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miércoles, 3 de julio de 2013

Capítulo 9

Álvaro sacó un paquete de tabaco del bolsillo de su pantalón y colocó un cigarrillo entre sus labios. Le costó encontrar el mechero, pero finalmente dio con él y lo encendió, dando la primera calada. Yo lo observé con los ojos todavía húmedos.
                –¿Me das uno? – le pregunté, con un hilo de voz.
                Él me miró con cara de sorpresa, y creo que descubrió en mi rostro la misma expresión: también a mí me sorprendió haberle hecho esa pregunta.
                –No sabía que fumaras.
                –No fumo. Lo dejé hace un par de años.
                –Entonces ni lo sueñes. Nunca doy tabaco a las personas que no fuman, y menos si ya estuvieron enganchados y consiguieron dejarlo.
                –No estuve enganchada. Apenas fumaba. Pero déjalo, es solo que… – Me detuve y respiré hondo. Se dio cuenta de que no iba a terminar la frase, así que se cambió el cigarrillo de mano, pasó su brazo por detrás de mi espalda y me dio unas palmaditas en el hombro.
                –Me has pedido que me quede un rato contigo, y aquí estoy. Ahora, tenemos dos opciones: la primera es que no hablemos de lo que te ocurre, te lo guardes para ti y tengas que aguantar esa carga tú sola el resto de la noche. La segunda es que me lo cuentes todo, aprovechando que casi no nos conocemos, que podré interpretar lo que me digas desde una perspectiva diferente y que necesitas desahogarte, teniendo en cuenta, además, que sabes que puedes confiar en mí.
                Lo miré levantando una ceja.
                –No sé si puedo confiar en ti – mentí.
                Él soltó una risa apagada y se llevó el cigarro a los labios. Tras soltar el humo me miró con una sonrisa torcida. El pelo rubio le caía por la frente, revuelto.
                –Sí que lo sabes.
                Era cierto. Por alguna razón, sin apenas conocerlo, sabía que podía confiar en él. Me quedé en silencio unos segundos, abrazando mis rodillas, sentada junto a aquel chico en el escalón de mi puerta, y luego sonreí con tristeza.
                –Es una larga historia – suspiré.
                –Tengo toda lo noche. ¿Y tú?
                El humo de su cigarrillo se retorcía formando espirales azules, elevándose hasta desvanecerse. Cientos de recuerdos acudían a mi mente, algunos muy recientes, otros de hacía tiempo.

