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domingo, 21 de julio de 2013

Capítulo 13

Los dos días siguientes fueron tranquilos y algo aburridos. Por las mañanas quedábamos Brenda y yo para tomar algo en el Kilkai, y por las noches nos reuníamos nosotras dos, Leo y Sandra en el Iris, nuestro bar favorito. No vi a David hasta tres días más tarde.
                Esa mañana Brenda y Leo se presentaron en mi casa temprano, mientras desayunaba con mi familia. Mi madre quiso invitarlos a una taza de leche y una tostada, pero Brenda negó con una sonrisa, alegando que ya habían desayunado. Esperaron en el salón a que terminásemos. Podía escuchar la voz emocionada de mi amiga diciéndole algo a su chico, y me pregunté qué buena noticia irían a darme. Con el pijama todavía puesto, dejé mi taza vacía en el fregadero y me reuní con ellos en el salón. Antes de que dijera nada, Brenda sacó un folio arrugado del bolso y me lo tendió.
                –¡Mira lo que he encontrado! – exclamó, con la mirada iluminada, mientras yo le echaba un vistazo al papel.
Era una página de Internet que había imprimido en color. La tinta había reblandecido el papel y el viaje dentro del bolso lo había arrugado. Mostraba una oferta de alquiler, realmente muy tentadora, de una casa rural dentro de la provincia para el fin de semana de la semana próxima. La casa permitía el alojamiento de una a seis personas, y al parecer se encontraba junto a un río pequeño. Examiné las fotos a fondo. Tenía tres habitaciones, una de matrimonio y otras dos de camas individuales, y dos baños. La decoración era sencilla, rústica y al mismo tiempo moderna. La cocina y el salón quedaban separados por una barra americana, y detrás de la casa había una pequeña piscina de agua transparente y fondo de azulejos, frente a un porche decorado con platos artesanales colgados en las paredes y una mesa de hierro rodeada de cuatro sillas a juego. Observé de nuevo el precio. Desde luego, la oferta era inmejorable.
                Levanté la vista del papel y miré a Brenda. Ella esperaba mi reacción, con una sonrisa de oreja a oreja, las manos apoyadas sobre la pierna de Leo. Él parecía contento con el descubrimiento de su novia, pero ni de lejos tan ilusionado como ella.
                –¿Quieres que vaya allí con vosotros? – pregunté a Brenda, con tan poco entusiasmo que sus ojos perdieron el brillo y su sonrisa se desvaneció –. Me encanta que estemos los tres juntos, pero esto sería demasiado. Sois pareja. Yo allí estaría de más.
                –¡No, no! Pensábamos invitar a David, claro – se apresuró a explicar –. Y ya hemos reservado y todo. Leo y yo iríamos de todas formas, pero preferimos que vengáis vosotros también. Será más divertido.
                La miré con expresión dudosa.
                –Y todavía queda sitio para dos personas más – añadió Leo –. Podrían venir Sandra y Álvaro. Además, así nos saldría incluso más barato. ¿Qué te parece?
                –Bueno – dudé, aunque me di cuenta de que la idea empezaba a ilusionarme –. No sé si mis padres van a dejarme. Hace un rato mi madre se ha quejado de que últimamente paso muy poco tiempo en casa.
                –Para eso ha venido Leo. Ya sabes que él siempre consigue convencerla – susurró Brenda para asegurarse de que mi madre no podía escucharla.
                –Bueno – concedí, sonriendo –, pues a ver si hay suerte.
                Fuimos los tres a la cocina, donde todavía estaban mis padres y mi hermano. Mi padre acababa de terminar de colocar el último plato limpio en su sitio cuando irrumpimos allí, alborotados. Mi madre estaba sentada junto a Gabi a la mesa, los dos mirando un libro para niños. Ella desvió la vista de las páginas para mirarnos a nosotros, mientras mi padre se acercaba.
                –Miedo me dais – dijo él antes de que pudiéramos siquiera abrir la boca.
                –Leo, yo y unos amigos más vamos a ir a una casa rural, muy cerca de aquí, a pasar el fin de semana de la semana que viene, y contábamos con Alma. Nos iríamos el viernes por la mañana y regresaríamos el domingo por la tarde. Es una oferta muy buena, nos saldría muy barato – empezó Brenda, mostrando su expresión más inocente y angelical.
                Mi madre sonrió a la chica, pero después hizo un gesto de duda.
                –No sé – dijo. Por un momento pensé que solo lo hacía para divertirse un poco más con la insistencia de mis amigos, y tuve que contener una risilla.
                –Yo me encargaré de que se porten bien, Sofía – intervino Leo con tono responsable –. Sabes que siempre he cuidado bien de ellas. Alma volverá intacta.
                Mi madre se echó a reír, y mi padre la acompañó. Brenda le tendió el folio impreso y ella lo examinó despacio, mientras Gabi asomaba la cabeza por encima de su brazo, para curiosear.
                –Bueno, la verdad es que tiene muy buen precio – admitió mi madre, y le dio el papel a mi padre.
                Después de un vistazo rápido, él asintió.
                –¿Y cómo vais a ir? – preguntó.
                Brenda dio un saltito de alegría y me abrazó por la cintura, interpretando las palabras de mi padre como su consentimiento para que pudiera acompañarlos, aunque yo no estaba del todo segura todavía.
                –En mi coche – aclaró Leo.
                Mi madre ya había viajado en una ocasión con Leo al volante, así que asintió, acariciando con dulzura el pelo de mi hermano, que se revolvía en su silla.
                –De acuerdo.
                –¿Puedo ir? – pregunté emocionada.
                –Sí, pero tened mucho cuidado. Y nada de alcohol – advirtió con voz severa.
                Los tres negamos con la cabeza al mismo tiempo, y luego Brenda y yo nos abrazamos, eufóricas. Fuimos a mi habitación y Leo llamó a David para preguntarle si estaría en su casa aquella tarde y explicarle todo el plan. Quedamos con él allí, sobre las seis.

