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miércoles, 10 de julio de 2013

Capítulo 10

Al día siguiente quedé con Brenda y una amiga nuestra, Sandra, para ir a la piscina pública y pasar allí el día. Sabía que lo más probable era que Pablo estuviese allí, ya que iba casi todos los días, pero después de la conversación que tuve con Álvaro y de haber pensado mucho en sus consejos, decidí que no tenía sentido esconderme de él ni de lo que nos había pasado. Por la tarde, después de comer, vendrían también Leo y David.
                A las doce en punto Brenda ya me estaba esperando en la puerta de la piscina, y nos sentamos en el bar hasta que llegase Sandra. Sandra, o Sandy, como la llamábamos nosotras, era amiga nuestra desde que comenzamos el instituto, pero desde que había empezado a salir con su novio, Julio, con el que llevaba seis meses, no la habíamos visto mucho. Julio era muy amigo de Pablo, así que supuse que ella ya estaría enterada de nuestra ruptura y pensé que sería inevitable que surgiera el tema. Julio había ido a pasar una semana con su familia en la costa, así que aprovechamos para volver a reunirnos y ponernos al día. Casi nos habíamos terminado los refrescos cuando Sandy apareció, con un vestido muy corto y vaporoso, de color blanco, que resaltaba su piel morena. Tenía el pelo liso y claro, por los hombros y, aunque no estaba gorda, ni mucho menos, sí que le sobraban algunos kilos. Pero tenía muy buen aspecto. Nos saludó con una sonrisa de oreja a oreja.
                –¡Chicas, cuánto tiempo! Tenía muchas ganas de veros.
                Nos levantamos y celebramos nuestro reencuentro con múltiples abrazos y varios cumplidos.
                –El otro día estuvimos con Pablo y me contó todo… Lo siento mucho, Alma. ¿Cómo estás? – preguntó, con expresión abatida.
                –Bueno – respondí, esforzándome por sonreír. Deseaba que no hablásemos mucho del asunto, porque no quería pensar demasiado en ello, así que decidí cambiar de tema –. ¿Qué tal con Julio?
                –Muy bien, la verdad. Voy a echarlo de menos esta semana.
                Pagamos los refrescos y nos dirigimos a la zona de la piscina. Aún era temprano, así que no había mucha gente, lo que nos permitiría encontrar un buen sitio donde acomodarnos. No pude evitar buscar a Pablo con la mirada mientras bajábamos la rampa que llevaba al césped, y lo encontré al fondo, con sus amigos, sentado sobre la toalla. Cuando me vio retiré mi atención de él inmediatamente y sentí que se me aceleraba el corazón.
                –Podemos sentarnos por aquí – sugerí, señalando una zona cerca de la entrada, a la sombra de unos árboles. Sandy me miró poco convencida.
                –En esta parte se suelen poner las familias. Me gustan los niños, pero son un poco ruidosos. Al fondo estaríamos mucho mejor – dijo.
                Brenda examinó con expresión seria el fondo y después me dedicó una mirada fugaz, antes de dirigirse a Sandy. Supuse que había visto a Pablo cuando se puso de mi parte:
                –No. Aquí estaremos bien. Las familias suelen ponerse más bien por allí. – Señaló, extendiendo el brazo, la zona de las tumbonas. Me sentí aliviada.
                Sandy se encogió de hombros y sonrió, conforme.
                –Muy bien, entonces.
                Y soltó sus cosas sin ningún cuidado sobre el césped. Estuvimos hablando un rato de Sandy y de Julio, de lo que habían hecho durante los últimos meses, y después ella volvió a sacar el tema de mi ruptura con Pablo.
                –Y… Bueno, Alma. ¿Qué es lo que te hizo Pablo? – preguntó, y aunque sé que procuró decirlo con delicadeza, sus palabras me llegaron bruscamente.
                La miré confundida.
                –¿Cómo?
                –Bueno, algo tuvo que suceder.
