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domingo, 30 de junio de 2013

Capítulo 8

–Ya temía que te toparas con Pablo en el concierto. Ese mismo día me encontré con sus amigos y me paré a saludarlos. Me contaron que había ido, y pensé en llamarte para decírtelo, pero supuse que si sabías que él estaba allí, empezarías a comerte la cabeza.
                Brenda apuró su granizada y deslizó el vaso hasta el centro de la mesa.
                –Hiciste bien.
                –No lo sé, porque aun así te encontraste con él. ¡Ya es mala suerte! Lo que no me esperaba es que te dijese lo que te dijo.
                –También a mí me sorprendió... Pero eso ya quedó atrás. Si volviera con él estaría siempre preguntándome si volverá a tener dudas sobre lo nuestro. Nada volvería a ser como antes...
                –Tienes razón. Pero, en parte, me da un poco de pena. ¿A ti no?
                –Ninguna – mentí –. Él se lo ha buscado, Brenda. – Ella asintió. Esperé unos segundos y luego, por fin, se lo solté, refugiando mi mirada en el batido y hablando muy bajito, como si fuera un secreto muy importante –: David y yo nos besamos.
                Abrió mucho los ojos, soltando un gritito de emoción que llamó la atención de algunos clientes del Kilkai. Yo incliné la cabeza a un lado y le hice un gesto para que se tranquilizara, pero sin poder evitar una sonrisa.
                –¡No me digas! ¡Cómo me alegro, Al!
                –No seas exagerada, que fue solo un beso.
                –Y bueno, cuéntame. ¿Cómo fue? ¿Qué sentiste? ¿Besa bien? ¡Seguro que sí!
                –Besa muy bien. Era como si... como si encajáramos a la perfección. No sé. Pero me sentí rara.
                Brenda me miró unos segundos en silencio, creo que temiendo que volviera a mencionar a Pablo, y luego sonrió.
                –Todavía no te he contado lo que David le dijo a Leo de ti. Estaba esperando a que me lo recordaras. Ya sabes, como muestra de interés. Pero creo que ya no hace falta.
                Me removí ligeramente en mi silla, con impaciencia. Había pensado mucho en ello. Me había preguntado cientos de veces qué sería aquello que David le dijo a Leo sobre mí, pero esperaba que Brenda me lo contara por su propio pie.
                –¿Qué le dijo?
                –Hace bastante tiempo, David estaba saliendo con una chica. Leo no quiso contarme por qué rompieron, pero sí me dijo que desde entonces él no había sido capaz de sentir nada por nadie. Le confesó que tú le has devuelto eso, que después de tanto tiempo, por alguna razón, sin apenas conocerte, ha vuelto a sentir, a tener expectativas.
                Algo se agitó en mi interior. Cogí mi vaso para dar un trago a mi batido, pero se me atragantó y empecé a toser.
                –Tengo que hablar con él – solté, dirigiéndome más a mí misma que a Brenda, con la voz entrecortada.
                –¿Hablar con él?
                –Sí, contarle todo. Debe saber lo que siento por Pablo.
                –Alma… ¿Y si decide no seguir adelante con lo vuestro?
                –Es lo justo. Y es lo mejor.
                Removió el hielo de su vaso con la pajita, sin mirarme. Después suspiró.
                –Tú ya has decidido no seguir adelante, ¿verdad?
                Asentí.
                –David me gusta. Es… increíble. Pero no quiero hacer las cosas así.
                –¿Cuándo vas a decírselo?
                –Intentaré quedar con él esta tarde. Creo que cuanto antes mejor.
                Pensé con tristeza que esa tarde, seguramente, todo lo que David y yo habíamos empezado quedaría atrás para siempre. Mi expresión debió de delatarme, porque Brenda me cogió la mano, dedicándome una mirada de preocupación.
                –Todo saldrá bien – me aseguró.

                Aquella tarde quedé con David en la plaza que había detrás de mi casa. Llegué antes de tiempo y me senté a esperar en un banco, nerviosa, repitiendo en mi mente lo que iba a decirle una y otra vez, aun sabiendo que las palabras que más tarde pronunciarían mis labios serían muy diferentes.
                –Hola.
                Escuché su voz detrás de mí y me levanté con torpeza. Me besó en la mejilla y me miró unos segundos acariciándome el rostro suavemente.
                –Hola.
                –Bueno, dime – me animó mientras tomaba asiento. Me senté a su lado, colocando mis manos temblorosas sobre las rodillas –. ¿Qué es eso que tienes que contarme?