                A las seis menos cuarto llamaron al timbre. Sabía que eran Leo y Brenda, que habían venido a buscarme para ir a casa de David. Eché un último vistazo a mi imagen reflejada en el espejo, me coloqué el pelo y salí de casa después de despedirme de mis padres. Brenda me esperaba en la puerta, radiante, con unos shorts azules y una camiseta vaporosa de tirantes finos, que dejaba entrever un top ceñido que llevaba debajo. Leo no había salido del coche, y aguardaba con el brazo apoyado en el hueco de la ventanilla y la otra mano sobre el volante.
                Entramos en el vehículo. Brenda ocupó el asiento del copiloto y yo me acomodé en el de atrás. Durante el trayecto a casa de David fuimos planeando nuestro fin de semana juntos, con el último disco de The Offspring sonando de fondo. Como aparcar en el centro era casi imposible, Leo tuvo que dejar el coche en un aparcamiento subterráneo, y desde allí recorrimos el resto del camino a pie. El chico llamó al timbre, con nosotras detrás de él, y a los pocos segundos una mujer de pelo castaño y ojos grandes nos abrió la puerta. Supuse que sería la madre de David, y por alguna razón me puse nerviosa.
                –Hola, Marta – saludó Leo alegremente –. Hemos quedado con David.
                –Sí, os está esperando. Pasad – respondió ella con tono amable.
                Se echó a un lado para dejarnos entrar en la casa y cerró la puerta detrás de nosotros. Parecía un lugar diferente al que había visitado la última vez, quizás porque la luz del día bañaba toda la estancia. El interior olía a ropa recién lavada. Sofía señaló la escalera que llevaba a la planta de arriba.
                –Está en su cuarto.
                Antes de que diéramos un paso, David se asomó desde el final de la escalera y nos sonrió.
                –Subid.
                Lo seguimos hasta su habitación, perfectamente ordenada. El portátil descansaba abierto encima del escritorio, pero la pantalla oscura indicaba que estaba apagado. Me topé con su mirada y le sonreí tímidamente. Era una habitación bastante espaciosa, y al fondo había una puerta de cristal con un marco de madera clara que daba a un pequeño balcón. Estaba entreabierta y la cortina que caía por encima se mecía ligeramente por la brisa. En la pared sobre la cama había una tabla abarrotada de libros, los de la esquina derecha de Ingeniería, y entre la puerta del balcón y el armario vi un lienzo sin enmarcar dejado caer sobre la pared, todavía sin colgar. El cuadro mostraba un parque conseguido con trazos limpios, en tonos cálidos, otoñales. La obra la protagonizaba un enorme estanque que ocupaba casi la mitad del lienzo, sobre el que flotaban algunas hojas rojizas caídas de los árboles y una pareja de patos. Era un trabajo que me recordaba a otros cuadros de estilo impresionista, y que despertó en mi interior una sensación de nostalgia agradable y de paz. Siempre me ha maravillado el enorme poder de la pintura sobre las emociones, al igual que ocurre con la música.
                –Me encanta ese cuadro – dije, desviando la atención de la obra para ponerla en David –. ¿De quién es?
                –Es suyo – respondió Leo, señalando a David con la cabeza –. Aquí donde lo ves está hecho un artista.
                Quedé impresionada y devolví la vista al cuadro, para luego posarla de nuevo en el autor. Vi que se había sonrojado.
                –Pues es increíble – admiré.
                –Desde luego – añadió Brenda, también asombrada, acercándose al cuadro para contemplarlo de cerca. Se agachó frente a él y acarició la superficie con cuidado.