                –Lo que me hizo fue dejarme – respondí con dureza. Ella abrió los ojos como platos, sorprendida –. Me dejó sin darme una sola explicación, y al poco tiempo, supongo que cuando se cansó de la otra chica, quiso volver.
                Me encogí de hombros como si no tuviera importancia, aunque en realidad sentía como si algo afilado me estuviera rasgando el pecho por dentro.
                –¿Qué? Pensaba que lo habías dejado tú.
                No entendía nada. Por la expresión de Brenda, ella debía de estar tan confusa como yo.
                –Hace un rato me has dicho que él te lo había contado todo.
                –Bueno – dijo Sandy lentamente –, no lo decía literalmente. Solo me contó que habíais roto, y por cómo estaba, deduje que habías sido tú quien lo había dejado a él.
                –¿Cómo estaba? – quise saber.
                –Mal. Decaído. Apagado. Abstraído. Tratándose de Pablo, algo sorprendente. – Se mordió el labio en un gesto de preocupación, y luego continuó –. ¿Qué es eso de la otra chica?
                –Leo nos dijo que Pablo estaba con otra – contestó Brenda con tono de indignación –. Los vio el día después de romper con ella.
                –Creo… – murmuró Sandy. Después sonrió y habló con más firmeza –, creo que tengo una explicación para eso. Esa noche Julio y yo estuvimos con Pablo y sus amigos. Uno de ellos había llevado a su prima para que saliera con nosotros, y al final de la noche, él y todos los demás desaparecieron, dejándonos a nosotros dos y a Pablo con ella. La chica estaba muy borracha. Os juro que no había visto a nadie beber tanto en toda mi vida. Casi no podía mantenerse en pie sin ayuda. Yo tenía que irme, porque hacía un buen rato que mis padres me habían llamado, y Pablo se ofreció a llevarla a casa. Eso fue lo último que supe de ellos, hasta el día siguiente, que le pregunté a Pablo por Tuenti cómo había llegado la chica a su casa, y él me contó que, a medio camino, ella le había cogido de la mano. No le dio importancia, teniendo en cuenta tal y como estaba ella, pero poco después se lanzó sobre él y lo besó. Ya conocéis a Pablo, no haría un drama de ello, pero tampoco le siguió el juego. Simplemente se retiró con delicadeza y siguió cargando con ella hasta su casa. Supongo que Leo los vio justo en ese momento. – Se detuvo un momento para suspirar, y luego meneó la cabeza –. Que ya es casualidad.
                Brenda y yo la observábamos atónitas, y entonces sentí el alivio crecer en mi interior. No pude evitar buscar de nuevo a Pablo. Estaba sentado en la toalla con las piernas cruzadas, arrancando césped con la mirada perdida. Estaba solo, por lo que supuse que sus amigos habrían ido a bañarse.
                –Creo que debería hablar con él – decidí, hablando con una firmeza que me sorprendió.
                –¿Qué? – exclamó Brenda, poniéndose en pie a la vez que yo. Coloqué bien mi camiseta y empecé a caminar hacia Pablo, con decisión. Brenda me siguió e intentó detenerme agarrándome del hombro –. Todo eso no cambia nada, Alma.
                Me detuve.
                –Cambia muchas cosas.
                –De eso nada. ¿Cambia acaso el hecho de que te dejó, sin darte explicaciones? ¿Cambia el hecho de que te dijera adiós, Alma? – Parecía furiosa. Sus ojos brillaban con fuerza.
                –Es una palabra, Brenda. Una estúpida palabra.
                –Sabes que no es solo eso – dijo elevando la voz. Yo negué levemente con la cabeza y me dispuse a seguir mi camino –. ¿Qué piensas hacer? ¿Vas a volver con él? ¿Así de fácil?
                –No voy a volver con él, Brenda. Solo quiero hablar. Te lo prometo.
                Ella me miró con desconfianza y luego asintió. Y me dejó marchar. Conforme me acercaba a donde se encontraba Pablo sentía mi pulso acelerarse. Cuando me vio avanzar hacia él pareció sorprenderse, pero mantuvo la expresión seria. Yo empecé a arrepentirme y a temblar, pero ya no había vuelta atrás.

