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martes, 13 de agosto de 2013

Capítulo 15

–¡Leo! Se me está pegando en los dedos todo el tiempo – dije desesperada, intentando liberar mis dedos de aquella masa pegajosa.
                Leo se acercó a mí, dejando a un lado por un momento la salsa de tomate que estaba preparando para la pizza, y que burbujeaba en la sartén al fuego, impregnando la cocina y el salón de un aroma delicioso. Suspiró profundamente después de echar un vistazo a mi labor y se dio la vuelta para bajar la potencia del fuego que calentaba la salsa.
                –Ya se despegará sola, tú sigue amasando.
                –¿Por qué no puedo hacer yo la salsa? Ni siquiera sé amasar – protesté, volviendo a mi tarea.
                –Te he dejado la parte divertida. Encima no te quejes.
                Mientras luchaba por despegar la masa de mis manos, y la masa luchaba por adherirse a ellas, escuché a Brenda y a David reír desde el porche, y me pregunté de qué estarían hablando. Poco a poco, aquella pasta pegajosa fue adquiriendo consistencia, y mis dedos fueron quedando limpios.
                –¿Cómo vais? – preguntó Brenda, entrando por la puerta con dos vasos vacíos.
                –Bien. He conseguido que deje de pegarse – dije, satisfecha.
Se colocó a mi lado frente a la encimera, echó una ojeada a la enorme bola de masa y luego rellenó los vasos con hielo, tinto y gaseosa para luego regresar al porche. Se detuvo en la puerta y miró hacia nosotros.
–Si necesitáis ayuda, estamos ahí fuera, sintiéndonos unos completos inútiles – dijo con voz melodramática.
–Hazme el relevo, si quieres – sugerí.
–No tendría que hacerte el relevo. Tendríamos que hacer la pizza entre todos, como hacen las personas normales cuando van a pasar el fin de semana al campo con sus amigos. Pero Leo ha creado esta especie de dictadura formada por un chef autoritario y sus subordinados.
Leo puso los ojos en blanco.
–Muy bien – cedió –. Dile a David que venga y nos echáis una mano.
Brenda sonrió y se asomó para avisar a David, que no tardó en cruzar la puerta. Terminamos la pizza entre todos y nos la comimos en el porche, contemplando las últimas pinceladas del atardecer que quedaban sobre el cielo. Estuvimos allí hasta cerca de las tres de la mañana, charlando. Toqué alguna canción con la guitarra y nos bañamos en la piscina bajo la luz de la luna. Después nos duchamos. Yo fui la última, así que cuando entré en la habitación, con el pelo todavía húmedo, David ya estaba acostado, pero había dejado la lámpara de la mesita de noche encendida. Sonreí, escuchando su respiración suave y observando su pecho subir y bajar lentamente. Aunque la ventana estaba completamente abierta hacía calor, y se había puesto para dormir tan solo un pantalón de chándal. La sábana apenas le tapaba el cuerpo, y no pude evitar dedicar unos minutos a examinar su torso desnudo. Me mordí el labio y me fijé en su rostro, lleno de paz. Finalmente me metí en la cama y apagué la luz, pero no fui capaz de dormirme, y al cabo de una hora decidí salir a tomar el aire.
Me senté en el borde de la piscina, me quité las chanclas y dejé que mis pies se hundieran en el agua. Respiré el aroma del campo, que por la noche me recordaba al olor de la lluvia. Pensé en Pablo, en David, en todo lo que me había sucedido en las últimas semanas. Me sobresalté cuando, de pronto, la luz de la piscina se encendió, coloreando mi piel con el reflejo azulado y ondulante del agua. Me di la vuelta y descubrí a David saliendo al porche, con un vaso de tinto en cada mano. No nos dijimos nada. Me tendió uno de los vasos y se sentó a mi lado, metiendo él también los pies en la piscina.
–No podía dormir. ¿Te he despertado?
–No – dijo –. Ya estaba despierto cuando has salido de la habitación. Llevabas un buen rato dando vueltas en la cama, ¿eh?
–Sí.
–¿Me cuentas tu historia?
Me sorprendió la pregunta, pero sonreí con tranquilidad a la arboleda que se perdía en la oscuridad frente a nosotros. Se escuchaban los grillos y el susurro de las hojas dejándose mecer por el viento.
–¿Me cuentas tú la tuya?
Permaneció en silencio casi medio minuto antes de contestar.
–De acuerdo. Pero es un trato. Yo te cuento mi historia y tú me cuentas la tuya.
–Hecho – accedí, estrechándole la mano.
Esperé con impaciencia a que empezara a contar su relato mientras movía despacio los pies, el agua acariciando mi piel. Un suspiro suave dejó paso a las palabras.
–Hace tres años (yo tenía tu edad), conocí a una chica un año mayor que yo. Se llama Ana. Durante un par de meses nos hicimos buenos amigos, aunque siempre la vi como algo más que eso. Yo estaba terminando bachiller y ella su primer año en la Universidad. Estudiaba Bellas Artes. Era una chica muy vital y divertida, quizás demasiado optimista, muy independiente, más de lo que yo hubiera querido. Odiaba la rutina, y la verdad es que pasar tiempo con ella resultaba agotador. Me contaba que no quería atarse a ningún lugar ni a ninguna persona hasta cumplir los treinta y cinco – rio, meneando la cabeza –. Tenía planes de viajar a muchos países, de aprender varios idiomas, de conocer culturas y gente, y decía que una relación sentimental sería un obstáculo para llevar a cabo todos esos proyectos. Pero después de algunos meses me confesó que se había enamorado de mí, y empezamos a salir. Estuvimos juntos más de un año, pero entonces ocurrió lo que yo sabía que tarde o temprano iba a ocurrir. Me dejó. Me dijo que me quería, pero que se sentía atrapada por la relación, y eso la agobiaba. En tercero se fue de Erasmus y ya no he vuelto a verla. Me costó mucho tiempo olvidarla, hasta hace pocos meses todavía pensaba en ella. Pero bueno, supongo que el tiempo todo lo cura.
Me quedé en silencio mirando el agua de la piscina, balanceándose ligeramente por el movimiento de nuestros pies, y tras dar un sorbo al tinto observé a David. Por su expresión supuse que todavía permanecía sumergido entre recuerdos, reviviendo detalles que no me había contado. Por alguna razón sentí que aparecía en mi interior una especie de celos hacia esa chica. Después de unos largos segundos, suspiré y le dediqué una sonrisa triste, dispuesta a cumplir mi parte del trato.
–Pablo y yo… Nos conocimos en un bar – empecé.
Le hice un resumen de mi historia, y conforme las palabras salían de mis labios fui dejándome llevar, hasta que me di cuenta de que estaba hablando más para mí misma que para él.