Un año antes

                Todavía sentía el calor en mis mejillas mientras caminaba deprisa por la calle, recordando una y otra vez lo que acababa de ocurrir. Me moría de la vergüenza. ¡Acababa de tropezarme y caer en medio del bar! Y, para colmo, el vestido, con el que tan contenta había salido de casa aquella noche, me había jugado una mala pasada, dejando al descubierto mi ropa interior, y delante de ese chico tan mono que me había ayudado a levantarme. “¡Qué vergüenza!”,  repetía en mi cabeza, sintiendo una nueva oleada de calor subiendo hasta mi rostro. Y, justo cuando empecé a preguntarme si alguna vez sería capaz de volver a entrar por la puerta de ese bar, me di cuenta de que me había dejado allí el bolso. “¡Mierda!”, pensé. Me detuve en seco, todavía sujetando la falda de mi vestido. Tampoco tenía el móvil, así que no podía avisar a Brenda de lo ocurrido y pedirle que rescatara mis cosas de aquel lugar al que, en ese momento, me veía incapaz de regresar. Incluso consideré la posibilidad de abandonarlo todo allí pero, reconociendo que era una idea estúpida e inmadura, di media vuelta dispuesta a entrar en el bar de nuevo, recuperar mi bolso y salir de allí cuanto antes. Además, Brenda estaría preguntándose dónde me habría metido.
                Respiré hondo antes de cruzar la puerta y, aún ruborizada, entré, con la esperanza de encontrar a mi amiga pronto. Y así fue, solo que, por desgracia, el chico que me había ayudado a levantarme estaba hablando con ella.
                –¡Ahí está! – gritó ella al verme aparecer. Después se acercó a mí a toda prisa, haciendo sonar sus pasos con los tacones. No tardé en retirar la mirada del desconocido, pero me dio tiempo de ver cómo sonreía. – ¿Dónde habías ido? Te estaba buscando. Ese chico me ha contado lo que te ha pasado. ¿Estás bien?
                –No. Me estoy muriendo de vergüenza. Solo quiero coger mis cosas e irme – respondí, agachando la cabeza.
                –¡No seas exagerada! Esas cosas le pasan a todo el mundo.
                –No puedo, y menos si está él – aclaré señalando al chico con un leve movimiento de cabeza.
                –Pero si estaba loco por volver a verte. Le has gustado mucho. Y es muy mono – canturreó.
                –Lo siento, tengo que irme. Hablamos mañana, ¿vale?
                Corrí hacia mi bolso, en la mesa en la que Brenda había dejado al desconocido, lo agarré y sin apenas mirarlo a la cara, le di las gracias y me marché, volviendo a sentir que me ruborizaba.
                –¡Eh! ¡Espera! – gritó él mientras yo salía por la puerta.
                No miré atrás y anduve lo más rápido que fui capaz, pero no tardó en alcanzarme. Me agarró del brazo suavemente para frenarme y no tuve más remedio que darme la vuelta.
                –Hola – me dijo, sonriendo.
                –Tengo que irme…
                –¿Por qué? ¿Por lo de antes? ¡Eso ha sido una tontería! Vamos, quédate. Te invito a un chupito, y así te animas. ¿Qué me dices?
                –No.
                –Vamos, ¿cómo vas a decirme que no? ¡Me has tirado encima dos cervezas! Al menos deja que te invite.
                Lo miré sin saber qué decir, consciente de que mi reacción había sido exagerada. Tenía el pelo oscuro, liso y desordenado, la piel morena y los ojos marrones y brillantes. Era alto y muy guapo.
                –Lo siento. Quizás otro día, ¿de acuerdo? – dije finalmente, y después me di la vuelta para marcharme.
                –¡Espera! Dime al menos cómo te llamas.
No pude evitar sonreír, y de nuevo me giré para mirarlo.
                –Alma, ¿y tú?
                –Soy Pablo. Encantado de conocerte, Alma.
                –Igualmente.
                –En fin… Suerte.
                Aquello me desconcertó.
                –¿Suerte?
                –¡Oh! Sí… – Caminó hacia mí, sin dejar de sonreír, y empecé a ponerme nerviosa –. Yo nunca… Nunca digo adiós.
                –¿Nunca dices adiós?
                –Jamás.
                –¿Y eso por qué? – Había despertado mi curiosidad.
                –Detesto esa palabra. De todas las que existen, esa es la que menos me gusta.
                Rio, y yo sonreí algo confusa.
                –¿Te estás quedando conmigo?
                –¡No! – De repente se puso serio –. Te lo prometo. Es una norma que tengo desde hace tiempo.
                Asentí.
                –¿Y qué hay de hasta pronto, hasta luego, hasta otra? ¿Tampoco te gustan?
                –Un poco más, pero prefiero suerte.
                –Suerte no es una despedida – repliqué.
                –Exacto.
                Estuvimos unos segundos sin decir nada, mientras yo me dedicaba a pensar en lo que acababa de decirme, y a preguntarme por qué decidiría establecer esa norma de no decir nunca adiós.
                –Bueno – dije al fin, rompiendo el silencio –, me voy ya. Suerte, Pablo.
                Nunca olvidé la sonrisa que formaron sus labios después de escucharme decir eso. Algo me decía que volveríamos a vernos pronto, y no me equivocaba.
                –Suerte.