Pocas semanas antes

                Acababa de salir de la ducha cuando escuché sonar mi móvil. Cubrí mi cabello con la toalla antes de salir del cuarto de baño y dirigirme a mi habitación para contestar la llamada. Era Pablo.
                –¡Hola! – saludé alegremente, sujetando con una mano el teléfono y con otra la toalla que me envolvía el cuerpo.
                –Hola, Alma – dijo él. Su voz sonó apagada, algo poco habitual en él, y tuve el presentimiento de que iba a darme una mala noticia.
                –¿Qué ocurre? – quise saber. Me senté en la silla de mi escritorio, a esperar su respuesta.
                Él permaneció en silencio unos segundos antes de contestar.
                –¿Estás en tu casa? Necesito hablar contigo.
                Me preocupé, preguntándome qué le habría pasado.
                –Sí.
                –Vale. Estaré allí en veinte minutos.
                –De acuerdo.
                –Bien.
                Y colgó. Sin más.
                Durante esos veinte minutos me vestí, con unos shorts vaqueros y una camiseta de manga corta, me sequé el pelo y bajé a la puerta a esperarlo, con una sensación extraña dentro de mí. Poco después lo vi llegar en la moto y aparcar frente a mi casa. Sin mirarme, se quitó el casco y se acercó con él en la mano.
                –Hola.
                Su voz sonó tan seca y distante que sentí miedo. Lo observé mientras se sentaba a mi lado, en el escalón, y suspiraba, con una sensación de vértigo invadiendo todo mi cuerpo.
                –¿Qué pasa, Pablo?
                No respondió. Apoyó sobre la rodilla el brazo que sujetaba el casco y se llevó la otra mano a la frente. Me di cuenta de que le temblaba. Tenía los ojos irritados y me pregunté si habría estado llorando.
                –¿Qué ocurre? – insistí.
                Me miró directamente por primera vez y apretó los labios. Parecía estar buscando las palabras adecuadas, y me temí lo peor.
                –Alma… Yo… – Respiré hondo, preparándome. De pronto sentí frío. Volvió a bajar la mirada al suelo –. He estado pensando. En nosotros. – Decía cada palabra despacio, con cuidado.
                –¿Me estás dejando, Pablo?
                Me miró con una expresión que no supe entender. Por un momento me pareció que le había sorprendido aquella pregunta, como si la posibilidad de dejarme fuera inviable, y me sentí aliviada. Pero entonces respondió:
                –Sí.
                Las lágrimas llegaron inmediatamente, como si hubieran estado preparándose para salir. Me llevé las manos a la cara y me refugié en mis rodillas, intentando calmarme. No entendía muy bien lo que estaba sintiendo. Era una mezcla de tristeza, impotencia, vacío, y otras muchas cosas a las que no sabría nombrar. Él no dijo nada, aunque escuchaba su respiración. Esperó a que me tranquilizara. Al cabo de unos minutos me sequé las lágrimas y lo miré. Vi dolor en su rostro, y culpabilidad, pero me dije que no eran reales.
                –¿Por qué? – pregunté, y aunque se me quebró la voz, sonó con fuerza. Separó los labios como para decir algo pero volvió a unirlos –. ¿Por qué? – repetí.
                –Te quiero, pero… todo esto… – Respiró hondo, y no terminó lo que iba a decir. Quizás porque no tenía nada con lo que continuar –. He estado pensando.
                “He estado pensando”, repetí en mi cabeza. Me dieron ganas de empujarlo con todas mis fuerzas. Pero no lo hice. Tenía que haber una razón para que, así, de un día para otro, decidiera romper conmigo. Así que me obligué a mantener la calma y averiguar cuál era.
                –Dime por qué. Es lo único que quiero saber. Merezco saberlo.
                –Todo esto… Yo… No sé…
                Pablo era una persona con mucha facilidad para expresarse, siempre encontraba rápidamente las palabras adecuadas, así que me sorprendía estar presenciando aquello. Me enfadé mucho conmigo misma por dejar que verlo balbucear palabras, sin llegar a decir nada coherente, me conmoviera.
                –Dímelo y ya está, ¿de acuerdo? – lo animé, y soné brusca.
                Vi sus ojos brillar mientras se llevaba la mano al flequillo y perdía los dedos en el pelo.
                –Tengo… tengo que irme, Alma.
                –¿Perdona?
                –Lo siento.
                Se levantó. Yo lo imité, sin poder creer lo que estaba sucediendo. ¿Ni siquiera iba a darme una explicación? Sus ojos cada vez brillaban más, y tenía el rostro tenso.
                –¿Que lo sientes? – grité, furiosa –. ¿Vienes aquí, a mi casa, para decirme que me dejas y marcharte a los dos minutos sin decirme siquiera por qué? ¿Te estás quedando conmigo?
                Conforme hablaba, sentía la ira crecer dentro de mí, y cómo abrasaba mi cuello y mi rostro. Me abalancé sobre él para empujarlo, pero me frenó agarrándome las muñecas.
                –Lo siento mucho – repitió, y yo rompí a llorar de nuevo. Cuando lo hice, agachó la mirada y apretó los labios. Se le tensaron los músculos del cuello.
                Me soltó y se dio la vuelta para subirse en la moto. Yo me quedé allí parada, aturdida, enfadada, dolida.
                –¡¿Por qué me haces esto?! – grité con tanta fuerza que mi voz se rasgó –. ¡Eres un cabrón!
                –Adiós, Alma.
                Aquello terminó de romperme el corazón.
                –¿Adiós?
                Se puso el casco, se subió en la moto y se marchó.
               
                Sentí que las piernas me empezaban a temblar mientras me acercaba. Él seguía mirándome, desde su toalla, esperando. Vi su guitarra en el césped, detrás de él, junto a las mochilas. Cuando llegué cogí aire y lo solté despacio.
                –¿Podemos hablar? – pregunté.
                –Claro.

3 comentarios:

  1. Hola de nuevo *-*
    Estoy segura de que hay una razón para que Pablo haya cortado con Alma pero aún así, que no le haya explicado nada y se haya ido tan rápido...
    Yo lo siento por él pero David ahora es el que merece a Alma.

    Gracias por el capi y por la historia el general.
    Un besito :)

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  2. Aw, me has matado *^* Por fin se sabe algo más de cómo dejo Pablo a Alma. La verdad es que me ha sorprendido mucho. ¿Por qué la dejó sin darle explicaciones? También me ha sorprendido lo de la chica, aunque en cierto modo me lo esperaba. ¡Necesito el siguiente pronto!
    Un besazo <3

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  3. :) juju me encanta la parte de "Eres un cabrón!"

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