos pregunten cómo nos conocimos nos saltaremos esa parte, ¿verdad?

–¿Qué? ¡Ni hablar! Si es mi parte favorita.

–No seas malo.

–¿Y cuál es tu plan?

–Con decir que nos conocimos en un bar es suficiente.

–Es poco romántico.

–Que me vieras las bragas la primera noche sí que es poco romántico.

Soltó una carcajada por mi ocurrencia.

–Está bien. Nos conocimos en un bar.