                Vi en sus ojos cierta tristeza y decepción, como si ya supiera lo que iba a decirle. Sentí una enorme necesidad de abrazarlo, pero no lo hice. Me estremecí.
                –¿Estás bien? – le pregunté.
                Él me miró extrañado.
                –Bueno, viendo lo nerviosa que estás… Me parece que lo que vas a decirme no me va a gustar.
                Conté hasta cinco antes de comenzar.
                –¿Recuerdas al chico que me encontré en el concierto de Metallica?
                –¿El de la cerveza?
                –Sí.
                –Lo recuerdo. ¿Qué pasa con él?
                –Es mi exnovio. Rompimos hace muy poco y…
                –Todavía sientes algo por él – me interrumpió.
                Asentí.
                –Sí, pero… David…
                –Lo sé – volvió a interrumpirme –. Te gusto, pero crees que no es justo empezar algo conmigo cuando aún lo tienes a él en la cabeza. Lo entiendo.
                –Lo siento…
                –Gracias – me dijo, mirándome fijamente. Descubrí una sonrisa en sus labios –. Gracias  por decírmelo.
                –Supongo que aquí acaba todo. – Mi voz sonó rasgada.
                Se volvió hacia mí sorprendido.
                –¿Quieres que todo acabe aquí?
            –No. Claro que no. Pero no puedo pedirte que esperes.
                –No hay por qué esperar. Podemos, simplemente, avanzar. – No supe muy bien a qué se refería, pero asentí, conforme –. Esta noche estoy solo en casa. Van a venir Álvaro y Blas a ver una película y a comer unas pizzas. ¿Te apuntas?
                –¿A una noche de chicos?
                Soltó una carcajada. La brisa me revolvió el pelo, dejando algunos mechones desordenados delante de mi cara. Los coloqué en su sitio. Miré sus manos y me di cuenta de que temblaban ligeramente.
                –Sí. Pero puedes invitar a Brenda y Leo si quieres.
                –Tienen planes de ir a cenar esta noche. Ya sabes, en plan romántico.
                –¿Y tú qué planes tienes?
                Me encogí de hombros. En realidad no tenía ningún plan, más que quedarme en casa haciendo alguna cosa. Quizás tocando la guitarra, o leyendo.
                –No tengo.
                –Vamos, anímate. Seguro que lo pasas bien.
                –¿Qué película vais a ver?
                –Suele elegirla Álvaro. Le encanta el cine. Pero, si vienes, estoy seguro de que te dejará escoger a ti.
                –No creo que os gusten las películas que suelo ver.
                –No me lo digas: comedia romántica.
                –Sí – respondí riendo.
                –Vemos alguna de vez en cuando. Las hay muy buenas. En fin, ¿qué me dices? ¿Vas a venir?
                Lo pensé un momento, analizando algo desconcertada la situación. Acababa de decirle que aún sentía algo por mi ex, y justo después él me había invitado a ver una película en su casa con él y sus amigos. Todo aquello me aturdía un poco. No parecía haberle importado demasiado, y por una parte era un alivio, pero por otra me dolía pensar que quizás me había tomado demasiado en serio lo que le había dicho a Leo de mí, lo que creía que sentía por mí.
                –No pienses tanto – me aconsejó, antes de que pudiera darle una respuesta. Fueron las mismas palabras que me dijo en el concierto de Metallica, después de besarnos. Sentí un cosquilleo en el estómago al recordar aquel momento.
                –Está bien. ¿A qué hora?

                No sabía dónde vivía, así que quedamos a las nueve en una plaza del centro, donde me recogió para llevarme hasta su casa. Estaba muy nerviosa. Cuando lo vi aparecer, con unos vaqueros y una camiseta negra, mi corazón empezó a latir muy deprisa, como si quisiera salir disparado. Me saludó de la misma forma que esa tarde, con un beso en la mejilla.
                –Qué bien te huele el pelo – me dijo, sonriendo.
                –Gracias. – Me sonrojé. Él también olía muy bien. Siempre me ha encantado el olor de los perfumes de chico, pero el suyo me gustaba especialmente.
                No tardamos más de cinco minutos en llegar a su casa, y durante ese rato apenas hablamos. No podía dejar de preguntarme si se sentiría incómodo después de lo sucedido aquella tarde, y puse mucho empeño en encontrar un tema de conversación, pero fue en vano.
                –Te muerdes mucho el labio cuando estás nerviosa – observó, curvando los labios en una sonrisa mientras introducía la llave para abrir la puerta.