                –Tiene más – continuó Leo. Me di cuenta de que David estaba inquieto, como si hubiésemos descubierto un secreto que se esforzaba por mantener oculto, y no entendía por qué –. Lo que no sé es dónde los esconde.
                –Bueno – dijo finalmente el artista, con voz nerviosa –, ¿vais a hablarme ya de ese plan vuestro?
                Brenda se levantó para sentarse en la cama, con toda la confianza del mundo, y echó un vistazo a la habitación. Después sonrió a David.
                –Claro.
                David acercó dos sillas que había junto al escritorio y me indicó con un gesto que me sentase en la cama al lado de mi amiga. Ellos dos ocuparon las sillas. Entre Brenda y Leo le explicaron todos los planes que habíamos hecho en el coche, y cuando terminaron David asintió, alegre.
                –Me apunto – confirmó.
                –Se lo queremos decir también a Sandra y a tu amigo – explicó Brenda.
                –¿Álvaro? El fin de semana que viene tiene ensayo con su grupo, así que no creo que pueda venir.
                –¿Álvaro tiene un grupo? – pregunté.
                Asintió.
                –Toca la batería. Es bastante bueno. De vez en cuando dan conciertos en bares, ya lo escucharéis alguna vez.
                –Bueno, pues voy a llamar a Sandy, a ver si ella se apunta – dijo Brenda, y me miró con expresión temerosa, como si una negativa de Sandra tuviese como consecuencia que yo no quisiera participar en el plan.
                Sacó el móvil del bolso, y después de una larguísima llamada colgó, con un suspiro de decepción.
                –No viene. Ha intentado convencer a sus padres y todo, pero no ha habido manera.
                –A lo mejor podemos convencerlos nosotros – sugirió Leo.
                –Tú desde luego no. Ha tenido que decirles que no van chicos, porque si no, no habría tenido ni la más mínima posibilidad.
                Miré a David de reojo y lo encontré con los brazos apoyados sobre las rodillas y la mirada agachada, como esperando a que los demás decidiéramos si la idea de la casa rural seguía en pie. No entendía por qué, y me pregunté si pensaría que al ir nosotros dos con la parejita me sentiría incómoda, tal y como había sugerido Leo aquella mañana. Entonces supe que esa era la razón, y descubrí que Leo y Brenda me miraban discretamente. El silencio empezaba a parecerme demasiado largo y pesado, así que me decidí a hablar.
                –¿Qué pasa?
                –¿Vamos de todas formas? – preguntó Brenda.
                –Por mí sí – declaré, fingiendo un gesto de confusión, como si no supiera por qué todos me habían concedido de pronto la autoridad para decidir.
                David se incorporó ligeramente y me dedicó una sonrisa discreta.
                –¡Qué ilusión! – gritó Brenda poniéndose en pie para dar saltitos como una loca –. Me muero de ganas de que llegue el fin de semana. Habrá que planearlo todo muy bien.
                Y volvió a sentarse. Abrió su bolso tanto como pudo y sacó una libretita de espiral con un bolígrafo enganchado en la carátula. Quitó el tapón del boli con los dientes y lo colocó en el otro extremo. Luego abrió la libreta por una página en blanco y nos miró a los tres con ojos brillantes. Leo puso cara de martirio.
                –No hace falta que apuntes nada.
                –Déjame – respondió ella con indiferencia, ignorando completamente a su novio mientras comenzaba a escribir muy concentrada.