                Cuando terminé de hablar, la calle pareció quedar en completo silencio, como si todo lo que nos rodeaba hubiese estado atendiendo a mis palabras. Le había contado a Álvaro lo sucedido con Pablo, sin dejar de lado ningún detalle, y ahora él miraba al suelo, abrazándose las rodillas y con la barbilla apoyada sobre ellas. Me había escuchado sin interrumpirme ni una sola vez, y fue algo que me sorprendió. Tanto, que me pregunté varias veces si no estaría pensando en otra cosa.
                –¿Qué vas a hacer? – me preguntó tras unos segundos sin que hablásemos ninguno de los dos.
                –¿Qué quieres decir? ¿Acaso puedo hacer algo?
                –Es evidente, ¿no? Tienes muchas opciones.
                –¿Eso crees?
                –Siempre las hay.
                Suspiré.
                –Creo que debería dejar de salir un tiempo. Pensar. Dedicar tiempo para mí. Olvidar. No sé.
                Aunque yo no desvié la vista de mis pies, supe que sus ojos se clavaron en mí. Luego sacó otro cigarrillo y lo encendió.
                –¿Sabes, Alma? He intentado dejar de fumar dos veces. Como ves, no sirvió de mucho. Supongo que te has dado cuenta de que fumo demasiado. – Mientras hablaba, observaba su cigarrillo, girándolo lentamente entre los dedos.
                No sabía si eso tenía algo que ver con lo que yo le había contado o si es que se había cansado de que hablásemos de mí. Estaba casi segura de que sería lo primero.
                –Bueno… sí.
                –Las dos veces que lo intenté me esforcé por dejar de hacer todas esas cosas que había asociado con el tabaco, como salir al balcón, beber cerveza cuando salía con mis amigos o café después de comer. ¿Sabes lo que hice finalmente? – Negué con la cabeza –. Dejé de salir. Porque cada vez que lo hacía me daban unas ganas insoportables de fumar, y quería evitarlo, así que escogí el camino más fácil: no enfrentarme a ello. Por desgracia, también resultó ser el camino incorrecto. No podía estar sin salir eternamente, claro. Así que, cuando creí que ya había superado mi adicción al tabaco, volví a quedar con mis amigos, a beber cerveza, y también a beber café después de comer, y otras muchas cosas que había dejado de hacer por miedo a volver a fumar. – Se llevó el cigarrillo a los labios, dio una calada y expulsó el humo lentamente. Yo lo escuchaba con atención –. ¿Sabes lo que ocurrió entonces? Volvieron las ganas de fumar. Durante los meses que había estado sin salir, casi no me había acordado del tabaco, porque no hacía nada que pudiera recordármelo. Pero en cuanto quise recuperar mis costumbres, el tabaco volvió con ellas.
                Un coche pasó por la carretera, como si hubiese estado esperando a que dejase de hablar para rellenar el silencio. Sabía que no había terminado, así que esperé.
                –Evitar enfrentarse al dolor, en mi caso era el mono, las ganas de fumar, solo sirve para una cosa, Alma. Solo sirve para aplazarlo. Tarde o temprano hay que plantarle cara, aunque en un primer momento parezca que no tiene por qué ser así. Yo tendría que haberme obligado a seguir haciendo las mismas cosas que hacía cuando fumaba, y tarde o temprano me habría acostumbrado. Tú deberías hacer eso también, en vez de cometer el mismo error que yo. Aislarte del mundo no te servirá de nada.
                Por alguna razón, al verlo allí sentado, después de haber escuchado su historia, después de que él hubiese escuchado la mía, me conmovió su mirada, su postura, sus mano sujetando el cigarrillo, y sentí que las lágrimas regresaban.
                –¿Eres psicólogo o algo así? – bromeé.
                Él sonrió.
                –No. Pero he ido a muchos.
                No supe que decir. Aquello me impresionó, pero preferí no preguntar.
                –Gracias por todo esto, Álvaro.
                –No me las des.
                –Ojalá hubiese conocido a David en otro momento, ¿sabes? – solté casi sin esperar a que él terminase de decir la última palabra, y me salió sin pensar, como si mis labios hubieran decidido por sí solos. Mi voz mostró impotencia, incluso enfado.
                –Cuando hubieras olvidado a Pablo, supongo.
                –Sí. David me gusta, y siento que encajamos de verdad. Pero dadas las circunstancias…
                –¿Dadas las circunstancias? – me interrumpió, y luego soltó una carcajada –. La vida no espera a que llegue el momento perfecto para ofrecerte oportunidades. Llegan sin más y tú debes ser quien decida qué hacer con ellas. No quisiera entrometerme, pero conozco esa sensación de… mariposas en el estómago, eso de sonreír inevitablemente cuando la otra persona te mira. Conozco esa sensación, y sé que tú la estás viviendo, y que David la está viviendo también. Se os nota.
                Me sonrojé.
                –No sería justo para él – me lamenté.
                –Tampoco sería justo que no le dieras una oportunidad. Sé que olvidar a alguien a quien has querido tanto no es fácil, pero él podría ayudarte.
                –Eso sería utilizarlo.
                –¡No! Tú intención no sería olvidar a Pablo, sino empezar algo nuevo con David. Olvidar no sería el propósito, sería una consecuencia. Tampoco tienes que forzar las cosas, ni esforzarte tanto, ni pensar más de la cuenta. Solo deja que las cosas pasen, y disfruta de ellas lo que puedas. No pretendo decirte lo que tienes que hacer ni cómo, es solo mi consejo. Estoy seguro de que, decidas lo que decidas, te irá bien.

                Bajo el cielo oscuro, envuelta por la brisa nocturna y la luz de la farola más cercana, supe que Álvaro tenía razón. Supe, con total seguridad, que todo me iría bien.

4 comentarios:

  1. Oh, qué cuquísimo es Álvaro también *^* Pablo me tiene bastante descolocada. ¿Cómo pudo hacer tal estupidez siendo tan especial? Jo, a saber en qué estaría pensando. Aunque yo voy con David hasta que me siga demostrando que vale mucho la pena :D ¡Me alegra mucho que hayas subido el capítulo tan pronto! Está completamente genial.
    Un besazo <3

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  2. Lo dicho, Álvaro es amor y tiene muchísima razón.
    Me encanta como escribes y todas las reflexiones que hay en está historia, la verdad es que sirven para mucho.
    Estoy deseando leer el capítulo 10, en serio.
    Un besito guapa :)

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  3. El tiene razon. Alma debe olvidar a Pablo y penssr en el futuro. Me ha gustado y gracias por avisar del capitulo. Espero el 10

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  4. Genial! Lo he leído hasta ahora pero me ha gustado, me gusta eso de qu la vida no espara el mejor momento para ofrecerte oportunidades, sigue así mujer que me gusta leer esta historia, y bueno pensaba en hacerte ahora si bien la entrevista te parece? Saludos

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