                –Tú te pasas la mano por el cuello constantemente cuando lo estás – contraataqué, y él rio con entusiasmo.
                Cuando estuvimos dentro, me guio hasta el salón y me invitó a sentarme. Después me preguntó qué me apetecía beber.
                –Lo mismo que vayas a tomar tú.
                –Bien.
                –Voy contigo.
                Lo seguí hasta la cocina, haciendo un esfuerzo por relajarme. Me resultaba extraño estar allí con él, a solas. Me pregunté cuándo vendrían sus amigos, y también por qué deseaba tanto que tardasen un buen rato en llegar. Como si me hubiera leído el pensamiento, David resolvió mi duda:
                –Blas no puede venir, al final, y Álvaro llegará dentro de poco. Ha ido a por las pizzas.
                –¿Sabes? Álvaro me recuerda mucho a Kurt Cobain.
                Él rio mientras abría la puerta de la nevera y sacaba una botella de CocaCola.
                –Se lo dice todo el mundo. Creo que le encanta parecerse a él. – Se estiró para coger dos vasos y los llenó con el refresco. Después regresamos al salón.
                Había un sillón junto a una estantería llena de libros y un flexo de pie, formando un acogedor rincón de lectura. Tras el sillón descubrí que asomaba el mástil de una guitarra. Me acerqué sorprendida.
                –No me habías dicho que tocaras la guitarra.
                Se encogió de hombros.
                –Es de mi padre. Sé tocar solo lo básico.
                –Yo sé tocarla también – dije acercándome al rincón. Señalé la guitarra con la cabeza –. ¿Puedo?
                –Claro. A ver qué tal te manejas.
                Saqué de allí la guitarra y me senté en el sofá. Él se colocó a mi lado, expectante, y yo me puse aún más nerviosa. Probé algunos acordes para comprobar que estaba afinada y empecé a tocar mi última composición: Volver a empezar. La había escrito el día después del concierto. Pensé que quizás no era buena idea tocar precisamente esa canción, ya que la había compuesto pensando en Pablo y en David, pero en ese momento mis manos y mi voz me pedían que la tocase, casi me lo suplicaban. Así que coloqué los dedos y comencé. Cuando ya solo me quedaba por cantar el último estribillo pulsé mal las cuerdas, así que me detuve. El último verso que él había escuchado decía “creo que he vuelto a enamorarme”. Mi corazón pareció volverse loco, notaba en el cuello cómo latía inquieto.
                –¡Vaya! Me he equivocado – me lamenté.
                –¿La has compuesto tú? – me preguntó con una expresión seria.
                Asentí temiendo que el calor que empezaba a subirme por la nuca y a colorear mis mejillas pudiera derretirme. David agarró la guitarra y me la quitó de encima, estirándose sobre mí para colocarla en el hueco que quedaba libre en el sofá.
                –La compuse después del concierto – logré decir, con la voz cada vez más temblorosa y la respiración agitada. Estaba tan cerca de mí…
                –¿Has vuelto a enamorarte? – preguntó, colocando un mechón de pelo tras mi oreja.
                No respondí. No sabía qué decir. Su rostro estaba tan próximo al mío que me resultó inevitable desviar la mirada hacia sus labios. Y entonces él se inclinó, y justo cuando iba a besarme, y cuando ya me había convencido de que no sería capaz de hacer nada por impedirlo, porque realmente deseaba hacerlo, sonó el timbre.
                –Debe de ser Álvaro – me apresuré a decir, sintiendo que regresaba a la realidad. Como cuando sales del cine después de haber visto una película de las que te atrapan de principio a fin, y cuando termina te envuelve una extraña sensación.
                Me miró un segundo y sonrió, antes de levantarse y correr hacia la puerta, desde donde Álvaro insistía volviendo a llamar al timbre una y otra vez. Los escuché saludarse desde lejos, aunque sin prestar demasiada atención. No podía dejar de pensar en lo que acababa de suceder.
                –¡Hola, Alma! – exclamó Álvaro cuando entró en el salón, con dos cajas de pizza sobre los brazos.
                –¡Hola!
                Le sonreí, recordando nuestra última conversación en el coche, cuando volvíamos del concierto y sus amigos bajaron del vehículo en la gasolinera.
                –¿Cómo lo llevas?
                –Bien, creo.
                –¡Genial! Me alegro de que hayas venido. Vamos a ver Amélie, la he elegido especialmente para ti. ¿La has visto ya?
                –Sí, pero es una película que no me canso de ver.