                Finalmente tuvimos que reconocer que la costumbre de Brenda de apuntarlo siempre todo había resultado ser de gran utilidad. En un rato habíamos decidido dónde y cuándo comprar lo que necesitaríamos para el fin de semana, habíamos hecho una lista de la compra y otra de cosas básicas que cada uno tendría que llevar individualmente. Dentro de un apartado que mi amiga había titulado “Imprescindibles” constaba mi guitarra. Brenda y yo compartiríamos el champú y el gel, y Leo y David harían lo mismo. Planeamos los horarios y confirmamos la reserva de la casa por teléfono.
                –Lo demás lo decidiremos allí – terminó Brenda, tras hacer un último repaso de la lista.

                Esa misma noche, después de ducharme, haciendo hora hasta la cena, decidí empezar a pensar qué ropa iba a llevarme a nuestra excursión a la casa rural, aunque era jueves y quedaba más de una semana para el viaje. La luz del atardecer se colaba por la ventana, cubriendo de tonos anaranjados las paredes y muebles de mi habitación. Abrí el armario para examinar mi colección de ropa, que aunque era bastante abundante, en aquel momento me pareció muy pobre. Sabía que para pasar un fin de semana con los amigos en el campo no hacían falta más que algunas camisetas y pantalones básicos, el bikini, el pijama y algún calzado cómodo, pero aun así me tomé mi tiempo para decidir.
                Después de un rato, cuando ya me había formado una idea de cuáles serían las prendas que vendrían conmigo, abrí la ventana para dejar que el aire fresco del anochecer entrara en la habitación. Mientras observaba los pocos trazos rojizos que aún quedaban sobre el horizonte, recordé el cuadro de David, e intenté imaginar qué otras cosas habría pintado. Esperaba poder averiguarlo algún día.
               
                El viernes y el sábado fui con Brenda, Leo y Sandra al bar Iris, el domingo me quedé en casa, y la semana siguiente pasó despacio. Quedé varios días con Brenda, solíamos reunirnos en la casa de alguna de las dos para hablar casi exclusivamente de nuestro viaje. Estábamos impacientes por que llegase el fin de semana.
                El miércoles Leo me llamó para contarme una idea que tenía en mente. Se le había ocurrido que hiciéramos una pizza casera, entre los dos, la primera noche en la casa rural. Me pidió que no dijera nada a Brenda ni a David, para que fuera una sorpresa, y que me encargara de llevar harina y levadura. El resto lo llevaría él. Sonreí mientras me lo explicaba todo. A Leo siempre le había encantado cocinar, y cuando lo hacía, se lo tomaba muy en serio. Después de haberle echado una mano tantas veces, ya me había nombrado su compinche. Esa misma tarde di un paseo hasta el supermercado y compré un paquete de harina y una cajita de levadura y los guardé en la maleta, dentro de una bolsa de plástico.
                No vi a David hasta el jueves siguiente, en un supermercado del barrio de Brenda, donde habíamos quedado los cuatro para comprar los alimentos y productos apuntados en la lista. Mi amiga, por supuesto, había llevado su libreta, que ya sujetaba abierta en la mano antes de entrar en el establecimiento. Durante todo el tiempo que pasamos dentro del supermercado, Leo y David sugerían constantemente comprar cosas que no estaban apuntadas en la lista de Brenda, y ella se negaba siempre, y resoplaba con cara de irritación. Me recordaban a cuando yo era pequeña y mi madre me negaba todos los caprichos cada vez que me llevaba a comprar con ella.
                Metimos toda la compra en el coche de Leo. La llevaría a su casa y la guardaría allí hasta la mañana siguiente. Nos recogería uno a uno sobre las diez de la mañana, para por fin poner rumbo a la casa rural.

                Esa noche, después de cenar, dejé todo mi equipaje preparado: una maleta pequeña donde guardaba la ropa, el calzado y los ingredientes que Leo me había encargado para la pizza, y una mochila con la toalla y el neceser. Lo coloqué todo a los pies de la cama, me acurruqué entre las sábanas y apagué la lámpara, dejando la habitación sumida en una oscuridad que poco a poco se fue aclarando. Cerré los ojos y, a pesar de los nervios, no tardé mucho en quedarme dormida.

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