Casi un año antes

Estaba leyendo, tumbada en el sofá del salón, cuando escuché el timbre. Mis padres y mi hermano se habían marchado hacía un rato y, mientras me acercaba a la puerta, me pregunté si se habrían olvidado algo. Cuando abrí me sorprendió encontrar a Pablo, el chico al que había conocido la noche anterior en el bar, y del que había intentado huir tras tropezar, derramarle dos cervezas encima y quedar tirada en el suelo con mi vestido levantado hasta la cintura. Me sonrió abiertamente.
–Hola.
–¿Qué haces aquí? – pregunté, alarmada. Noté cómo mi rostro iba enrojeciendo al recordar todo lo sucedido hacía unas horas, y estuve a punto de ceder ante la tentación de cerrarle la puerta.
–He venido a verte – dijo sin más, como si nos conociéramos de toda la vida.
–¿Cómo sabes dónde vivo?
–Le caí bien a tu amiga, así que accedió a darme esa información. Un encanto de chica.
Le dediqué una mirada fría.
–Brenda no te habría dado mi dirección ni aunque le hubieras puesto un revólver en la sien.
Suspiró y me di cuenta de que se había puesto nervioso.
–No quiero que pienses que estoy loco, ni que soy un acosador ni nada parecido.
–Es justo lo que estoy pensando ahora mismo – repliqué, pero no pude evitar soltar una risilla. Él también rio –. ¿Me seguiste hasta aquí anoche?
–¡No! Claro que no – exclamó. Parecía ofendido –. Le pedí tu número a Brenda, pero ella se negó a dármelo.
–Por supuesto – interrumpí, firmemente. Él arqueó las cejas unos segundos, y después sus labios trazaron una sonrisa pícara.
–Pero me dio el número de tu casa, explicándome que tú jamás contestas las llamadas a ese teléfono, a no ser que sea el número de alguien que tú conozcas. Sé que lo hizo para que dejara de preguntar, pensando que no me atrevería a llamar si sabía que iban a contestar tus padres. Pero soy más listo de lo que ella imaginaba – sonrió satisfecho –. Encontré tu dirección en Internet, escribiendo en Google el número que me dio. Es tan fácil que da miedo.
Empecé a sentirme muy incómoda.
–Dímelo a mí, sí que da miedo. Estás loco.
Por mi expresión supo que lo decía en serio, y noté cómo se desdibujaba su sonrisa y tragaba saliva mientras pensaba algo que decir en su defensa. Decidí no darle tiempo, así que le dediqué una última mirada y empujé la puerta para cerrarla, pero él colocó el pie rápidamente junto al marco, impidiéndolo.
–Espera – pidió con impaciencia, asomándose por el hueco que había quedado –. Espera un momento. Entiendo que todo esto te parezca excesivo, y que te asuste un poco, pero lo he hecho porque sabía que de lo contrario no tendría la oportunidad de conocerte mejor. No cierres, por favor.
–Pablo, de verdad… Siento que te hayas tomado tantas molestias, pero es mejor que te vayas.
Me di cuenta de que su expresión inquieta cambiaba ligeramente, adoptando un aire más alegre, seguramente al comprobar que recordaba su nombre. Y quizás fue eso lo que lo animó a lanzarse.
–Ven a dar una vuelta conmigo. Quince minutos. No pido más.
–En quince minutos te da tiempo a secuestrarme.
Se echó a reír, pero yo me esforcé por mantenerme seria.
–¿Por qué iba a querer secuestrarte?
–Qué sé yo. Quizás para llevarme a un sótano oscuro, atarme y torturarme hasta que te canses y decidas matarme. Puede que una antigua novia te hiciera daño y ahora andes por ahí asesinando a todas las que te recuerdan a ella.
Me miró incrédulo.
–¿Y el loco soy yo? Creo que has visto demasiadas series de investigación.
Reí, sonrojándome. Sujetando todavía la puerta, me estiré para agarrar las llaves que había encima de la mesita del recibidor y salí de mi casa.
–No estaba hablando en serio – aclaré –. Está bien. Demos esa vuelta.