                David atravesó la puerta, y me dedicó una mirada que no supe interpretar. Sonreí cuando me guiñó un ojo y se acercó para sentarse junto a mí. A lo largo de la película me fui relajando, aunque cada vez que miraba con disimulo a David, que se daba cuenta y sonreía ligeramente, sentía un pequeño cosquilleo. Cuando terminó Amélie, David y yo llevamos los restos de la cena a la cocina, mientras Álvaro se encargaba de llevar a la habitación de su amigo el portátil y los altavoces.
                –Has llorado en la última parte, ¿verdad? – dijo David después de un largo silencio.
                –Soy de lágrima fácil. Hay pocas películas que no me hagan llorar – confesé, riendo.
                –La canción que has tocado antes… Me ha gustado mucho, ¿sabes?
                Reí.
                –No te creo. Se sale demasiado de tu estilo musical. Y la letra es tan simple…
                –La simpleza me gusta a veces. – Sonreí mientras me disponía a fregar los platos. Él me detuvo agarrando mi mano –. Ni se te ocurra. De eso me encargo yo.
                Me estremecí al sentir sus dedos envolviendo los míos, y los apreté, cogiendo su mano con más fuerza. A partir de ese momento, todo sucedió muy rápido. Me miró un instante, se inclinó sobre mí y me besó intensamente. Yo correspondí su beso, entrelazando mis brazos alrededor de su cuello. Colocó su mano en mi espalda y me empujó hacia él, y al hacerlo, arrastré sin querer uno de los platos que había sobre la encimera y cayó al suelo, rompiéndose en pedazos. Nos separamos de inmediato, sobresaltados.
                –Lo siento mucho.
                –No ha sido culpa tuya.
                Nos agachamos a recoger los restos del plato. Álvaro no tardó en acudir tras haber escuchado el ruido.
                –¿Qué ha pasado?
                –Nada – respondió David. Tenía la respiración agitada –. Se ha roto un plato.
                Cuando tiré el último trozo de cristal a la basura, miré a David con gesto de disculpa y me puse en pie, colocándome la ropa.
                –Creo que voy a irme ya. Siento mucho lo del plato, de verdad.
                –Alma… – me llamó mientras me daba la vuelta para coger mis cosas del salón. Me siguió –. Alma, espera. ¿Por qué te vas?
                –Ya sabes por qué.
                –¿Pero estás bien? – me conmovió su expresión preocupada.
                –Sí, estoy bien. Es solo que… Bueno, todo esto… Estoy un poco aturdida.
                –Lo entiendo. Lo cierto es que yo también.
                Álvaro se unió a nosotros.
                –¿Te vas, Alma? – me preguntó. Asentí –. Puedo llevarte en la moto en un momento. Es ya bastante tarde.
                –No te preocupes – sonreí.
                –No me cuesta nada. Anda, vamos. Te llevo.
                –Gracias.
                Volví a mirar a David.
                –Espero que volvamos a vernos pronto – me dijo, como si temiera que eso pudiera no suceder.
                –Claro. Yo también.

                De camino a la moto, sentí que mi móvil vibraba. Cuando lo saqué del bolso descubrí que era un mensaje de Pablo. El corazón me dio un vuelco, y dudé si abrirlo o no. La curiosidad me pudo.
                Te echo de menos…
                Decidí borrarlo, pero no fui capaz, así que apagué el móvil, volví a guardarlo y me subí en la moto, donde Álvaro ya me estaba esperando con el motor encendido. Me ofreció un casco y me llevó a casa. No tardamos mucho, pero el trayecto se me hizo eterno, incapaz de sacarme el mensaje de Pablo de la cabeza.
                –Bueno, pues ya hemos llegado – dijo Álvaro tras aparcar la moto frente a mi casa.
                –Gracias por traerme.
                Cuando me bajé de la moto y vio mi rostro, cambió su expresión.
                –¿Estás bien?
                Por alguna razón, al escuchar esa pregunta noté las lágrimas acumularse tras mis párpados, y aunque apenas conocía a aquel chico, las dejé salir y me eché a llorar. Él apagó el motor de la moto, se quitó el casco y se acercó a mí, alarmado.
                –¡Eh! ¿Qué te pasa?
                –Álvaro… ¿Puedes quedarte un rato conmigo? – Las palabras me salieron solas. Necesitaba hablar con alguien, y sabía que si llamaba a Brenda vendría de inmediato, pero no quería estropear su noche con Leo.
                –Claro. El rato que necesites.



Escucha aquí la canción de Alma :)