Miré la hora en el móvil mientras comenzábamos a caminar por la acera, con la intención de cronometrar los quince minutos que había decidido concederle.
–Bueno, cuéntame. ¿También me has buscado en Facebook? ¿En Tuenti, a lo mejor? – bromeé, sonriéndole. El sol me molestaba en los ojos.
No respondió, y volvió a ponerse nervioso, así que me detuve en seco. Él me imitó.
–Verás… – murmuró.
–¡No puede ser! – exclamé, llevándome las manos a la cabeza y exagerando mi tono horrorizado ante la idea de que en apenas unas horas, y sin conocerme, aquel chico se hubiese dedicado a espiar mis redes sociales –. ¿Qué más has averiguado sobre mí? ¿Mi grupo sanguíneo? ¿Mi primera regla?
Se echó a reír con ganas.
–Esas cosas no me interesan. Más bien tus gustos de música, cine, literatura… – Comprobó mi cara de desaprobación e incomodidad y se esforzó por defenderse –. ¡Las tías sois incomprensibles, de verdad te lo digo! Edward Cullen, el vampiro ese de pacotilla de Crepúsculo, acosa a Bella, yendo a su habitación por las noches para observarla mientras duerme. ¡Se cuela en su habitación por las noches, allanamiento de morada! – Me esforcé por mantener mi expresión inmutable, así que insistió, con tono desesperado –: ¡La observa mientras duerme! Y resulta que Bella ve en todo esto un gesto romántico, y vosotras lo adoráis. Y yo vengo a tu casa, ¡por medios legales!, e intento averiguar un poco sobre ti porque me pareciste una chica interesante, y parece ser que soy un psicópata. ¡Maldita lógica femenina!
Conforme hablaba su tono se fue elevando, poniendo de manifiesto su gran indignación.
–Nunca me gustó Edward Cullen – sentencié secamente, aunque, por alguna razón que no lograba comprender, y tras su discurso, Pablo empezaba a parecerme adorable –. Es aburrido, posesivo y empalagoso. Y se pasa amargado los cuatro libros de la saga.
–Espero que no estés haciendo conjeturas precipitadas.
Giré la cabeza hacia él y, haciéndome sombra en los ojos con la mano, le dediqué una sonrisa.
–Creo que tú no eres nada aburrido. ¿Es eso una conjetura precipitada?

La voz de David me llevó de nuevo al presente, y de pronto me vi otra vez rodeada del canto de los grillos, el leve sonido del agua de la piscina formando remolinos alrededor de nuestros pies y de la brisa fresca de la noche.
–Parece un buen chaval – me dijo David, refiriéndose a Pablo –. Supongo que lo echas de menos.
Me encogí de hombros y respondí con la mirada fija en el agua.
–Ahora mismo no lo echo de menos ni siquiera un poco.

No dijo nada, y aprovechando el silencio deslicé mi mano en la suya, y nuestros dedos quedaron entrelazados, haciendo que ni las palabras ni cualquier otra cosa en el mundo hicieran falta en ese momento.

5 comentarios:

  1. Necesito el siguiente!! Subelo pronto! 1 Beso! :)

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  2. Me encanta tu novela , es genial , escribes de maravilla. Estoy enganchadisima , sigue asi(:

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  3. Ha merecido muchísimo la pena esperar! Es genial, me encanta como escribes :)
    Espero que subas el siguiente pronto, un beso :)

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  4. Holi, holi! Me pasaba a decirte que me e leído todos, toditos los capítulos enteros y me a parecido muy interesante enserio podrias seguir escribiendo y no dejar de hacerlo ya que me encanta la gran imaginación que tienes, y pocas personas las tienes y deberías de verlo :)
    No me gusta quedarme a medias y menos con intriga eso está claro y se ve no pues te diré una cosita SIGUIENTE! :D y espero que se a pronto que sino no podré aguantar más estas ansias de cómo acaba los capítulos..
    Muchos besos y ánimo que tu puedes con todo!

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